Un guiño para los devotos de San Valentín

Por caprichos del azar, en fecha reciente salió a la luz un acervo musical sobre el que no hay todavía ningún peritaje autorizado, pero del que puede intuirse un valor artístico e histórico de singular prominencia. Se trata de un puñado de partituras –a ojo de buen cubero podría decirse que alcanza las dos docenas, entre las que destaca, sobre un par de canciones y marchas, un pequeño florilegio de obras para piano solo– que estuvo resguardado dentro de un baúl que se traspasó de generación en generación a partir del decimonónico en una casona del extinto pueblo de Tacubaya. El factor que decidió la divulgación del hallazgo se debe al inminente desalojo del inmueble –va a ser demolido– y a la loable voluntad del heredero al que tocó en suerte la repartición de bienes.

Pero más allá de la valía patrimonial del acervo –contiene también un legajo de epístolas y una especie de bitácora– es de destacarse que atrás de los pensamientos musicales en cuestión pulula una historia de amor digna de ser contada. No es de excluir que en la transmisión del relato familiar se hayan colado elementos de franca inventiva o, incluso, de leyenda. Como quiera que sea, el contenido del relato ha estado sujeto a la inevitable deformación y addenda de la oralidad y, como podrá constatarse, a la vena literaria del último poseedor del acervo, quien, por razones personales, prefiere permanecer anónimo. Dispóngase entonces el ánimo para internarse en los vericuetos del relato y en las vicisitudes de pentagramas y protagonistas.

En un momento impreciso zarpó de Irlanda  una  embarcación que después de atracar en Nueva York continuó la travesía hasta el puerto de Veracruz. Entre las filas de inmigrantes que no habían podido –o no habían querido– descender en el incipiente imperio yanqui, se encontraba una pareja que quiso llenar de sol su hambre y que dispuso sus corazones para amarse en territorio de indios. De esos amores trasplantados nacieron varios críos, entre los que aparece la madre del futuro autor de las partituras. De esta última se ignoran los detalles de su biografía, salvo que contrajo nupcias con un maestro filarmónico apellidado Campos y que entre ambos procrearon al hijo único que viene a encabezar el elenco de las dramatis personæ de la historia. También son vagos los datos de la infancia y adolescencia de éste, mas por ahora baste con saber que se llamó Juan N. (Nepomuceno) Campos, que fue el autor de las composiciones musicales y que su perfil amatorio fue, por decir lo menos, sui generis.

En el amarillento cúmulo de hojas pautadas descuella una serie de nocturnos para piano en los que aparece con obsesión manifiesta la presencia de una mujer para quien brotaron escolios y dedicatorias de una florida vehemencia. En uno de ellos titulado “Sobre ti” puede leerse en los márgenes: “sobre tu piel florecen las enredaderas de la sangre, sobre tu vientre amanecen los ojos del infinito, sobre tus labios abjuran los abrojos de la duda, sobre tu pecho resurgen los veneros de la dicha.” En otro fue escrito: “para mi sirena de amapolas y azucenas, con besos apasionadamente tiernos y caricias lujuriosamente castas.” Como corolario de un tercero figura con bella caligrafía: “Fuiste elegida entre las nereidas para imantar mis certezas de argonauta extraviado. Antes de ti sólo hubo caos y noches yermas sin consuelo. Eres sabedora de alboradas acuáticas y has estremecido mis tinieblas fulgurando con tu epidermis de escamas los destellos de mi soledad.” Lamentablemente, ninguna de las composiciones está fechada y en la bitácora sólo figuran las entradas de los meses de diciembre, enero y febrero de dos años ignotos, por lo que habrá que esperar a que se realicen los análisis de tintas y papel.

Antes de proseguir con la narrativa es de consignar que el género del nocturno encontró su auge en manos de Fryderyk Chopin –compuso 21–1, y que su forma característica consiste en la enunciación de una melodía eminentemente cantábile que se yergue sobre arpegios que tienden a imitar los diseños del arpa o la guitarra, amén de haber sido de escaso interés para los compositores hispanoamericanos, de ahí la relevancia de este inusitado acervo. En otras palabras, puede corresponder al mexicano Campos un primado del género en latitudes extra europeas.

Mas volviendo al nudo del asunto, es tiempo de desvelar los pormenores de la tirante vida amorosa entre el músico y su musa, acorde con la información que se ha acomedido a revelar el descendiente. No obstante, es de agregar que la genealogía del compositor se construyó con los hijos que tuvo con otra mujer y que la producción compositiva se restringió únicamente al periodo en el que Campos estuvo enredado sentimentalmente con la enigmática dama, como si su caudal creativo se hubiera despertado por su influjo y se hubiera extinto con su desaparición. Mejor dicho, la esterilidad de las relaciones entre ellos se trasmutó encarnada en música.

Acaso por las características de su condición de hijo único, Campos fue víctima de aquello que los psicólogos describen como síndrome del “atrapamiento”. Apenas notaba en sus relaciones sentimentales que sus amantes lo colocaban al centro de sus vidas, salía huyendo y se encerraba en sí mismo. Aprendió a construir parapetos invisibles y creó mundos oníricos con seres irreales. Para él era imprescindible que lo adoraran como si fuera el último varón en tierra pero bastaba poco para que se sintiera asfixiado. Cualquier manifestación que él no pidiera le resultaba un exceso de amor. Así, entre paradojas y desencuentros, transcurrió la primera parte de su vida hasta que su camino se entreveró con el de la mujer de la historia. Según la bitácora, en una noche agitada soñó con una Venus rediviva, la misma que pintó Boticelli, y que creyó reconocer, días después, en la dama de las partituras.

No está muy claro cómo se conocieron. Es evidente que ella también tenía un pasado convulso hecho de separaciones, crispamientos y núcleos afectivos lastimados. Lo que sí puede deducirse, tanto por las entradas de la bitácora como por las dedicatorias, es que hubo un vaivén emocional que a ambos los atraía pero simultáneamente los separaba. Al parecer, Campos dejó crecer por vez primera en su interior las ganas de entregarse plenamente a una mujer, mas ella, como producto de sus miedos al abandono, se prodigó y se retrajo como una medusa fuera del agua.

Hablaron de viajar juntos, hicieron el amor imaginándose circundados de ballenas y se dijeron cosas hermosas. En los contados instantes de plenitud, Campos le tocaba los nocturnos como preludio de la furtiva intimidad pero a la mañana siguiente ella escapaba pidiéndole tiempo para acabar de entenderse, de recuperarse, o de rehacerse. Sin mediar distancia ella no lograría ofrendarle la vida sin las reservas que imaginaba que él le demandaba. Y todo eso era parte de una ilusiva mentira que los fue envolviendo en sus tentáculos y que acabó por apresarlos en los sótanos del desamor.

Lo último que se supo de los avasallados amantes fue que ella encontró en las mareas celestes de la escritura el bálsamo que cerró sus heridas y que uno de los personajes de sus relatos fue el de un músico que le abrió horizontes de gracia. Habría de morir de cara al mar con una sonrisa cuajada de enigmas. En cuanto a él, sobrevive, nada más, la última entrada de su bitácora, donde quedó apuntado con tinta carmesí: “no han valido los intentos para atajar la lejanía, las palabras hieren y la mujer que quise amar sin ataduras se resistió a mis caricias y acabó por aborrecer mi música. Las amarguras de este presente infame han de conjurarse y sólo me resta aspirar a un futuro hecho de silencios…”

Por una casualidad realmente extraordinaria, el creador del género del nocturno con los primeros ejemplos para piano fue un irlandés llamado John Field (1782-1837)…2

 

1 Se aconseja la escucha de un ejemplo de la inventiva chopiniana en este campo. Disponible en la audioteca del semanario.

2 Se recomienda la audición de un par de nocturnos de su autoría. Degústelos, asimismo, en la página: proceso.com.mx

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