Monsiváis y José Emilio, dos polígrafos desesperanzados

MÉXICO, D.F. (proceso.com.mx).- “-¿Conoce usted a Carlos Monsiváis?

“-No, para nada.

“-Pero ha sido amigo suyo durante cincuenta años.

“-Es cierto, sin embargo, esa eternidad no me autoriza a decir que lo conozco. Oportunidades no han faltado: durante la adolescencia y la juventud, inmensas caminatas nocturnas por la Ciudad de México, después largos trayectos aéreos, prolongadas estancias compartidas en otros países. Y no me refiero nada más a la vida íntima: en torno a él hay datos esenciales que ignoro por completo o acabo de enterarme de ellos”.

Así inició la entrevista de José Emilio Pacheco en el número 365 de la revista Nexos, de mayo 2008, conmemorativa de los 70 años de Monsiváis, un año mayor apenas que su amigo, cómplice y poeta que ahora lo alcanzará en algún sitio.

Ambos tendrán oportunidad de conocerse más, de releer y leerse, pero, sobre todo, de continuar un diálogo incansable entre dos intelectuales que crecieron en la misma década, formaron parte de la revista Medio Siglo y junto con muchos otros, pero especialmente, con el novelista Sergio Pitol, frecuentaron aquel café Kikos y la antigua librería El Caballito, en los tempranos años sesenta.

De alguna manera, la descripción que hace José Emilio Pacheco sobre la obra de Monsiváis –el “gran desconocido”- es también un reflejo del propio trabajo del poeta, traductor, novelista, ensayista, traductor y periodista recién fallecido.

“Creo que no duerme. Monsiváis paseó en su derredor lo que en inglés se llama un red herring, es decir, una pista falsa que desorienta a los rastreadores. Se hizo pasar por desorganizado y caótico y, todo lo contrario, es de una disciplina brutal y una capacidad de trabajo sobrehumana. De otra manera no se entiende lo mucho y lo bien que ha escrito”, reflexiona José Emilio Pacheco en esa misma entrevista en Nexos.

“-¿Ha escrito más que Alfonso Reyes?

“-Más que nadie en México actual. Compilar sus obras requerirá de cuarenta tomos como los de Guillermo Prieto. Es nuestro gran hombre de letras, el último polígrafo que puede escribir (y hablar) sobre todas las cosas. Y digo hablar porque sus antepasados no daban conferencias y no había televisión ni radio, ni entrevistas ni declaraciones. A todo esto, ahora hay que sumar internet. ¿Cuántas docenas de ‘correos’ despachará al día Monsiváis?”.

En privado y en público, lo mismo decía y admiraba Monsiváis de José Emilio Pacheco. ¿Cómo le daba tiempo para escribir, semanalmente, un Inventario en la revista Proceso que requería horas de lectura, de consulta, de una redacción limpia y sintética?

En su ambiciosa compilación La Cultura Mexicana en el Siglo XX, editado en el 2010 por El Colegio de México, Monsiváis analizó así la obra de Pacheco:

“Con gran conocimiento y generosidad, Pacheco traza en su periodismo cultural un mapa literario de consulta indispensable. No tiene afanes de canonizador, su propósito no es tan selectivo; pero el panorama de méritos y valores que despliega exhibe la riqueza de la literatura nacional y, también, de la literatura internacional.

“Pacheco ha publicado varias antologías del modernismo y de la poesía mexicana del siglo XX. Entre sus traducciones: Beckett, Wilde, Benjamin, Harold Pinter y Tenesse Williams, y un libro de versiones poéticas: Aproximaciones”.

Justo esta última obra, un prodigio de paciencia y erudición, compila todas las versiones poéticas, desde los epigramas griegos hasta los haikus, pasando por poemas franceses, ingleses, estadunidenses e italianos. En 2011, al cumplirse los 30 años de su novela breve Las Batallas en el Desierto y obtener el premio Alfonso Reyes, Pacheco se quejó en entrevista con El Universal por su mal estado de salud que le impedía terminar todas las ideas y proyectos que tenía en mente para escribir.

Insaciables, Monsiváis y Pacheco tenían siempre más de un proyecto simultáneo para escribir, para compilar, releer. El hambre de los polígrafos era la característica de ambos. No sólo para conocer sino para divulgar, crear, enfrentar el pesimismo que los movía como un motor vital.

“Como se aprecia panorámicamente en su obra poética reunida, Tarde o Temprano (1980), el personaje esencializa su escepticismo con franqueza y sentido de límites”, sentenció Monsiváis en su ensayo sobre Pacheco.

“El clima prevaleciente en la poesía de Pacheco, muy en especial a partir de No me Preguntas Cómo Pasa el Tiempo, es el pesimismo que, en este caso, es una guía poética (excluir del texto las apoyaturas del optimismo, rehusarse al brío autoritario) y una alternativa profética. El presente ya contiene el porvenir, es su cómplice directo, el que prepara las devastaciones y las catástrofes de los descendientes”, continúa Monsiváis.

Y en su sentencia más clara, el autor de Días de Guardar afirmó que “Pacheco no es catastrofista, acusación fácil/difícil de sustentar. Es, sí, en el sentido antiguo del término, un moralista o, mejor, un escritor que incorpora al texto literario las reflexiones de la desesperanza”.

Pacheco y Monsiváis compartían esa desesperanza y un ímpetu moralizador que partía no de la superioridad intelectual sino del conocimiento insaciable, la curiosidad por los otros, y el dolor por un país que se les iba de las manos.

Ambos fallecieron “en la raya” –como bien describió Laura Emilia Pacheco de su padre-, trabajando en su última colaboración para Proceso.

En marzo del 2010, Monsiváis me dictó su última columna de “Por mi Madre Bohemios” con una desesperanza muy grande por lo que él llamaba “las consecuencias del espíritu facista” del gobierno de Felipe Calderón.

En enero del 2013, Pacheco escribió su segundo Inventario, dedicado al gran poeta argentino Juan Gelman, con una reflexión poética y provocadora:

“¿Existirá una palabra para la nostalgia de lo que no fue y estuvo a punto de ser?” (Proceso, No. 1943).

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