“El príncipe Ígor”

Aleksandr Porfírievich Borodin (1833-1887, San Petersburgo, Rusia) no sólo fue un muy talentoso músico y compositor, según algunos el mejor del Grupo de los Cinco (famosos compositores nacionalistas), sino un notable químico.

Hijo ilegítimo del príncipe georgiano Luká Stepánovitch Gedevanishvili, Borodin fue músico autodidacto; tocaba flauta, piano y cello. Se dedicó de lleno a la química y comenzó a recibir clases de composición de Mili Balákirev hasta 1863; debido a su gran talento fue protegido de éste, quien le dirigió su primera sinfonía, así como de Franz Liszt, que estrenó en 1880, en Alemania, su segunda sinfonía.

En 1869 Borodin empieza su ópera El príncipe Ígor (1890); el libreto fue escrito por él mismo, basado en un poema épico anónimo del siglo XII. Es sin duda su mejor obra, de donde provienen las famosísimas “Danzas polovetsianas” (que en 1953 formaron parte del musical Kismet como “Extraños en el paraíso”). Al morir Borodin dejó inconclusa la ópera, completada por Nikolái Rimski-Kórsakov y Aleksandr Glazunov.

Además de Ígor… son muy notables el poema sinfónico En las estepas del Asia Central, y su famoso segundo cuarteto de cuerdas.

El pasado 1º. de marzo pudimos apreciar esta obra maestra de la lírica rusa en el Auditorio Nacional dentro de la temporada del MET de NY en pantalla de HD y sonido de alta fidelidad. Fue un gozo absoluto el poder ver esta nueva propuesta de recuperación de la ópera de Borodin, en un formato escénico modernista pero congruente que no ofende la obra original. La orquesta, coros y ballet, estupendos, como es costumbre en el MET, la dirección orquestal y los solistas de primer orden.

Ya desde la obertura se percata uno de la grandeza de la obra. En el prólogo se reúnen las tropas del príncipe Ígor para marchar contra el enemigo, el polovetsiano Khan Konchak, cuando se produce un eclipse solar que todos interpretan como de mal augurio.

Dirigió la orquesta el italiano Gianandrea Noseda, quien lideró una versión vibrante, pulcra y emotiva. Abundaron en el elenco artistas rusos como el director escénico Dmitri Tcherniakov, pieza clave en el éxito de esta nueva producción desgarradoramente humana donde lo que sobró fue verdad escénica. Usó vivos fragmentos de cine mudo en blanco y negro creados ex profeso para esta producción.

Muy notable en actuación y canto del bajo-barítono Ildar Abdrazakov en el papel titular, bien plantado en la escena, con galanura, voz resistente; este cantante es además un sólido intérprete del repertorio italiano. La gran aria de Ígor durante su cautiverio, donde se lamenta por haber llevado a su ejército a la derrota y la vergüenza y pide perdón a su esposa, resultó uno de los momentos más inolvidables que hayamos escuchado.

Yaroslavna, la devota esposa de Ígor, fue interpretada por la soprano ucraniana Oksana Dyka en su debut en el MET. Se trata de la clásica soprano rusa, llena de frescura, intensa, con una voz acerada, robusta y penetrante, no le teme a los agudos, guapa, actuación discreta pero intensa y profunda.

Desde 1917 no se presentaba esta ópera en el MET, sin contar dos muy tradicionales funciones llevadas por el Teatro Mariinsky de gira por Estados Unidos en 1998.

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