Con Gelman y los Montoneros en Buenos Aires

Proceso y Der Spiegel de Alemania fueron las únicas publicaciones seleccionadas por el Consejo Supremo Montonero para dar a conocer, desde su punto de vista, la situación que vivía Argentina en pleno Campeonato de Futbol de 1978. El reportaje fue publicado el 5 de junio de ese año, con el título “Con los Montoneros en Buenos Aires. La Junta Militar, en la vereda de la derrota”. En él su autor, Julio Scherer García, fundador de este semanario, recoge en la clandestinidad los testimonios de tres líderes del movimiento, Norberto Habegger, Mario y Juan Gelman, a quien describe así: “Aires de capitán de caballería, el bigotito recortado, la mirada levantada, orgulloso el porte”. El poeta falleció el pasado martes 14 en su domicilio de la Ciudad de México, sitio que eligió para vivir hace más de dos décadas tras años de exilio por varios países.

 

BUENOS AIRES, Argenti­na.-  A un lado quedaron las granadas de mano y sobre un sofá descansan la ametralladora portátil y una 45. El secretario de Acción Política del Consejo Supremo de los Montoneros, Norberto Habegger, se dispone a beber el primer vaso de vino.

Nos muestra copia de la carta que hace unos días envió al Episcopado argentino:

“…El ejercicio de la violencia, a la cual fuimos empujados después de tantos años de represión y de imposibilidad de vida democrática en el país es asumida con dolor, con responsabilidad, en defensa propia, como respuesta a tantos crímenes y persecuciones, orientada por objetivos políticos y sin concebirla jamás como una cosa buena en sí misma.

“No vamos a renunciar a la lucha. Es nuestro imperativo como argentinos, peronistas y montoneros y para muchos de nosotros también una obligación como cristianos: la fidelidad a un mensaje bíblico que se apoya en las justas aspiraciones de los perseguidos, de los proscritos, de los pobres.”

Arribamos con naturalidad el dilema que muchos hombres se plantean pero muy pocos encarnan. Casi sin sugerirlo quedó expuesto el tema ante Juan Gelman, el otro miembro del Consejo Supremo presente en la entrevista; de Mario, delegado del Consejo de la Provincia de Buenos Aires y del corresponsal de Der Spiegel, la revista alemana que se disputa la primacía Stern, famosa en el mundo.

–Imagine a (Aldo) Moro presidente de Argentina. ¿Festejaría el crimen Norberto Habegger?

–Si Moro hubiera sido el presidente de Argentina, bueno como fue, honesto y sinceramente religioso como fue, inteligente y culto como fue, su muerte habría sido saludada con una explosión de júbilo popular.

El silencio que se hace es largo, doloroso.

“En la lucha política no están en juego las virtudes personales. El tema que importa es el papel histórico que juegan los personajes. Videla o Moro en la Argentina es lo mismo, pero hablemos de Videla, que no es honrado, que no es bueno, que no es culto, que es hipócritamente religioso, que representa el crimen, la tortura, la opresión, el secuestro, la pobreza, el escamoteo de la dignidad nacional, la injusticia, el sufrimiento del pueblo, en suma. Sabemos que Videla no es el objetivo, pero igualmente sabemos que es parte del aparato y es el aparato el que tenemos que desmontar. La muerte de Videla como hecho aislado no contaría en el proceso de la historia nacional. Si así fuera, que viva o muera, lo mismo da.”

Norberto Habegger tiene 36 años, rostro de adolescente, cuerpo atlético. Después de días de paciencia y tensión, estira y afloja en el alma, la entrevista pudo celebrarse en el barrio proletario de Mataderos. El primer contacto para lograrla fue en la cervecería Otto, esquina de Independencia y Libertad. Identificaría al enlace y me identificaría a través de un diálogo trivial. Visible sobre la mesa un libro de Norman Chandler, La ventana siniestra, esperaría a que un parroquiano se aproximara con la pregunta casual:

–¿Le gusta Norman Chandler?

–Es uno de mis favoritos.

–¿Permite?

El segundo encuentro fue en El Gran Caruso, restaurante de postín y un tercero en la confitería Las Violetas, sobre Rivadavia. Seguirían caminatas y caminatas, un eterno ascender y descender de los colectivos, un eterno ascender y descender de los taxis, vueltas a los taxis y vueltas a los colectivos, vueltas a las caminatas. Subimos finalmente a un Renault amarillo, particular, y después del previsible recorrido sin brújula aparente nos detuvimos frente a una casa, como todas, en una calle cualquiera de mataderos.

“La clave no está en Moro o en Videla –sostiene Habegger–. La clave está en el país.”

 

* * * * *

 

Por vez primera interviene Gelman –48 años, poeta, en un tiempo director del suplemento cultural de La Opinión, aires de capitán de caballería, el bigotito recortado, la mirada levantada, orgulloso el porte:

“Pocos días después de la muerte de Aldo Moro la Junta Militar produjo un falso comunicado en que atribuyó a los Montoneros su solidaridad con las Brigadas Rojas. Desmentimos el comunicado, condenamos la muerte de Moro y expresamos nuestra solidaridad con las fuerzas democráticas italianas. Hicimos todo esto porque en Italia existen formas clásicas de expresión, posibilidades de una verdadera democracia y porque Moro no encabezaba ninguna dictadura militar.

“No es el caso de la situación argentina. Aquí no existen formas de expresión y las posibilidades de una vida mínimamente civilizada están clausuradas. Videla encabeza la peor dictadura en la historia de Argentina y una de las más sangrientas del continente. ¿Qué hacer? ¿Cruzarnos de brazos? ¿Esperar? ¿Esperar qué? ¿Conoce usted o usted –se dirige a los periodistas– alguna oveja que se haya salvado nada más que balando?”

Y vuelve el recuento, el argumento:

Aproximadamente 30,000 desaparecidos, centenares de miles de exiliados, miles de muertos, inflación galopante, desempleo galopante, empobrecimiento galopante, mortalidad infantil de 30,000, índice nunca antes visto; deserción escolar de 50%, índice nunca antes visto; prohibición de clásicos universales, de Freud a Marx; prohibición de historietas infantiles, como La tacita azul; clausura o desaparición de 102 publicaciones; muerte del sindicalismo, del Congreso, de los partidos, de los foros. Muerte civil.

 

* * * * *

 

“Los militares hacen del pueblo lo que quieren”, resume Gelman.

Hace ocho años, el 29 de mayo de 1970, el expresidente Pedro Eugenio Aramburu fue liquidado a sangre fría por los Montoneros y sus autores hicieron un espeluznante y apologético relato del secuestro, del cautiverio, del juicio sin apelación posible y con lujo de pormenores describieron los momentos últimos y los disparos finales.

“Una explosión de júbilo saludaría hoy la muerte de Videla, júbilo que saludó ayer el ajusticiamiento de Aramburu, autor de los fusilamientos sin piedad del 9 de junio, autor del derrocamiento del general Perón, autor del encadenamiento de Argentina al capitalismo dependiente, iniciador de la desgracia nacional que nos abate”, dice Habegger.

No hay un sentimiento, si acaso indiferencia, en su semblante concentrado.

“A Aramburu no lo lloró nadie, en cambio nadie se alegró por la muerte de Aldo Moro. Tenemos una carta del general Perón en la que felicita a los Montoneros.”

Las palabras son piedras, filos, navajas, cuchillos.

En el cuarto diminuto frente a un asado pampero, servido con nerviosismo, escuchamos:

“El Papa reza por Aldo Moro. Nos parece muy bien. Todos rezan por Moro. Nos parece muy bien. Pero muy pocos rezaron por el general José Torres, expresidente de Bolivia, asesinado en Argentina; por el general Prats, excomandante en jefe de las fuerzas armadas en Chile, asesinado en Argentina; por el exsenador uruguayo Hugo Michelini, asesinado en Argentina; por más de 70 uruguayos asesinados en Argentina. ¿Quién piensa en los 50,000 bolivianos que vivían en barracas de cartón y madera a 50 metros del Sheraton, repatriados con alarde de violencia para que los turistas de lujo no contemplaran espectáculo tan feo, en vísperas del Mundial?”

Los relatos se suceden. Mario, el delegado del Consejo en la Provincia de Buenos Aires, narra una historia. Esta es menudita como un cuento:

“Una familia de mi barrio se alarmó porque el pibe no llegaba. Las nueve, las 10, las 11, las 12 de la noche; la una, las dos, las tres de la madrugada. Por fin apareció el pibe.

–Pero, che, decí, ¿qué te ocurrió?

–Mirá, venía para casa cuando de un auto sin chapas bajaron dos milicos que me metieron dentro. Iban por unos guerrilleros localizados en una casa. Cuando llegamos, me bajaron y me ordenaron que tocara el timbre. Temían la respuesta con ráfagas de ametralladoras. La casa estaba vacía. Entraron los milicos y lo destrozaron todo. Luego me dijeron:

–Mirá que tenés suerte. –Y me botaron lejos.”

 

* * * * *

 

Ni para Habegger ni para Gelman ni para Mario ofrece dudas el futuro. Toma la palabra el primero:

“Hemos dado el paso inicial: hay resistencia popular, porque hay repudio popular.

“Argentina es un proceso largo, de varios años. Hemos sufrido golpes durísimos, enfrentando situaciones límite. El costo ha sido muy alto, pero nuestra fuerza regenera sus tejidos.

“A Videla no lo tiramos en 1978. Decirlo sería una mentira. No es mentira decir que la junta camina por la vereda de la derrota. Las fuerzas armadas tienen contradicciones por arriba, por abajo, por en medio. Prometieron que la inflación no pasaría de 60%. Ya admiten 58%. Oficialmente, oficiosamente hablan de 160% a fin de año para anticiparse al desencanto y a la ira popular de los últimos meses.

“No contaban con el esquema de poder que el repudio popular les ha impuesto. Ya no son tres los que mandan. Mandan cuatro. Videla es débil, pues es sólo presidente y no representante del ejército. Su fuerza es el triunvirato. Pero la del triunvirato no es Videla. Triste presidente que camina sobre un pie.

“Al día siguiente del golpe, el 24 de mayo de l976, las fuerzas armadas anunciaron su propósito de liquidar lo que ellas llaman la subversión. Dos años después se ven obligados a crear un aparato impresionante para la vigilancia del Mundial. Se habla de 290,000 hombres, todos los disponibles, en el dispositivo. Sabemos por qué: hay odio en Argentina.

“No existe grupo social o político del campo popular que apoye a la junta. Tardará la ocupación de las fábricas por los obreros y tardarán más tiempo las grandes concentraciones en las calles y en la Plaza de Mayo. Este es el período de los pequeños golpes certeros y continuos. Poco a poco pasaremos de la resistencia popular al cerco político de la junta. Será el momento.”

Der Spiegel pregunta, los ojos del corresponsal de Habegger a Gelman, de Gelman a Habegger:

–¿Son ustedes marxistas?

–No soy marxista  –dice Habegger.

–El marxismo es una categoría científica, un instrumento para la investigación. No soy marxista ni físico atómico. Soy argentino, periodista, montonero –contesta Gelman.

Habegger da por concluida la entrevista. Cada minuto de sus días obedece al cálculo y conversaciones como ésta; con extranjeros, han de ser particularmente breves.

Todo mundo se pone en pie, menos Mario. Con gesto teatral reclama la atención de todos, abre su portafolios y muestra, feliz como el más feliz de los hombres, varios blocks de entradas para el Mundial.

–¿Saben a quién se las compramos? A los milicos. Los muy cabrones están en la reventa.

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