La grandeza artística mexicana en el siglo XX

Autor de alrededor de 40 libros de arte, el prestigiado historiador francés Serge Fauchereau, quien visitará México esta semana, acaba de publicar un amplio estudio dedicado a la creación pictórica mexicana que va de 1910 a 1960, en espera de su traducción al español. Proceso conversó largamente con él sobre su pasión por nuestra cultura. En su ibro alude al estridentismo, el muralismo y la ruptura.

 

PARÍS.- “¿Usted quiere realmente saber cómo fue mi primer contacto con el arte mexicano?”, pregunta divertido Serge Fauchereau.

Y sin esperar respuesta, el reconocido  historiador del arte, quien acaba de publicar en Francia Les peintres mexicains 1910-1960 –apasionante historia de la vida artística mexicana en la primera mitad del siglo XX– cuenta:

“En 1973 enseñaba literatura en la Universidad de Nueva York. Aproveché mis vacaciones para visitar el sur de Estados Unidos. Viajaba pidiendo aventón. En California me subí a un tráiler mexicano. El conductor y su ayudante decidieron que yo debía conocer México. No tuve escapatoria.

“Pasamos la frontera sin problema y viví dos días (o más bien dos noches) con ellos recorriendo cantinas. Las pinturas murales que descubrí en estos lugares inverosímiles me dejaron estupefacto. Recuerdo un díptico plásticamente fabuloso: a la izquierda Jorge Negrete y su inmenso sombrero, a la derecha la Virgen de Guadalupe y su inmensa aureola. Recuerdo otro díptico  del mismo calibre, esta vez con la Guadalupe y El Santo… Me deslumbré.”

Muy pronto Fauchereau volvió a México. Esa segunda estadía fue más larga y menos etílica que la primera. Admiró otros murales: los de Rivera, Siqueiros y Orozco. Vislumbró una vida artística efervescente que no había empezado con el muralismo y que  seguía siendo muy densa después del muralismo. Volvió a menudo a México. Hizo lazos de amistad con pintores pero también con escritores, poetas, músicos. Le pareció que las artes plásticas mexicanas merecían ser mejor conocidas y más reconocidas en el viejo continente. Se convirtió en uno de sus más entusiastas embajadores en Francia y  Europa.

Después de su experiencia académica en las universidades de Nueva York y Austin (Texas), Fauchereau se dedicó de tiempo completo al arte. A lo largo de las tres últimas décadas se desempeñó como curador de grandes exposiciones internacionales en el Museo Beaubourg-Georges Pompidou  de París y luego en destacadas instituciones europeas como el Palazzo Grassi de Venecia, La Kunsthalle de Bonn, la Tate Modern de Londres.

En Venecia fue curador en 1986 de Futurismo Futurismi, una amplia retrospectiva de los movimientos futuristas en la que incluyó a los estridentistas mexicanos. Fue una revelación en Europa.

En 1992 intervino como asesor especial en la gran muestra L’Art en Amérique Latine presentada en el Museo Beaubourg. Insistió sobre la necesidad de abrir más espacio a México y logró que se expusieran obras de Rufino Tamayo, Juan Soriano y María Izquierdo.

Otras dos muestras curadas por Fauchereau desempeñaron un papel esencial para la difusión del arte moderno mexicano en el viejo continente. La primera, Mexique Europe , allers-retours 1910-1960, fue organizada en 2004 en el Museo Villeneuve d’Ascq de la ciudad de Lille al norte de Francia, y atrajo a 300 mil visitantes. La segunda fue una amplia retrospectiva de la obra de Germán Cueto presentada por el Museo de la Reina Sofía de Madrid en 2006.

Serge Fauchereau es además autor de unos 40 libros de arte, entre ellos monografías sobre Toulouse-Lautrec, Henri Matisse, Francis Bacon,  Georges Braque, Kasimir Malevitch, Piotr Mondrian.

En 2010 publicó Avant Gardes du XX siècle. Arts et Littérature 1905-1939, un exhaustivo panorama de los movimientos artísticos vanguardistas que se dieron a nivel internacional y en el que dedicó dos capítulos a México. El libro se ha convertido en obra de referencia sobre el tema.

Fauchereau estaba trabajando en el segundo tomo de su historia de las vanguardias cuando su editor le  propuso volver a editar Les Peintres Révolutionnaires Mexicains, el primer libro escrito en Europa sobre el muralismo que el historiador del arte había publicado en 1984.

“No me gustó la idea –comenta Fauchereau. Hice una contrapropuesta: ampliar el enfoque e inscribir el muralismo en el  movimiento artístico mexicano de la primera parte del siglo XX. Me parecía capital recordar que la importancia del muralismo no podía opacar a  los artistas y a las corrientes que lo habían precedido ni a los que lo siguieron. Insistí además sobre la necesidad de incluir muchas ilustraciones. Mi editor aceptó. Me arremangué la camisa y empecé a trabajar.”

El resultado es un elegante libro de 255 páginas complementado con 300 reproducciones de cuadros, dibujos, esculturas, grabados, fotografías y documentos de archivos. En él Fauchereau resucita medio siglo de vida cultural mexicana ubicándola en su  propio contexto histórico, político y social, y  también en un contexto internacional mucho más extenso. Resultan a menudo sorprendentes y siempre aleccionadores los vaivenes del autor entre las distintas corrientes artísticas mexicanas que se sucedieron entre 1910 y 1960, y los movimentos culturales europeos, y en ciertos casos de Estados Undos.

Fauchereau no se limita a las artes plásticas, habla de poetas, cineastas y músicos describiendo sus complicidades con pintores y escultores. No evoca solamente a los protagonistas más famosos, sino que saca de la sombra a artistas que le parecen merecer mayor reconocimiento. No elude los conflictos, las polémicas y las guerrillas que libraron los artistas, por el contrario las describe con la distancia que le permiten tener el tiempo, el hecho de ser extranjero y su inalterable sentido del humor.

Publicado el pasado 23 de septiembre, el libro ya tiene un eco favorable entre críticos y académicos franceses, pero el veredicto que espera Fauchereau es el de los mexicanos. La traducción está en camino.

 

El estridentismo

 

–En la introducción de su libro usted se remonta al periodo prehispánico. ¿Era realmente necesario?

–Por supuesto. En el primer párrafo de esa introducción comparo una gran cultura a un árbol. Nos fascinan las ramas, las  hojas y los frutos del árbol,  pero sabemos que lo que admiramos nace de lo que existía antes y de lo invisible. No vemos cómo las raíces se mezclan a otros vegetales y se hunden muy profundamente en la tierra para nutrirse. El valor incuestionable del arte moderno mexicano es inmediatamente perceptible, pero remontar en el tiempo permite enriquecer más nuestra comprensión de esa creación contemporánea. Llevo 30 años de convivencia intensa con el arte moderno mexicano y me impresiona confirmar que, de una manera u otra, está muy ligado a formas de arte  más antiguas.

–¿Podría mencionar ejemplos?

–Hay tantos… Citaré uno solo: el de Germán Cueto. En el libro publico una foto de La máscara estridentista de List Arzubide. La desplegué en una página entera porque es una obra sumamente interesante. Siendo totalmente moderna impregnada por la convivencia de Cueto y los estridentistas con el cubismo y el futurismo, tiene sin embargo una fuerza especial porque está arraigada en la tradicion prehispánica de la máscara.

–Usted es el gran “promotor” del estridentismo en Europa. En México “la aventura estridentista” (título del tercer capítulo de su libro) pasa un poco desapercebida.

–Lo sé y a mi juicio es una lástima. En la muestra de Venecia que organicé sobre el futurismo incluí al estridentismo e insistí en que ese movimiento no era un avatar o un subproducto del futurismo, sino una creación específicamente mexicana tanto en su estética como en sus opciones políticas. Más aún, recalqué que el estridentismo fue el primer movimento artístico organizado del continente americano, es decir de América Latina y Estados Unidos.

–¿Qué le permite afirmarlo?

–Fue el primer movimiento que tuvo la ambición de abarcar a todas las formas de artes: literatura, poesía, artes plásticas, música, fotografía. Los estridentistas plasmaron sus conceptos teóricos en 1921 en un primer manifiesto, Actual No. 1, firmado por  Manuel Maples Arce. Insisto sobre la importancia de  los escritores y poetas  del movimiento, en particular de José Juan Tablada, una figura excepcional de esa vanguardia mexicana.

“También rindo homenaje a Ramón López Velarde e intento recrear la formidable efervescencia creativa de todos estos artistas: Maples Arce, Fermín Revueltas, Leopoldo Méndez, Diego Rivera y Jean Charlot (recién llegados de Francia), Salvador Gallardo, Arqueles Vela, Germán List Arzurbide, Luis Quintanilla, Ramón Alva de la Canal, Silvestre Revueltas, Germán Cueto… a los cuales se juntaron los fotógrafos Tina Modotti y Edward Weston.

“Después de su primer manifiesto el grupo publicó varios, unos serios y otros provocadores. Tenían su librería y su café, el Café de Nadie en la entonces avenida Jalisco. Publicaron revistas: Actual (1921-1927 dirigida por Maples Arce, Ser (1922-1923) y Horizonte (1926-1927) encabezadas por List Arzubide, Irriadiador (1924) por Maples Arce y Fermín Revueltas. Editaron libros. Estos son estupendos. Pienso en Coin de List Arzubide con una portada de Jean Charlot o en Pentagrama eléctrico de Salvador Gallardo con una portada de Alva de la Canal. No resisto la tentación de citar también a Metrópolis de Maples Arce ilustrado por poderosos grabados de Jean Charlot. Tampoco la de confesar que me hospedé varias veces en casa de Maples Arce y que hablé días y días con Alva de la Canal.

–Se nota su gusto por el estridentismo.

–Me importa que tenga el lugar que merece en la historia del arte moderno en general y no sólo a nivel mexicano.

 

El muralismo

 

El muralismo ocupa tres densos capítulos de Les peintres mexicains 1910-1960: “Los objetivos del muralismo”, “Las obras de los muralistas” e “Influencia y balance del muralismo”. Fauchereau enfatiza:

“El primer libro que dediqué al arte mexicano fue sobre el muralismo. Los muralistas mexicanos causaron impacto en Europa. Entre 1910 y 1920 algunos artistas europeos también realizaban frescos modernos. Pienso en  el pintor francés Maurice Denis, pero sus murales carecen de fuerza y se vuelven rápidamente aburridos. Denis no tenía el dinamismo de Siqueiros ni la agresividad, la maldad convincente de Orozco. Los murales del español Joaquín Torres García en Barcelona se quedan en el siglo XIX. No tienen relieve, se ven como apagados.

“Los mexicanos en cambio insuflan dinamismo al muralismo. Es una diferencia capital. Los mexicanos habían entendido que el mundo había cambiado de época. Los pintores de frescos europeos estaban estancados en el tiempo de la contemplación. Seguían creyendo que el espectador tenía que pararse ante el mural para admirarlo. El genio de Orozco y Siqueiros fue haber  encontrado la manera de cautivar la atención de quienes caminaban cerca de sus murales. Y fue precisamente gracias al dinamismo que irradiaban en sus obras que lograron atraer la mirada de los paseantes.”

–No menciona a Rivera.

–Rivera es un muralista distinto. Es otra historia. Viene del cubismo. Pero el cubismo es un arte estático. Los murales de Rivera son estáticos. Interpelan a quienes los miran, pero por otros motivos. En Europa no hubo frescos dignos de ese nombre después de los del Renacimiento. Se pintaron grandes obras religiosas en el siglo XIX, como las de Delacroix, que adornaron las iglesias. Pero nada tienen que ver con frescos, ni con muralismo. Son los mexicanos quienes hicieron entrar los murales a la modernidad.

–En su libro usted insiste sobre la influencia del muralismo en Estados Unidos.

–Es obvia y el fenómeno causa asombro aquí en Europa. En mis libros y en conferencias me complace recordar que fueron los frescos pintados por Orozco, Siqueiros y Rivera en Estados Unidos los que inspiraron al gobierno estadunidense su Federal Art Project. Se trataba de una política de encargos oficiales a los pintores duramente afectados por la crisis económica de los años treinta. Fue así como se pidió a Arshile Gorky murales para el aeropuerto de Nueva York o a George Biddle frescos para la Universidad de Maryland.

“Sin hablar del encuentro de Jackson Pollock con Orozco y Siqueiros. Los europeos no me creen cuando les explico que el  action painting de Pollock nació precisamente del encuentro del entonces joven pintor con Orozco, quien  no vacilaba en utilizar una escoba para aplicar su pintura. El muralista estaba  convencido del valor artístico de un eventual accidente pictural.”

–En Europa se tiende a establecer paralelismos entre el muralismo y los expresionistas alemanes: Otto Dix, Emil Nolde, Ernst Kirchner o George Grosz.

–E inclusive con expresionistas flamencos como Fritz van den Berghe o Gustave de Smet. Son comparaciones artificiales. El contexto cultural e histórico es distinto, y muy distintos también son los objetivos de todos estos  artistas. También me parece totalmente absurdo comparar el muralismo mexicano con el realismo socialista. Poco importa que de vez en cuando aparezcan hoces, martillos, banderas rojas o rostros de Lenin, Trotsky y Marx en los murales mexicanos. Es anecdótico.

“Los muralistas pintaron el ser humano en su existencia, pintaron su dolor y su tragedia y no buscaron exaltar arquetipos de campesinos y obreros como lo hicieron los artistas de la época estalinista. En realidad el muralismo mexicano escapa a todas las etiquetas. Comunica fuerza, genera emoción, exalta al ser humano y es todo esto lo que lo vuelve revolucionario. Esa fuerza es el denominador común entre la serenidad de los primeros frescos de Rivera, los murales agresivos de Orozco, los frescos impetuosos de Siqueiros, y también  los murales poblados de animales fantásticos que realizó después Rufino Tamayo.”

 

Tamayo y después

 

En el segundo tomo de la historia de las vanguardias que está terminado de escribir, “una cincuentena de páginas separan a los artistas soviéticos –hubo algunos muy valiosos a pesar del lastre del realismo socialista– de los muralistas mexicanos”.

El noveno de los once capítulos de Les peintres Mexicains 1910-1960 titulado “Tamayo, el surrealismo y después”, está dedicado en gran parte al pintor oaxaqueño que inspira numerosas reflexiones a Serge Fauchereau.

Entre otras consideraciones, escribe:

“La mexicanidad en la obra de Tamayo emana de lo más hondo de su obra y está desprovista de lo pintoresco que caracteriza a los malos seguidores de los muralistas. Esa mexicanidad en realidad es fruto de una mentalidad mágica. Basta con mirar una estatua prehispánica para entender que su creador tenía otra lógica del espacio y de los cuerpos y que su obra no buscaba imitar la aparencia exterior. Es lo que hace Rufino Tamayo y en ese sentido se acerca al surrealismo.”

–En ese noveno capítulo usted también destaca a varios pintores que a su juicio merecen más reconocimiento.

–A María Izquierdo y a Carlos Mérida, entre otros. Ambos son formidables artistas y me encantaría poder organizar restrospectivas de sus obras en Europa, donde siguen siendo escandalosamente desconocidos.

–Usted cita a Antonin Artaud, quien quedó abrumado por la pintura de María Izquierdo.

–Se conocieron durante la estadía de Artaud en México en 1936. Artaud se  impresionó tanto que le organizó una exposición en París. Esa colorista  de alto nivel  creó un universo sumamente extraño que se emparenta al surrealismo pero que sigue siendo muy personal. A nivel plástico yo diría que María Izquierdo es una auténtica pintora. No puedo afirmar lo mismo de Frida Kalho,  que tuvo el talento de escenificar su vida densa, cruel, novelesca. Sus obras impactan y conmueven. No digo que no merecen el éxito que tienen ahora en París. Sólo lamento que quienes navegan con su fama opaquen a otras artistas como María Izquierdo. Me permito hacer estas críticas porque fui el primero en exponer a Frida Kalho en París.

–¿Realmente ?

–A mediados de los años ochenta Dolores Olmedo me pidió que organizara una muestra. Moví cielo y tierra. Toqué todas las puertas. Nadie estaba interesado. Ni los museos ni las galerías. Todos me decían que no sabía pintar. Finalmente convencí al director de las Galerías Lafayette que me  prestó el espacio cultural de su famosa  tienda. Yo colgué personalmente los cuadros. ¡Eran otros tiempos!

–Entre las surrealistas que se quedaron en la sombra, por lo menos en Europa, señala también a Alice Rahon.

–Era francesa y se había casado con Wolfgang Paalen. Ambos artistas llegaron a México en 1939. Se separaron y ella siguió pintando. Era muy amiga de Frida Kalho. Alcancé a conocerla. Su obra es muy  original. Usaba formatos insólitos para sus cuadros y creó también un universo profundamente personal. Me llaman particularmente la atención sus extraños  pictogramas con animales estilizados y  seres fantasmagóricos.

Les peintres mexicains 1910-1960 termina con la ruptura. Fauchereau dedica las primeras páginas de ese último capítulo a las poemicas que generó el alemán Mathias Goeritz, sus enfrentamientos con Rivera y Siqueiros, su acercamaiento con artistas jóvenes como José Luis Cuevas y Manuel Felguérez. Recuerda la historia de la realización de Las Torres de Satélite, su obra arquitectónica más espectacular y las resistencias y controversias  que generó.

–El muralismo y el llamado arte mexicano acabaron por petrificarse en la rutina –enfatiza el historiador del arte–. De allí las violentas reacciones  nacionalistas que generó Goeritz. Eso creó un profundo malestar entre los artistas jóvenes defendidos por Octavio Paz.

–Usted cita un comentario bastante tajante de Paz, quien dijo: “Entre 1950 y 1960 la generación a la que pertenecen Felguérez, Cuevas, Rojo, Gironella, Lilia Carrillo, García Ponce emprendió un trabajo de higiene estética e intelectual: limpiar los muros y los cuadros”.

–Me encanta. Poco a poco esa nueva generación empezó a organizarse en forma autónoma. Alberto Gironella, Enrique Echeverría y Vlady crearon en 1952 la Galería Prisse para exponer sus obras y las de sus amigos. Los mismos, junto con José Luis Cuevas y Pedro Coronel, lanzaron la  Galería  Proteo  en  1954. Fue esta última la que les permitió imponerse.

–La ruptura parece inspirarle mucha simpatía…

–Confieso que me apasionan la ebullición y creatividad de la ruptura, la  heterogeneidad de sus integrantes: Vlady, pintor y muralista; Echeverría, exclusivamente pintor; Cuevas, un dibujante muy duro en la línea de Goya, sin hablar de los demás. Mes gustan su apertura y su capacidad de  renovarse siempre. La ruptura nunca se dejó encerrar en teorías.

“Uno de sus méritos fue también haberse sentido tan segura de sí misma que no rechazó el diálogo con lo que se hacía fuera de México. Es muy paradójico pero al mismo tiempo de que se burlaba de los rasgos nacionalistas de sus antecesores, la ruptura  conservaba  ciertos aspectos específicos arraigados en la cultura mexicana. Para Cuevas, Felguérez, Echeverría y sus amigos la ruptura nunca significó una brecha infranqueable con sus antecesores, sino una reorientación del arte en marcha.”

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