En torno a “Escrituras” de Frida Kahlo Renato González Mello

Una de las mejores maneras de homenajear, creo, es releer a la persona homenajeada y eso es lo que he hecho, aunque por supuesto en muy discreta medida ya que un comentario suficientemente informado, armado de breves párrafos exclusivamente sobre el quehacer escritural de Tibol, abarcaría volúmenes. Así que para referirme a ella por escrito, cosa que no hice en el lapso en el que Renato González Mello, Armando Ponce y yo participamos con sendos discursos, hice primero una declaración: aunque Raquel me ha cuestionado (es decir hasta regañado) de viva voz en público y en privado, mi relación amistosa con ella a lo largo de décadas está fincada en el respeto mutuo, y participar en Bellas Artes para celebrarla, porque como dijo “90 años son 90 años”, fue para mí un honor y un gusto.

Es de muy buena cepa longeva. Su hermana médico ya cumplió 92, maneja, tiene su consultorio y sigue atendiendo pacientes. Yo llevaba un discurso escrito a la Sala Ponce, pero dudé en pronunciarme acerca de un tema princeps que conozco bien y que me ha alimentado, aunque no lo he comentado extensamente: me refiero a Frida Kahlo a través de las Escrituras, con edición, proemio y notas de Raquel Tibol, publicadas en tercera edición por Lumen (2007), con la adherencia del prólogo que ella le solicitó a Antonio Alatorre. El escritor al principio dudó en aceptar escribirlo, aunque fue persuadido debido a los irrebatibles argumentos de Raquel, y así terminó por considerar que el lenguaje de Frida Kahlo era meritorio, “relajiento” y muy digno de ser prologado, “porque decir Frida Kahlo es muy buena pintora, conténtense con eso, implica una buena dosis de prejuicio”.

En lo que ni Alatorre ni la propia Raquel en su excelente proemio abundaron fue en pormenores que otro tipo de personas, también obsesionadas con Kahlo, podrían cuestionar y acaso hasta abominar. De hecho, las escrituras por sí mismas darían lugar a una nueva visión sobre ella, algo distinta a la que han proporcionado sus principales biógrafas: Hayden Herrera y Martha Zamora. Alguien lo hará algún día, espero. Por ahora y en honor de Raquel, aunque acaso no le guste, me permito aseverar lo siguiente: El verdadero amor romántico y apasionado de Frida hacia una persona del sexo opuesto no tuvo como destinatario a Diego Rivera, sino a Alejandro Gómez Arias.

Eso es lo básico que arrojan las escrituras que van desarrollándose cronológicamente y el lector a la vez puede irlas cotejando con los datos biográficos de Frida e inclusive con el famoso retrato que ella le dedicó a Gómez Arias. Haciendo alarde de practicidad, no se lo entregó tal y como le había prometido. Esperó hasta decidir sin vuelta atrás y con anuencia paterna su matrimonio con Diego Rivera

A la vez Frida, a quien admiró y veneró sobre todos los otros seres y a quien le guardó estricta fidelidad de acuerdo a sus propios parámetros, fue a Diego Rivera. “Respiraban acompasados”, según expresión de Tibol, eso está fuera de duda, pero desde el ángulo amoroso o erótico exactamente los mismos epítetos que le dedicó a Diego se los aplicó a otras personas, v. gr. a Nacho Aguirre (quien antes que con ella, tuvo romance con Tina Modotti. Aguirre felizmente pudo zafarse del affaire con Frida a los pocos meses de iniciado el romance), o bien con el muy apuesto esgrimista y fotógrafo Nick Murray, autor de varias de las más atractivas fotografías que le fueron tomadas a Frida, no digo que las mejores, sino las mayormente espectaculares y propagandísticas. Basta comparar éstas con la hermosísima fotografía en la portada de Escrituras tomada de un retrato de cuerpo entero por Álvarez Bravo. Frida le tendió una trampita a Murray desde París, valiéndose de un telegrama, la trampita de momento le resultó, pero a fin de cuentas “su adorado Nick” modificó el vínculo que tuvo con ella, que alcanzó un pico de intensidad durante el periodo en que ella estuvo en París, conflictuada por su situación con Diego, desanimada por el nulo profesionalismo de André Breton y sus adeptos, ayudada por Marcel Duchamp y profundamente atraída por Nick con quien se carteaba y a quien conocía de tiempo atrás. Quizá de haberse dado las cosas de otro modo, la vida de Frida hubiera dado un giro considerable, no necesariamente para bien.

Raquel Tibol dice que de todas sus querencias, quien la impresionó en mayor medida, al grado de que el afecto que le deparó era mayor del que experimentó por Murray, fue Ricardo Arias Viñas, exiliado español que fue su amante hacia 1941. Aquí se da el caso clásico de que “un clavo saca otro clavo”. El apuesto español vino a ser sucesor de Nick.

Pero esos aspectos sentimentales o semi-sentimentales son quizá lo de menos. Son las alternancias políticas o pretendidamente políticas de Frida las que la traicionan como la persona libérrima, inspiradora del feminismo más acendrado, voluntariosa e independiente a ultranza. Ésa es la imagen que la literatura no necesariamente feminista nos ha transmitido. ¿Se puede cambiar tanto a lo largo de la vida como para insultar a un personaje público o a sus seguidores con frases radicales y al cabo de un tiempo, diríase que por ósmosis o por simple dependencia acabar declarando que ese mismo personaje es la luz del mundo? En 1941, refiriéndose a Jean Wight, la cuestiona severamente por hacer alarde de pertenecer “a un grupo de bandidos indecorosos como los estalinistas”.

Puede argüirse lo siguiente: Frida durante sus últimos años estaba muy enferma, sujeta a dosis frecuentes de demerol, dato también detectable en las Escrituras. No podemos ni imaginar la situación por la cual se volvió farmacodependiente, en parte debido a su condición, en buena medida agravada por los innumerables médicos que consultó. Pero eso no sucedía en forma tan radical en la época de su segundo matrimonio con Diego, y sin embargo la conciencia individual a su disposición estaba irremisiblemente al lado de él. Lo cual implicó denostar al personaje de quien incluso fue amante (Trotsky) además de admiradora, según todas las evidencias. Ésos son los vericuetos que trae consigo la lectura de las Escrituras con todo y que están editadas.

Tienen entonces carácter de mostrar, no de demostrar, situación implícita en un reportaje bien llevado y objetivado que sugiere varias lecturas e interpretaciones que maticen las biografías canónicas. El llamado “Retrato de Diego” por Frida, es un texto hermosísimo; se ha dicho sin fundamento alguno que fue retocado por Narciso Bassols, pero a la vez se han encontrado varias versiones preparatorias que dan cuenta del empeño y de la querencia que lo inspiró, y si fue retocado, eso sólo indicaría que ella deseaba que quedara lo mejor posible.

A tiempo que releí las Escrituras releí también muchas secciones de Arte y política, el libro sobre Diego Rivera (publicado en 1971 por Grijalbo) que consiste en una recopilación de textos escritos por Diego con introducción de Raquel. Ella no comenta el texto de readmisión al Partido Comunista, que se inicia con una autoacusación, por lo menos muy cómico de parte de él. Y lo es porque ni él creyó en lo que escribió; era tan, pero tan consciente de sus poderes y tan desparpajado que eligió denostarse con la seguridad de que su propósito quedaría cumplido: ser readmitido en la santa paz estalinista  a través de una auto-burla aparentemente denostatoria de su ser político. En 1939 Diego rompió con la IV Internacional, lo cual hizo a costa de  haber apoyado la candidatura a la Presidencia de la República del general Juan Andrew Almazán (el contrincante de Avila Camacho en aquellas elecciones). Almazán era militarista y de extrema derecha pero en realidad lo que sucedía era que él (Diego) ya estaba romanceando con estalinistas porque así le convenía, no tanto porque abominara de Trotsky a quien, como es archisabido, trajo a México gracias a la anuencia de Lázaro Cárdenas. ¿Una manera de zafarse de Trotsky fue el apoyo  a Almazán, mismo que propició su expulsión pública de la IV Internacional? Esos son los vericuetos que quería explicitar durante el homenaje a Raquel Tibol.

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