El “lobo solitario” del periodismo chino

Wang Keqin es considerado en China un ícono de la libertad de expresión. Sus reportajes han revelado escandalosos­ casos de corrupción, provocado el encarcelamiento de funcionarios y orillado a las autoridades a corregir algunas políticas. Fue el primero en colarse por las fisuras del férreo control gubernamental sobre la prensa, y si bien goza de cierta tolerancia, eso no lo ha salvado de las amenazas de muerte ni de los despidos. “El periodismo está vivo en este país y será difícil de contener en la medida en que nuevos informadores aparezcan”, dice a Proceso.

 

BEIJING.- El periodismo chino es una contradicción. Las facultades universitarias enseñan que el buen periodista no pregunta, y del gremio no se espera más que publicite al poder y que en las conferencias de prensa recoja el hong bao: el sobre rojo con el dinero del soborno.

En este país prevalece la idea del periodismo como correa de transmisión del poder a la ciudadanía. Conseguir ingresos extra alabando a gobiernos locales o empresas es una práctica habitual, estimulada además por los bajos salarios en el gremio.

Pero en las últimas décadas se ha cultivado un periodismo de investigación impulsado por un pequeño grupo de personas heroicas que se mueven en un clima de podredumbre moral y son continuamente amenazadas. A cambio reciben sueldos misérrimos y la íntima satisfacción de servir al pueblo.

Wang Keqin, de 48 años, es el pionero del periodismo de investigación en China.

En 1984 era funcionario de gobierno en su provincia natal, Gansu. En 1989 se incorporó a un periódico para proseguir su tarea propagandística. “Era fácil conseguir un sobresueldo. Entré en un diario para subir mis ingresos. Me sentía importante por entrevistar a políticos y tomaba el hong bao como todos”, relata a Proceso.

Pero su vida cambió a principios de los noventa, cuando unos campesinos desesperados le imploraron ayuda porque el gobierno se había robado sus tierras. Y a partir de entonces se convirtió en el azote de los funcionarios corruptos…

Entre otras cosas reveló que las autoridades vendían materiales reciclados como si fueran nuevos, malversando así millones de yuanes. Su denuncia llevó a la cárcel a 150 personas, pero también le valió amenazas de muerte diarias y un incidente en el cual en un callejón oscuro le pusieron un cuchillo en la garganta.

“Estaba aterrorizado, cambié a mi familia varias veces de casa. Pero también orgulloso por salvar el patrimonio público. En China valoramos a los mártires que se sacrifican por el país. Estaba dispuesto a morir”, continúa.

Y estaría muerto si no fuera porque en 2001 Zhu Rongji, entonces primer ministro y uno de los políticos más brillantes de China, escuchó sobre ese extraño periodista, se lo llevó a Beijing y le permitió trabajar sin cortapisas en el diario China Economic Times, donde sus reportajes causaron el encarcelamiento de centenares de funcionarios corruptos, el cese de otros y la corrección de algunas políticas públicas.

Por ejemplo, los taxistas le agradecen que destapara las condiciones de semiesclavitud impuestas por las compañías del ramo, lo que provocó una nueva regulación que protegió sus derechos laborales.

 

Huellas rojas

 

Para su trabajo Wang usa una cajita de tinta. Tras entrevistar a alguien, le lee lo anotado y le pide que valide su declaración estampando la huella de su pulgar. Él mismo ideó este método en virtud de que varios declarantes llegaron a desdecirse, dejándolo en situaciones comprometidas. Su metodología es seguida por muchos ahora.

Así, avalados por hojas salpicadas de huellas dactilares rojas, sus reportajes son incontestables.

Wang no tiene coche, viste ropas ajadas y fuma un tabaco barato que ha enlutado su dentadura. Se autodefine con ironía como la “cabeza más cara del periodismo chino”, no por el sueldo sino por el precio que ofrecían por la suya algunas de las víctimas de sus reportajes: 5 millones de yuanes (poco más de 10 millones de pesos).

Su antigua oficina en el China Economic Times tenía las paredes desconchadas y un sillón sucio hasta lo insalubre. Ordenadas en grandes sobres y apiladas hasta el techo estaban las cartas que llegaban de todo el país con denuncias de quienes soñaban que Wang investigara sus casos. Se conocía en broma como la “oficina de peticionarios número dos”.

Los peticionarios son por lo común campesinos víctimas de abusos por parte de los poderes locales y quienes llegan a Beijing con sus quejas y la esperanza de ser escuchados por algún político. Pero lo que resulta más probable para ellos es que queden atrapados en las telarañas burocráticas. Así, muchos esperan que Wang elija su caso y el escándalo obligue a actuar a Beijing.

El año pasado circuló en internet una fotografía de Wang y sus pilas de quejas en la calle. El reportero acababa de ser despedido después de haber publicado que unas vacunas defectuosas habían matado a cuatro niños y provocado daños a 74 personas más en la provincia de Shaanxi.

Irónicamente, las vacunas no se habían refrigerado porque de esta manera buscaba evitarse que se despegaran las etiquetas que aseguraban su calidad. Primero fue cesado su editor por defenderlo, y después Wang.

Su condición de ícono nacional de la libertad de expresión no ha protegido su puesto de trabajo. En febrero pasado también abandonó el diario para el que trabajaba, Economic Observer, luego de publicar un reportaje sobre la negligencia de las autoridades para enfrentar las torrenciales lluvias de agosto de 2012 que provocaron 77 muertes.

“El periodismo de investigación está sometido en los últimos años a mayores presiones que antes”, sostiene Wang en la entrevista vía telefónica con este semanario. Ahora trabaja en una ONG que atiende a quienes han contraído enfermedades respiratorias por malas condiciones laborales.

 

Paranoia

 

Xi Jinping, el nuevo primer ministro chino, ha convertido la lucha contra la corrupción en su principal bandera. Y hoy en día el Partido Comunista investiga a sus militantes y castiga a los corruptos a un ritmo muy superior que antes. Internet ha jugado en ello un papel importante.

“Es difícil calcular el alcance de la campaña contra la corrupción de Xi, pero es obvio que los funcionarios cada vez están más nerviosos y se sienten menos intocables, en especial porque los ciudadanos son cada vez más activos en destapar sus escándalos en internet y presionar para que los echen”, sostiene Wang.

Pero Beijing parece aún más preocupado en mantener controlada a la prensa que en la ayuda que ésta le pueda prestar en su lucha anticorrupción.

“El periodismo de investigación sufre la competencia de Weibo (el Twitter chino) y otras formas de comunicación social. Pero el periodismo es necesario para dar profundidad a la historia. Éste sigue vivo en China y será difícil de contener en la medida en que nuevos periodistas aparezcan. El gobierno puede establecer límites, pero es difícil que lo desmantele por completo”, señala en entrevista por correo electrónico Anthony Saich, catedrático de la Escuela Kennedy de la Universidad de Harvard y experto en comunicación social china.

Es habitual que las grandes compañías o los gobiernos descubiertos en corruptelas estén dispuestos a sobornar al periodista. La cantidad se calcula en función del tamaño del corrupto y del medio.

Wang explica que ha visto a varios periodistas jóvenes retirarse después de un caso, y añade que bastantes becarios ganan más que él con los hong bao. Por eso, dice, actúa “como un lobo solitario”.

Ese es el precio que paga el periodismo por su poder para arruinar empresas y encarcelar a corruptos. Muchos de ellos han sufrido extorsiones por parte de periodistas o de quienes se hacen pasar como tales. El miedo, agravado por el renovado vigor de la campaña anticorrupción declarada por Beijing, empuja a satisfacer cualquier petición.

Incluso los inocentes se ven amenazados por quienes utilizan Photoshop para añadirles coches lujosos, relojes de oro o cualquier otro signo de riqueza que ponga sobre ellos la lupa de la sospecha. El fenómeno ha mutado la tradicional impunidad del funcionario en paranoia.

En mayo pasado la policía detuvo a 80 falsos periodistas que se habían embolsado 1.1 millones de yuanes (2.3 millones de pesos) en los últimos cinco años amenazando a funcionarios y empresas de la provincia de Hebei con publicar noticias negativas sobre ellos.

Wang rechaza que las prácticas mafiosas de unos pocos desacrediten la labor de otros. Sentencia: “Somos muchos en esto. No todos pueden ser buenos”.

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