China-Japón: Escalada de tensiones

BEIJING (apro).- Los lectores ingleses disfrutaron a principios de enero de un conflicto diplomático-literario de dudosa altura entre China y Japón:

Liu Xiaoming, embajador chino en Londres, comparó en el diario The Telegraph a Tokyo con Voldemort, el villano de Harry Potter: “Si el militarismo es como el inolvidable Voldemort de Japón, el templo Yasukuni es el horcrux, que representa lo más oscuro del alma nacional”, dijo.

Yasukuni es el epicentro del nacionalismo japonés y un motivo recurrente de conflictos, mientras el horcux es un objeto mágico que retiene una porción del alma humana en los libros del joven mago.

Unos días después contestó el embajador de Japón en Gran Bretaña desde el mismo diario, animando a China a seguir el imperio de la ley y dejar de “jugar el rol de Voldemort en la región espoleando el mal de la carrera armamentista y la escalada de tensiones”.

El más reciente capítulo llegó en un programa de debate de la BBC al que ambos fueron invitados y que transgredió los cánones televisivos: el presentador hubo de desplazarse de una habitación a otra para entrevistarlos porque ambos habían exigido no estar en la misma.

Que la alta diplomacia adquiera tintes infantiles sería gracioso si no fuera tan dramático. Las relaciones entre las dos principales potencias asiáticas siempre han sido ásperas. Es un contexto emponzoñado por las heridas históricas sin cicatrizar al que se han sumado las reclamaciones territoriales, el hambre de recursos naturales y la actuación irresponsable de ambos gobiernos, más preocupados por satisfacer a sus sectores nacionalistas más recalcitrantes que por encauzar la situación.

Ocho islotes deshabitados en el Mar de la China Oriental forman actualmente el nudo del problema. El archipiélago estuvo bajo la administración japonesa desde que las incorporara como terra nullius a la prefectura de Okinawa hasta que pasaron a ser administradas por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial. Las anodinas islas quizá continuarían en el anonimato si justo antes de la devolución a Japón, en 1968, un estudio de la ONU no hubiera sugerido la existencia de vastos yacimientos de gas y petróleo. Poco después, tanto Taipei como Beijing las reclamaron esgrimiendo acartonadas cartografías que demuestran su pertenencia al imperio chino desde el siglo XIV. También son relevantes por sus ricos bancos de pesca y por ocupar el centro de las principales rutas marítimas del mundo.

Despropósitos

El conflicto ya era candente cuando Japón compró tres de ellas en septiembre de 2012 a su propietario privado para nacionalizarlas. El plan era desactivar el plan incendiario de Shintaro Ishihara, exgobernador de Tokyo y ultranacionalista, quien había anunciado que las adquiriría para realizar en ellas actividades patrióticas. El movimiento, lejos de tranquilizar a Beijing, lo encrespó.

La situación irresuelta por la falta de tratados territoriales tras la Segunda Guerra mundial explica los roces. “El conflicto en el mar de la China Oriental se debe en parte a las diferencias entre ambos sobre el acuerdo posterior a la guerra y en parte a la expansión marítima china. Que existan recursos naturales importantes por los que luchar aún está por ver, pero China pretende una zona aérea definida por su placa continental”, señala por e-mail Sheila Smith, experta en Japón del think tank Council on Foreign Relations.

Detrás de su control estuvo el sorprendente establecimiento de China en diciembre pasado de una zona de control aéreo (ADIZ, por sus siglas inglesas) que obliga a todas las aeronaves extranjeras, civiles o militares, a comunicar a Beijing su rumbo o sufrir unas “medidas defensivas de emergencia oportunas” no precisadas.

El mapa no sólo cubre las islas en disputa sino que se adentra 3 mil kilómetros cuadrados en espacio aéreo surcoreano. Washington desactivó días después la bravuconada enviando a bombarderos gigantes B-52 a la zona. La pasividad china envalentonó a Corea del Sur y Japón, que mandaron a sus aviones de guerra en los días siguientes.

El resultado fue calamitoso para Beijing: atrajo las críticas de todos los vecinos y convirtió esa zona aérea en una calle en hora pico. El cuadro sugiere un grueso error de cálculo. La ADIZ sólo era viable con una sumisión regional que se antojaba improbable. Su respuesta a los incumplimientos tozudos ha sido tan tibia que incluso la prensa oficial le exigió más contundencia. China, por de pronto, ha “perdido cara”, un agravio muy serio en la cultura asiática. Es difícil que los países involucrados cometan voluntariamente una acción violenta, pero los expertos alertan del gran peligro potencial de un accidente en una zona tan transitada que desemboque en un enfrentamiento militar.

El conflicto de las islas compendia la problemática: China y Japón discuten tanto la primacía continental como se desesperada necesidad de recursos naturales para alimentar a sus economías.

Además, existe un factor intangible pero no menos importante: el prestigio.

La pugna es desigual entre una potencia declinante y otra pujante. China es la segunda economía mundial, alcanzará la cúspide en menos de dos décadas tras 30 años de crecimiento de dos dígitos y ya recibe de Washington un trato diplomático de igual a igual. Japón encadena 20 años con una economía estancada. Asumió en 2010 que China la rebasara con la resignación de lo inevitable y necesita de Estados Unidos para hacerse oír en la esfera internacional.

Tokyo superó en despropósitos a Beijing en diciembre pasado con la visita a Yasukuni de su primer ministro, Shinzo Abe. En el templo sintoísta descansan los 2.5 millones de almas de japoneses caídos en combate. Y entre ellas, las de 14 criminales de clase A condenados por las atrocidades del imperialismo japonés del siglo pasado, que superaron en mucho a la lógica militar: Japón mató a millones de asiáticos, hubo masacres de civiles, las violaciones de mujeres para el solaz de la tropa fueron rutinarias y usó armas químicas y bacteriológicas. El gesto de Abe equivaldría a que la primera ministra alemana, Angela Merkel, visitara un cementerio donde estuvieran enterrados Hitler, Himmler, Goebbels y criminales nazis.

La indignación que esas visitas causaban aconsejó a los primeros ministros japoneses de los últimos siete años no acercarse a Yasukuni. Ni siquiera Abe lo había pisado durante su primera estancia en el poder, entre 2006 y 2007, algo de lo que se arrepintió “profundamente” después. Su visita cargó de argumentos a Pekín y Beijing, quienes acusan a Tokyo de no afrontar su pasado con la valentía y el rigor de Alemania. Japón consiguió lo mismo que China el mes anterior: levantar las protestas de todos los vecinos e incluso de Estados Unidos, su principal aliado en la zona.

Nacionalismos

El regreso al poder de Abe en diciembre de 2012 ya anticipaba los problemas. El dirigente siempre señaló la resurrección económica y el rearme como sus prioridades políticas y ya había provocado conflictos con chinos y surcoreanos al calificar las condenas a los criminales de guerra japoneses como “justicia de los ganadores” y dudar que las 200 mil asiáticas violadas sistemáticamente por las tropas imperialistas fueran forzadas a ello.

Tokio anunció en diciembre pasado el aumento de su presupuesto militar en 5 % para el próximo quinquenio, acabando con una década de recortes y certificando la peligrosa escalada militar en la región. La cesta de la compra incluye submarinos, aviones de combate, drones de vigilancia y vehículos anfibios.

Los sucesivos gobiernos japoneses han ido estirando los límites de la ejemplar Constitución pacifista aprobada tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial, por la que renunciaba a la guerra. Abe ha ido más allá que nadie e incluso pretende levantar la prohibición de luchar en territorio extranjero, de ayudar a un aliado en peligro o de exportar armas. Japón tiene el sexto presupuesto militar del mundo, según el Instituto Internacional de Investigación por la Paz de Estocolmo. En los últimos años, Tokio ha visto como Corea del Norte encadenaba desmanes nucleares y Beijing quintuplicaba su gasto en Defensa hasta pasar del séptimo al segundo puesto global.

Deng Xiaoping, el arquitecto de la nueva China, dejó dicho que el país requería un “perfil bajo” para focalizar sus esfuerzos en la economía. China será el primer país en siglos que alcanzará la cúspide global sin una gran victoria militar legitimadora. Pero Beijing parece haber olvidado en los últimos años el “ascenso pacífico” que su diplomacia repetía como un mantra para aguar los temores globales hacia su auge. Su actitud en los conflictos que colecciona con Japón, Taiwan, Filipinas, Vietnam, Malasia o India por las fronteras marítimas o terrestres es crecientemente agresiva. El pasado año emitió pasaportes donde figuraban como chinos algunos territorios que se disputa con sus vecinos.

Brad Williams, profesor del Departamento de Estudios Asiáticos de la City University de Hong Kong, no espera que la tensión baje a corto ni medio plazo. “Ambos gobiernos están alimentando los crecientes sentimientos nacionalistas de sus países. Tanto la zona aérea china como la visita a Yasukuni eran innecesariamente provocativas. Pero es noticiable que Beijing, quizá reconociendo los peligros de una respuesta agresiva, ha sido más moderado al buscar la atención diplomática (…). China está intentando resaltar el caso en el campo de la opinión pública internacional”, asegura por e-mail.

Aquellas referencias cruzadas a Harry Potter en el Reino Unido no fueron las únicas. Al menos una docena de embajadores chinos salieron a los medios tras la visita a Yasukuni para explicar las tesis de Beijing y en muchas ocasiones fueron contestados por sus homólogos japoneses. Es un síntoma de una pelea sin descanso: se discuten la primacía asiática, las simpatías globales y, últimamente, incluso África.

La visita de Abe este mes al continente africano, la primera de un primer ministro japonés en ocho años, mostró que también luchará por un feudo en el que va muy rezagado. La inversión china multiplicó por siete la japonesa en 2011 y sus exportaciones fueron cinco veces mayores. Los 14 mil millones de dólares que Abe anunció durante su estancia en Mozambique, Costa de Marfil y Etiopía en comercio y ayudas difícilmente compensarán la larga sintonía con China. Beijing fue el primero en reconocer los movimientos de liberación africanos y en los últimos años ha levantado infraestructuras a cambio de recursos naturales.

La visita provocó el enésimo enfrentamiento: Tokyo aclaró que no iba a dar a los líderes africanos “bonitas casas o sedes ministeriales” y Beijing acusó a Japón de buscar en África sólo el apoyo político para conseguir su asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU.

Richard Downie, subdirector del programa africano del Center for Strategic and International Studies, no cree que África pueda ser otro campo de batalla porque tanto el continente como sus necesidades son suficientemente grandes como para acomodar las ambiciones de ambos. “La competición es buena para África porque este interés creciente les da a sus gobiernos más socios donde elegir y más poder en las negociaciones. Japón tiene algo de lo que China carece: su compromiso con África vendrá a través de sus empresas y se focalizará en el desarrollo de las aptitudes de la población”, cuenta por e-mail.

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