Purga al viejo estilo familiar

Jang Song-thaek no solo era tío y mentor político del joven dictador Kim Jong-un, sino el número dos del régimen de Corea del Norte. En 10 días fue expulsado del Buró Político del Partido del Trabajo, sometido a juicio y fusilado. Según la versión oficial, intentó crear “una facción contrarrevolucionaria” para derrocar al máximo líder. Los expertos especulan sobre si esta purga significa que Kim afianza su poder o está a punto de perderlo. Coinciden sin embargo en que la ejecución de Jang enfría las expectativas de apertura económica y política en ese país y alimenta los temores de nuevas “provocaciones nucleares”.

 

BEIJING.- La televisión estatal de Corea del Norte interrumpió su programación habitual el pasado 3 de diciembre para transmitir la expulsión de Jang Song-thaek de una reunión del Buró Político del Comité Central del Partido del Trabajo (PT).

Las imágenes mostraron cuando Jang –hasta ese momento el segundo hombre con mayor poder en el país– se levantó de su asiento y dos guardias uniformados del Ministerio de Seguridad lo escoltaron hacia la salida.

Un artículo de mil 400 palabras difundido por la KCNA, la agencia de noticias oficial norcoreana, desgranó un menú de delitos en su contra: “corrupción financiera”, “abuso de poder” y “vida depravada”, entre otros. No escatimó detalles sobre su vida “disoluta” y estilo “capitalista”: mujeriego y adicto al alcohol, las drogas y el juego.

La clave de su cese, sin embargo, fue la creación “de una facción contrarrevolucionaria” al margen del PT con la que habría intentado derrocar al líder norcoreano, Kim Jong-un.

Jang conocía ya la dinámica que va de la purga a la rehabilitación. En los setenta cayó en desgracia durante el gobierno de Kim Il-sung, fundador de la dinastía. Hace una década fue Kim Jong-il quien lo envió a los campos de reeducación antes de abrirle las puertas del Buró Político del PT, la máxima instancia de poder en el país.

Desde 2010 era vicepresidente de la poderosa Comisión Nacional de Defensa y su fuerza se había incrementado tras la muerte de Kim Jong-il en diciembre de 2011.

Pero la gravedad de las acusaciones actuales y su escarnio público descartaban una tercera resurrección para Jang. “La forma en que lo purgaron carece de precedente en la política norcoreana. Cuando Kim Jong-un destituyó en 2012 a Li Yong-ho, un alto militar, el pueblo no vio su arresto por televisión. Ahora las formas indicaron que no había lugar para su regreso”, señala en entrevista Ellen Kim, directora del programa sobre Corea del Centro de Estudios Internacionales de Washington.

Jang fue fusilado. El 13 de diciembre el gobierno confirmó su ejecución y difundió por televisión imágenes de su juicio. Un despacho de la KCNA –ahora de 2 mil 700 palabras– lo calificó de “mayor traidor de todos los tiempos contra la nación”, “escoria humana”, “peor que un perro”.

El tono sorprendió. Rebasaba los habituales parámetros encendidos de la agencia. Pyongyang se ha esforzado en los últimos días en borrar cualquier vestigio de quien durante la última década fue protagonista de la política nacional. Un documental fue editado para sacarlo de las imágenes, y miles de noticias en las que aparecía su nombre fueron eliminadas de los archivos.

“Siendo Jang el regente de Kim Jong-un, es natural que buena parte de la élite política fuera atraída hacia él. Pero cuando su poder se acercó peligrosamente al nivel de ‘un partido por encima del partido’, atrajo la atención de Kim Jong-un. Desconocemos exactamente hasta qué punto Jang retó a Kim o hasta qué grado éste tuvo la ‘necesidad política’ de apartarlo, pero probablemente ambos elementos llevaron a su purga”, opina Haksoon Paik, investigador del Instituto Sejong.

Jang arrastró en su caída a sus allegados. Su sobrino y embajador en Malasia, Jang Yong-chol, y su cuñado y embajador en Cuba, Jon Yong-jin, fueron cesados y llamados a regresar a Corea del Norte.

A mediados de noviembre fueron ejecutados en público Ri Yong-ha y Jang Soo-kil. Después cayó Ri Su-yong, exembajador en Suiza y tutor de Kim Jong-un durante sus años de estudiante en aquel país, lo que demuestra la voluntad del dictador de desembarazarse de la corte que su padre le había heredado.

 

Tradición dinástica

 

El abuelo y el padre de Kim Jong-un ya habían perpetrado cíclicas purgas al viejo estilo estalinista. Incluso la llegada al poder de Kim Jong-un fue precedida por una depuración tan enérgica que muchos embajadores temían regresar a los funerales de su padre. Pero el último hombre de la única dinastía comunista hereditaria del mundo ha aventajado a sus antepasados.

Jang tenía motivos de preocupación: antes de él, cuatro de los siete hombres que acompañaron a Kim Jong-un en el cortejo fúnebre de su padre fueron cesados o fusilados. La prensa surcoreana calcula que la mitad de los 200 cargos políticos y militares más altos del país han sido renovados en dos años.

La purga lanzada por Kim Jong-un enfrió definitivamente las esperanzas de renovación generadas por su ascenso al poder. Al principio incorporó a su gobierno a reputados economistas que restaron influencia a los militares y permitió una apertura relativa de los mercados. También relajó la rígida ortodoxia: presentó a su esposa en sociedad, no embelleció su biografía con las leyendas inverosímiles de sus antecesores, abrazó a niños en guarderías, dio la mano a trabajadores e incluso presidió una gala aderezada con iconos culturales estadunidenses, como Mickey Mouse.

Pero acertaron quienes advertían que era pronto para presentarlo como un reformista al estilo de Mijail Gorbachov o Deng Xiaoping. Desde que ocupa el poder ha ordenado dos lanzamientos de misiles y un ensayo nuclear. Y la purga actual parece señalar su intención de profundizar en la tradición familiar.

Los expertos calibran el cese fulminante de Jang como el mayor sismo en la política del país desde la asunción de Kim Jong-un. Jang era además tío del dictador por estar casado con la hermana de su padre, Kim Kyong-hui. La presencia de ella en un reciente funeral descartó que también hubiera sido arrastrada en la purga de su marido, de quien hace años estaba separada. Algunos analistas sugieren que ella tuvo, de hecho, un papel capital en la operación.

Kim Jong-il había encargado al matrimonio que guiara los pasos de su hijo, apenas un veinteañero, en el sensible y apresurado proceso de hacerse del poder. A diferencia de su padre, que aprendió durante décadas los tejemanejes del ejercicio del mando unipersonal a la sombra del abuelo, Kim Il-Sung, el actual dictador llegó a Pyongyang sin apenas conocimientos y tras haber pasado parte de su juventud en el extranjero.

Jang desapareció de la escena cuando Kim Jong-un consideró que ya había cumplido su misión de ser puente generacional. Su ausencia obliga al joven dictador a volar solo, sin estar claro si ya tiene el poder, la experiencia y la sabiduría suficientes.

Jang era descrito por la diplomacia occidental como un hombre de consenso, templado y moderado… siempre que no hubiera alcohol en la mesa.

Especulaciones

 

Ahora se reavivan los interrogantes sobre el país más indescifrable del mundo. Los expertos –ninguno de los cuales tiene acceso al palacio de gobierno– llevan dos semanas vertiendo especulaciones, a menudo contradictorias.

Algunos adelantan un clima de inestabilidad política y pronostican algún desmán militar o nuclear inminente que serviría a Kim Jong-un para reivindicarse.

Otros aseguran que la tímida apertura económica emprendida en el último año le aconsejará estarse quieto. Unos ven el cese como un signo de fortaleza, y otros, de debilidad porque habría sido impuesto por la vieja guardia militar, a la que Jang se había enfrentado para frenar el lanzamiento de un misil en diciembre o un ensayo nuclear en febrero. En definitiva, debaten sobre si Kim ha afianzado su poder o está a punto de perderlo.

“No creo que provoque ninguna inestabilidad, al menos de momento. El cese de Jang permite a Kim Jong-un establecer una dictadura de un solo hombre al librarse de una figura con mucha influencia. Pero es cierto que la purga sugiere más inestabilidad que estabilidad. Las cosas parecían fluir y de pronto viene esta gran agitación”, opina Ellen Kim.

Las consecuencias preocupan a los vecinos. Itsunori Onodera, ministro de Defensa japonés, dijo la semana pasada que la detención de Jang durante una reunión multitudinaria del PT le recordó “las escenas de la Revolución Cultural”, en referencia a esa década delirante en China que implicó el asesinato, encarcelamiento o envío a campos de “reeducación” de cualquier sospechoso de ser contrarrevolucionario.­

“Me preocupa que Corea del Norte sea un lugar aún más radical en el futuro”, continuó Onodera.

También desde Corea del Sur se han escuchado temores. La presidenta Park Geun-hye­ señaló el pasado 16 de diciembre que las convulsiones actuales podían anteceder a “provocaciones temerarias” de Pyongyang.

Lee Sang-sook, profesor del Instituto de Asuntos Exteriores y Seguridad Nacional de Corea del Sur, prevé un régimen razonablemente estable durante los próximos años.

“Pero la estabilidad no será total. Jang era el único que podía hablar francamente a Kim Jong-un y liderar la reforma política. Eso significa que el régimen no podrá mantener el equilibrio de poder. Jang apoyaba las políticas de Park Bong-ju (primer ministro) y empujaba el comercio con China. Sin él, Park puede tener problemas para acometer las reformas económicas”, sostiene.

Beijing no ve con buenos ojos esta purga. Tenía en Jang a su colaborador más sólido. El año pasado viajó a China para entrevistarse con el primer ministro, Li Keqiang, y el presidente, Xi Jinping, mientras Kim Jong-un permanecía en casa. Jang era un ferviente defensor de importar a Corea del Norte la apertura económica que China emprendió 30 años atrás. Los expertos sostienen que el líder norcoreano apuesta por un proceso más gradual.

Nada contentaría más a China que un vecino menos irracional. La frustración que arrastra con Kim Jong-un es comprensible: ni lo ha convencido de regresar a la mesa internacional de negociaciones para jubilar su programa nuclear ni ha podido detener sus ensayos atómicos o lanzamientos de misiles.

Las posibles convulsiones internas o externas aconsejan mucho tacto al resto del mundo. “A diferencia de la presión, el diálogo ha conseguido acuerdos que han operado como mecanismos de control de su política nuclear y como fórmulas para solucionar diversos problemas, por ejemplo el establecimiento de la paz a largo plazo”, asegura Haksoon Paik. “Buscar el diálogo y la negociación no es un signo de debilidad, sino de un liderazgo responsable y estratégico”, concluye.

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