Paco de Lucía: De Algeciras a Tulum

Con el fallecimiento del guitarrista español  Paco de Lucía (1947-2014), avenido en días pasados en suelo mexicano, se cierra un capítulo fundamental de la cartografía sonora en cuanto a las nuevas rutas que ha abierto la fusión de géneros musicales. Fue su carrera un claro ejemplo de cómo la demarcación fronteriza es algo artificioso e innatural que, además de condenar al empobrecimiento, debe franquearse con certitud y deliberación. Vaya, pues, un memento a su carismática, eminente e íntegra figura.

Para empezar hay que decir que la trayectoria existencial del maestro Francisco Sánchez Gómez –su nombre real según la fe de bautizo– se presta para intentar algunas reflexiones sobre la manera en que se aprende la música y, no menos importante para nosotros, sobre la fascinación que ejercen las miríficas aguas del Caribe mexicano en el ánimo de quien sabe apreciarlas.

Paco de Lucía nació en el seno de una familia que creía en el trabajo arduo y en las bondades que desparrama la música sobre la criatura humana. Su padre, un labrador sin tierra que se improvisó como vendedor callejero, tocaba la guitarra en tablados de flamenco y, previsiblemente, tuvo dificultades para alimentar a su prole. Francisco fue el último de cinco hermanos. Su mamá, Lucía Gómez, hacía milagros para que los pocos duros que llegaban a casa rindieran y para que ninguno de sus críos sintiera que las privaciones serían la norma. Habría de cantarles, acompañándose también con la guitarra, loas a la vida y al privilegio de contar con una familia honrada. El nombre artístico “de Lucía” fue un justo homenaje al legado materno, amén de haber sido el apelativo con que el músico en ciernes era distinguido entre los otros infantes del mismo barrio llamados Franciscos: él era el Paco de Lucía.

Crónicas familiares narran cómo el señor Sánchez padre, sin importar las agotadoras faenas laborales diurnas, tomaba la guitarra para irse en las noches a redondear el magro ingreso tocando en “tablaos” de mala muerte, y cómo, a la mañana siguiente regresaba al hogar con el puñado de pesetas que servirían para darle de desayunar a sus hijos. Se cuenta asimismo que a veces no alcanzaba para las tres comidas. No obstante, los juegos de infancia del futuro virtuoso transcurrieron circundados de algarabías callejeras y siempre tuvieron al mar –el puerto de Algeciras se sitúa frente a las colindancias del Mediterráneo con el Atlántico– como testigo vivo de su crecimiento. Y sería éste muy precoz, ya que a partir de los ocho años dejó de asistir a la escuela por dos razones de peso: su padre no disponía de los medios para seguir sufragando los costos y, sobre todo, porque dio muestras de disponer de un  talento  excepcional para  la  música.

Aquí tenemos la encrucijada que fraguó la vocación del niño y que, en retrospectiva, sirvió para ofrendarle al mundo a ese artista inigualable que redefinió los derroteros del flamenco. ¿Qué debe hacer un padre que percibe en su progenie capacidades fuera de lo común y que sabe que si no se consolidan en una tierna edad pueden malograrse? ¿Debe consentir que desperdicie sus años más fértiles en pos de aquella mediocre “normalidad” que impera en la educación del pequeño ser humano? ¿Ha de “dejarlo ser” a sabiendas de que las oportunidades para sobresalir son mínimas y que si no las toma al vuelo su porvenir será cada vez más complicado? ¿No se cae en frustraciones al tener conciencia de que se tuvo el talento pero que faltó la dedicación y la disciplina en el momento idóneo?…

En palabras del propio De Lucía, la mezcla de ejemplo, amor y sabiduría esgrimida por su progenitor fue la clave para despertar en él las ganas de encerrarse a estudiar sin reservas. Sólo por presentir que su padre tenía razón en insistirle en que diera su mejor esfuerzo, y por dar por descontado que si todos en casa trabajaban de sol a sol, así debía ocurrir con él mismo. A eso se añaden las características de la hibridación gitano/judío/musulmana de su raza que desentrañó con lucidez: “no tratamos de organizar las cosas con la cabeza, ni vamos a la escuela para descubrirlas. Nosotros solamente vivimos y dejamos que la música se instale en todos los rincones de nuestra vida”.

Vendría entonces, con sólo tres años de intenso estudio, el debut en un programa de radio con el que se posarían los cimientos del desarrollo y la madurez. A los once años quedó prefigurada su maestría con los rasgueos y los “picados” sin que fuera necesario su conocimiento de la notación musical.1 A los catorce formó un grupo con varios de sus hermanos –también músicos destacados– y al cumplir los diecisiete estuvo listo para grabar su primer disco. Ya en él se vislumbró la destreza técnica que le permitiría conseguir velocidades asombrosas –se calcula que era capaz de ejecutar con claridad 18 notas por segundo– y alcanzar cimas de expresividad en el fraseo musical. Lo demás sería una consecuencia de la apasionada entrega a su instrumento y de la decisión de eximir al “flamenco” de su estatus de música para el consabido “cachondeo” hispano, proyectándola con ello hacia ámbitos inéditos como las salas de concierto –hizo su debut en el Carnegie Hall de Nueva York en 1977–, y hacia las valientes integraciones con el jazz y con nuevos elementos tímbricos como el cajón peruano.2

Bien lo declaró para la prensa: “siempre tuve una mano puesta en mis raíces y con la otra me dediqué a escarbar en otros lugares, tratando de buscar nuevas cosas que aportarle al flamenco”.

No sobra aclarar que una de las probables etimologías del término “flamenco” proviene del árabe fellah mengu que significa “campesino sin tierra”.

Así, con la mirada puesta en la multiplicidad étnica y el desposeimiento de sus orígenes y con sus prodigiosos vuelos sobre las cuerdas de la guitarra, De Lucía conquistó a ejércitos de adeptos y pudo permitirse el lujo de otear el horizonte desde las alturas de la notoriedad y la fortuna. Es de resaltar, por lo que a nosotros concierne, que teniendo el planeta entero a su disposición eligiera Tulum para propiciar los reencuentros consigo mismo y para suscitar los instantes de magia que le darían a su inspiración las alas de su reconocida fecundidad. En las límpidas profundidades de sus playas refrendó su pasión por el buceo y la pesca, entendida ésta última no como un simple deporte sino como el medio para practicar la armonía con el cosmos. Únicamente atrapó los peces que necesitó para darle de comer a sus amigos y a su familia. El mar de celestes y turquesas inefables, hizo que la localidad mexicana se convirtiera, durante más de veinte años, en su sitio favorito para escapar de los manoseos de la popularidad. Valga la cita para destrabarnos alguna iluminación: “lo que me sedujo de México fue su mar; es el más bello que haya visto nunca. En los días claros, de sol, cuando hay viento del norte, el agua es de una belleza incomparable. En ese pequeño poblado pude reivindicar a Francisco Sánchez en detrimento de Paco de Lucía. En esencia yo soy un hombre introvertido que ama la serenidad y la paz, y ellas las encuentro ahí”.

Que la paz sea con su espíritu y que su amor por nuestra tierra sirva de acicate para propiciar el nuestro. Nadie en su sano juicio puede negar que cada día nos hace más falta amar nuestras riquezas y que estemos urgidos, a pesar de tenerlas en abundancia, por reencontrarnos a nosotros mismos…  l

 

1 Como otra de sus proezas, aprendería a leer la música con la idea concreta de tocar el Concierto de Aranjuez de Joaquín Rodrigo, quien declaró que jamás  escuchó a nadie tocarlo con tanta brillantez. Se recomienda la audición de uno de sus movimientos en la grabación conmemorativa del Quinto Centenario del “Descubrimiento” de América por De Lucía. Disponible en la página: proceso.com.mx

2 Se sugiere la escucha de uno de sus hits más aplaudidos. También disponible en la audioteca del semanario virtual.

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