En la Sudáfrica negra, el blanco se adueñó hasta de Dios

La deshumanización que se vivía en la Sudáfrica que Nelson Mandela quería ver distinta fue visitada hace 39 años por el fundador de Proceso, Julio Scherer García, quien realizó un escalofriante reportaje sobre los odios raciales que imperaban entonces y que distan de haberse superado en la actualidad. He aquí una parte sustancial de ese trabajo, que fue publicado en ocho entregas en el periódico Excélsior, dirigido entonces por el propio Scherer.

 

JOHANNESBURGO.- País donde son corrientes la horca y la flagelación por latigazos; país sin derechos para el ochenta por ciento de los pobladores, criaturas los negros, criaturas los hindúes y los mestizos; país para el veinte por ciento de sus habitantes, blancos que son amos, amos que son reyes, reyes que dispensan la “dignidad” a quien les sirve y la libertad a nadie, aunque les sirva; país de injusticias radicales y de contradicciones más radicales aún, Sudáfrica ha hecho de la sospecha una prueba y de la presunción un delito.

No diecisiete días, veinticuatro horas habrían bastado para advertir que la desdicha se enhebra aquí minuto a minuto. Entrevistados el Primer Ministro, alcalde de Johannesburgo, profesores universitarios, periodistas, religiosos de la Iglesia Católica, de la Iglesia Reformada Holandesa y el trabajador que sufre en silencio, algunos sostuvieron que la vida es menos dura que antes, pero así fuere la verdad es que la existencia no merece aún el nombre de humana.

Condenado el “apartheid” por la ONU como crimen de “lesa humanidad”, en Sudáfrica es manifiesto el desprecio por el ser que menos puede, como es manifiesto que el blanco personifica el cetro, la espada y el fiel de la balanza. Más allá de su voz, el silencio.

Se apoderaron del oro, de los diamantes, del uranio y se apoderaron de Dios. Todo para ellos, se apoderaron del poder. Les pertenece la historia y les pertenece el porvenir, son dueños de los mejores campos, de las mejores colinas, de las mejores playas, son dueños de la belleza y dueños de la justicia. Están para prevalecer y prevalecerán, porque son los padres de millones de negros a quienes han de conducir hasta que, algún día, los niños sean capaces de ser por sí mismos.

Bienestar y moral se confunden en el blanco. Es el señor, pero además es bondadoso. Los automóviles y las calles son de él, porque gracias a su esfuerzo el país progresa. Sus mujeres agregan flores a las flores, toda la belleza en sus cuerpos y en sus rostros, todos los colores en sus vestidos, mientras él camina por los parques que cuidan los negros. No vislumbra límite y como todo sabe, sabe también que el negro tiene frente a sí, no como muro o alambrada, sino como una presencia eficaz como la divina, su ley, la blanca ley del blanco.

Si hay un hombre con un bote de basura sobre el hombro o el cuerpo inclinado sobre una pala que muerde la tierra; si hay un hombre que va y viene con carretillas cargadas de material y va y viene su cuerpo con el golpe del pico; si hay un hombre que llena los tanques de gasolina y cuida los garages; si hay un hombre que se inclina y dice “sí”, que limpia parabrisas y deja relucientes aceras y calles, ese hombre es un negro. Sus manos, y toda la sangre en ellas, son para el blanco. Del blanco son las ideas y del blanco son las decisiones, mientras las manos negras esperan la orden para ponerse en movimiento.

En el país del sol no sabe el negro de la belleza de los colores. Luminoso el cielo de Sudáfrica, los azules de todos los cielos en su cielo, se cuelga sobre el cuerpo los cafés, los grises, un verde salido quién sabe de dónde, sacos negros sobre el negro de la piel y sombreros negros sobre el negro de los ojos. En Pretoria, la capital, llama la atención una negra vestida de rojo y resultaría sorprendente una de amarillo, como asombroso sería un negro de “safari”, las medias casi hasta las rodillas, los pantalones a medio muslo y la seguridad de que la caza, la mayor y la menor, pertenece sólo a quien debe y puede vestirse así.
Zona de negros; entrada restringida
Ayer se anunció, un acontecimiento, que los negros pueden caminar por los parques de Pretoria. Se podría pensar que, jubilosos, se perdieron entre las bugambilias y los rosales y las jacarandas y los sauces, que pisaron con emoción el césped de jardines bellos como los jardines de Londres.
Pero no ocurrió así. La escena permaneció inmutable y la profundidad de los parques continuó reservada al blanco. El negro está en las ciudades para trabajar. Si es criado, permanece en la residencia de los señores; si es obrero, o empleado, ha de regresar a su pueblo, siempre en las afueras de la ciudad. Negro entre los blancos, sirve a los blancos. Negro entre los negros, encuentra a sus iguales. No pueden confundirse los términos en Pretoria, donde la piel de las mujeres, seda y porcelana, y el negro negrísimo de los sirvientes, marcan líneas imposibles de rebasar.

A veinte kilómetros de Pretoria, en Garnakuwa, viven unos sesenta mil negros. Se encuentra el poblado al fondo de un valle, la vegetación chaparra, arbustos y no árboles, maleza sin nudos, verdes sin savia, los rieles del ferrocarril y el plomo opaco de la carretera que se hacen uno con el gris terroso del paisaje.

Hay 10 mil casas, casi todas iguales. Cuatro paredes, un techo de dos aguas, una puerta, dos ventanas. Son las casas que dibujan nuestros niños en las primarias, cuando su imaginación quizá florece ya, pero la incapacidad para expresarse aún no cobra vuelo y la criatura se resuelve por la síntesis de los datos elementales. Lastima el poblado. No es la miseria, es el aburrimiento, el tedio total. El sol en el mismo sitio, la temperatura sin variación, los minutos de sesenta segundos, todos, caras sin perfil, la vida es tan igual a sí misma que, vivida la primera hora, casi toda la vida está vivida.

A 10 kilómetros se encuentra la zona industrial de Rosslyn, donde trabajan los negros de Garnakuwa. Protegidos por alambradas y atados de púas, recrean el paisaje las instalaciones, cremas y azules sobre la planicie, de los grandes fabricantes de Europa y los Estados Unidos. La Siemens, los automóviles alemanes BMW, la Fiat, Datsun, Nissan, construcciones que se extienden y extienden y que pronto será imposible abarcar con la mirada. Hasta la Rosenthal, famosa en el mundo por la belleza de sus porcelanas, tiene aquí un lugar.

No hay entre los negros un jefe o un empleado de importancia, ni es posible, tiempo y paciencia de por medio, que algún negro se haga amigo de alguno de los blancos que en Rosslyn ganan su vida. Cuando el negro regresa a Garnakuwa, siempre a la misma hora, y cruza la vía del ferrocarril, siempre a la misma hora, para internarse en una calle pavimentada que luego se transformará en caminos y vericuetos de tierra, habrá dejado atrás un letrero que advierte y amenaza en dialecto negro; en afrikaan, el idioma de los blancos nacidos en Sudáfrica y en inglés: “Zona de negros. Las personas­ sin autorización para entrar pueden ser perseguidas. Entrada restringida”.

La plegaria blanca
La iglesia de la universidad de Pretoria estaba pletórica de muchachos vestidos como si se hubieran preparado para su fiesta de graduación. Ropas de seda y sombreros de ala ancha ellas, corbata y traje oscuro ellos, el pantalón planchado, sin una arruga el saco, formaban un grupo encantador. Se podría pensar en los conjuntos escolares que exhiben algunas películas antiguas, reunidos los jóvenes en los jardines de castillos reales.

Luces de muchas luces hacían de la nave un ascua. El aire era oro y la música del órgano se escuchaba igual que una orquesta de cien profesores. En el templo no había manos enlazadas ni dos pares de ojos en comunicación. La atención entera, el espíritu todo era para el genio de Bach y para el sacerdote que, atlético y seguro, se encaminaba al púlpito.

Detenida en sus palabras la respiración de los fieles, habló de la parábola de la multiplicación de los panes y aseguró que los miembros de la Iglesia Reformada Holandesa tienen motivos para confiar en la justicia divina. Fue largo su sermón para blancos en un recinto que prohíbe la entrada a los negros. Varias veces aludió a las palabras “God met uns”, “Dios con nosotros”, frase bordada en oro sobre una manta que cae de la bóveda sobre el altar y que es como la corona del templo, todo el sol sobre la iglesia.

 

* * *
Johan Oberholzer parecía representar todo cuanto se espera de un político comprometido a fondo, una manera de ser para la esperanza. Tranquilo y enérgico, en público y en privado había sostenido el alcalde de Johannesburgo:
“Diálogo con los negros o muerte.”

Conocedor o no de la frase de Fidel Castro, podía pensarse que una intención con orígenes semejantes aproximaba de alguna manera a dos hombres apartados entre sí por todas las distancias. “Diálogo o muerte”, “Patria o muerte”, se escuchaban como exigencias del mismo discurso.
“En Johannesburgo podemos cambiar las leyes locales con el acuerdo o no del Gobierno Central, con el apoyo o no de la Administración Provincial. Por eso a los negros les hemos abierto en estos días los parques, las bibliotecas, los museos, el zoológico. Estas restricciones resultaban innecesarias y humillantes”, corroboraba Oberholzer a Excélsior.

–¿Humillaciones tan profundas han degradado al negro? –preguntamos.

–Los negros son hombres felices. Se ríen más que nosotros.

–¿Humillaciones tan profundas han degradado al blanco?

–No.

–¿Entonces?

–Les han dado una mala conciencia.

–¿Qué es una mala conciencia?

El rostro del alcalde se alteró apenas.

–Inseguridad por el futuro.

–¿Sólo eso?

–Temen por sus niños.

–¿Sólo eso?

–Y por sus trabajos. Piensan que puede pasar aquí lo mismo que en otros países de África.

–¿Sólo eso?

–Muchos blancos perdieron sus vidas.

–¿No tiene otro sentido la mala conciencia de quien humilla y ofende, ofende y humilla un día y otro?

–No.

–¿No?

–No. Los negros se han educado a sí mismos para aceptar las humillaciones diarias.

Dueño de una oficina con piso de parquet, el escritorio de metal, alineadas contra la pared las sillas de su sala de espera, vertical el respaldo, plano el asiento, dos tablas en ángulo recto, Oberholzer mira con mirada dura, los ojos redondos, esferas sólidas sin lágrimas ni lagrimal.

La ciudad que gobierna es como un campo de juego para niños de Nueva York. Johannesburgo tiene un edificio de cincuenta pisos; varios de treinta; dos torres gigantescas, agujas que penetran las nubes; un rascacielos de cristales negros, ideal para ver sin ser visto, para aparecer y desaparecer, ninguno como su misterio para imaginar fantasías y soñar sueños; avenidas flanqueadas por almacenes y escaparates con todo el oro del mundo y los diamantes más caros de la tierra; hermosas rubias de prisa para llegar sin llegar, acariciar y sólo contemplar joyas y joyas; señores preocupados con los derechos especiales de giro, que nada son, pero son el poder; algunos negros estorbosos, pero imprescindibles; camiones y taxis para blancos, camiones y taxis para negros, elevadores para blancos y para negros.

Calculadas las distancias para que los negros no puedan hacer una sola vida con los blancos de Johannesburgo, el pueblo de Soweto está a unos quince kilómetros del Manhattan en miniatura. Entre árboles de dos y tres metros de altura, la hierba crecida, dispersa la basura, aquí y allá montículos que serán cerros, el desorden que se afirma, una fealdad que gana terreno, diez mil casas construidas para seiscientos mil negros se alinean igual que formaciones militares. Confundida la normalidad con la emergencia, cada siete minutos aparece en Soweto el tren, los trabajadores lo abordan y a toda velocidad arranca para la ciudad blanca y las zonas industriales de sus alrededores. Al anochecer o caída la noche, cada siete minutos el convoy regresa con su mismo cargamento.

Así, como si la vida fuera el estrépito del tren, los segundos para no perderlo, las horas en Johannesburgo para vivir sin vivir y el retorno a Soweto para seguir viviendo sin vivir, los negros creen que viven.

El negro es del blanco
Las esposas y los hijos de los negros quedaron lejos. En el Transvaal, en Transkei, en los centros nativos donde la pobreza es miseria y la miseria, desesperación. Johannesburgo absorbe el setenta y dos por ciento de las manos de Soweto. Reclama lo que necesita. Las mujeres y los niños estarían de más, porque el sirviente es todo del blanco, indiferente el blanco a la existencia toda del sirviente.

Ha de permanecer el negro en la ciudad blanca el tiempo indispensable para cumplir con las obligaciones impuestas. No sería posible sin la Carta de Identificación que ha de traer consigo día y noche, adherida a él como piel. Ciego sin bastón, un negro sin “pase” está expuesto a todas las caídas. El “pase” es la casa en Soweto y el trabajo en Johannesburgo, la biografía que le dice quién es y la esperanza de seguir siendo, así sea negro.

Oberholzer explica:

“No sería posible un exceso de población negra en Johannesburgo y su zona industrial ni un crecimiento desproporcionado en Soweto. Son poblaciones complementarias, en armonía.

–¿Humilla al negro el “pase”?

–Lo agradece. Es su garantía.

–¿Concibe usted la integración económica entre blancos y negros?

–Quizá. Dentro de muchos años.

–¿Y la integración humana?

–Imposible.

–¿Por qué?

–Creo en la pureza de la raza.

–¿Por qué?

–Así nací.

–¿Así morirá?

–Seguramente.

–¿Algún día, en algún momento, ha habido un negro en su oficina?

–No, nunca.

Comentarios

Load More