El México olvidado

Cada poema de Pacheco es un homenaje al No;

para José Emilio el tiempo es el agente de la destrucción

universal y la historia es un paisaje en ruinas.

Octavio Paz

 

Los ancestrales rezagos en materia de pobreza y desigualdad, indisociables de la barbarie criminal, representan retos tan apremiantes para el país como   el desafío de la violencia ligada al narcotráfico. Es oprobioso y preocupante que la mitad de la población viva en la pobreza y que un 30% adicional esté en una situación “vulnerable”, es decir, en riesgo inminente de volverse pobre.

De acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), sólo 19.3% de los mexicanos son considerados “no pobres y no vulnerables”. Ello significa que 80.7% de la población –es decir, más de 90 millones de connacionales, de un total de 112 millones 336 mil 538 personas, de acuerdo con el Censo de 2010– es pobre o vulnerable a la pobreza. (Coneval, Informe 2012, página 29.) El mismo documento indica que 84.3 millones de compatriotas viven con al menos una carencia en materia de educación, salud, seguridad social, calidad de la vivienda, servicios básicos en la misma o alimentación. De ellos, 53.3 millones son pobres y 11.7 millones padecen pobreza extrema.

Más allá de las cifras, la pobreza es una condición denigratoria de la dignidad humana, determinada por carencias de todo tipo, como la falta de  alimentación, ya que el hambre tiene efectos totalmente adversos para el desarrollo de la persona; la desnutrición, producto de la pobreza alimentaria, disminuye las capacidades de la inteligencia e impide el aprovechamiento de las herramientas educativas, condición indispensable para elevar el nivel de vida de niños y jóvenes. La falta de oportunidades a que condena la pobreza provoca la desintegración familiar e induce a conductas autodestructivas como las adicciones o la prostitución, que pueden desembocar en la delincuencia, como lo retrata Julio Scherer en su desolador libro Niños en el crimen: “En sus vidas la ignorancia es la única nada que poseen”. Esa nada los convierte en candidatos fáciles para ser absorbidos por los cárteles del narcotráfico.

A esa condición infamante que padece en diversos grados la mitad de los mexicanos se suma la enorme desigualdad prevaleciente: el 10% de los más ricos tiene ingresos 26 veces mayores que los del 10% más pobre. Ello ubica al país como el más desigual de los integrantes de la OCDE, sólo después de Chile. Entre las naciones miembros de esa organización, el promedio de dicha diferencia es de 9 a 1, o sea, tres veces menor a la inmensa brecha que divide en México a los que tienen todo de los que carecen de casi todo.

Desde hace más de dos décadas los índices de desigualdad prácticamente no han variado en el territorio nacional. El coeficiente de Gini (el cual mide la desigualdad de 0 –que equivale a la distribución del ingreso totalmente equitativa– a 1 –que representa la concentración absoluta–) ha fluctuado de 0.46 en 1984 a 0.52 de 1994 a 2000, y descendió a 0.47 en 2010. En naciones desarrolladas el índice de Gini promedio es de 0.3.

Un estudio de Sedesol establece que de 1950 a 2004 ha habido un descenso en los niveles de pobreza: La pobreza patrimonial ha pasado de 88 a 47%, la “pobreza de capacidades” bajó de 73 a 24%, y la pobreza alimentaria se redujo de 61 a 17% en ese lapso. La desigualdad también disminuyó de 0.52 a 0.46 en el índice de Gini durante los 54 años que abarca la investigación.

La Coordinación General del Plan Nacional de Zonas Deprimidas y Grupos Marginados (Coplamar) y el Sistema Alimentario Mexicano (SAM), creados durante el sexenio de López Portillo, fueron el antecedente de otros programas de combate a la pobreza. Debido a la crisis económica de 1982, el gobierno de Miguel de la Madrid disminuyó el gasto social de 9.2 a 6.1% del PIB. El recorte en salud fue de 77%, y en educación, de 71%. En consecuencia, el índice de pobreza aumentó a más de 60% de la población. Salinas de Gortari volvió a subir el gasto social a 9.1% del PIB, y creó   Pronasol, como parte del “liberalismo social”, con el fin de legitimar su política de privatización de empresas públicas. Se apoyó a los servicios de salud y educación, así como a sectores marginados, pero el manejo de los recursos se hizo con total discrecionalidad del gobierno, sin la mínima transparencia.

Tras el “error de diciembre”, el presidente Zedillo impuso severas medidas de austeridad y recortes en el gasto social, pero una vez restaurada la estabilidad macroeconómica, durante el tercer año de su gobierno, introdujo el Programa de Educación, Salud y Alimentación (Progresa), concebido y operado por Santiago Levy, el cual tuvo un impacto importante en el combate a la pobreza y ha sido replicado en más de 30 países. La administración foxista le cambió el nombre a Oportunidades, creó el Seguro Popular y el Coneval, promulgó la Ley de Desarrollo Social y elevó el gasto social a 11% del PIB.

Todo ello significa que sí ha habido avances, pero los datos actuales demuestran que el rezago sigue siendo inmenso. Además, tanto los gobiernos del PRI como los del PAN han utilizado los recursos de los programas sociales con fines electorales. Resolver los problemas de la pobreza y la desigualdad está muy lejos de ser prioritario para la élite política y empresarial del país.

Gracias a su falta de equidad económica, México ha pasado a formar parte de un nuevo grupo de países conocido como MINT (México, Indonesia, Nigeria y Turquía), que se distingue por el aumento vertiginoso del número de millonarios, superior al de los BRIC (Brasil, Rusia, India y China). WealthInsight pronostica que este año México elevará en 7% su número de millonarios: 10 mil 150 se sumarán a los 145 mil existentes, para totalizar 155 mil 150. (¿Cuántos nuevos jeques habrá entre ellos?) Según Forbes, sólo la fortuna de los 15 personajes más ricos de México alcanzó la cifra de 148 mil millones de dólares, el año pasado. (Dolia Estévez, Aristegui Noticias, 28/I/14.)

En contraste, para los olvidados de México, la historia es un paisaje en ruinas. Peor aún: el presente y el futuro también lo son.

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