La obra finalmente reunida de Severino Salazar

Dirigida tenazmente por el poeta, crítico y catedrático Alberto Paredes, la colección de Obras reunidas de su paisano, el escritor hidalguense Severino Salazar (Tepetongo, 1947-DF, 2005), en Juan Pablos Editor (con apoyo del Conaculta y del INBA), está ya en librerías. Se trata de 11 volúmenes que recogen novelas, cuentos, ensayos y artículos, cada uno de ellos comentado en las contraportadas por destacados escritores y críticos. A lo cual se suma esta reseña del novelista, ensayista, dramaturgo e investigador universitario.

 

Sus labios se mueven con rapidez,

Como si las oraciones que va

Rezando las leyera en ese suelo.

Paisajes imposibles.

La danza de los ciervos.

 

Existen los ríos subterráneos de la literatura que, cuando emergen, lo hacen con el estruendo del borbollón y la fugacidad del viento, para luego volverse a ocultar y seguir su curso. Los pasos en la superficie continúan sus rutinas indiferentes o ignorantes del tumulto que recorre el subsuelo, aunque pudiera tratarse del nacimiento de un cráter. Nuestras letras alternan con frenético temblor las candilejas con la inquieta oscuridad de la sala, donde se hallan los más. Las modas, la lectura distorsionada, la distracción habitual de los estudiosos, que se llama errores, y en especial el mercado son razones como paletadas de cemento ya sea de la falta de atención o del olvido.

Y es entonces que de vez en vez resurgen esos ríos. La reciente reunión de los textos de Severino Salazar (1947- 2005) por Juan Pablos Editor implica el estrépito del resurgimiento.

Dos mil quinientos dieciséis páginas agrupadas en cuatro volúmenes que se despliegan en 11 tomos.

Los volúmenes fueron designados por género: novelas, cuentos, y ensayos y artícu­los, que constituyen estos últimos un solo volumen y un solo tomo. Es decir el volumen IV es Ensayos y artículos reunidos, y el tomo 11 posee exactamente el mismo título: Ensayos y… Que haya cuatro volúmenes con tres temas principales se debe a que el editor creó dos tomos, cada uno con tres novelas. Puede sonar confuso porque lo es (aunque se tiene la ventaja de que una de las solapas repite tal clasificación, y no sólo eso, sino que en el “aviso editorial” se le transcribe para reiterar la división en dichas partes).

La edición tiene la gracia de ofrecer sendos prólogos para cada tomo, que, a pesar de ser disparejos en calidad (hay quien incluso se atreve a hacer resúmenes de las historias), muy bien suplen la carencia de una introducción general, así como la presencia de un insulso aviso editorial seguido de un agradecimiento de Juan Pablos al autor del aviso editorial y artífice de esta magna y magnífica reunión de textos.

Muy dignas, acertadas y claras son las palabras del narrador Hernán Lara Zavala, de Miguel Ángel Quemain (que escribe dos prefacios), del poeta y editor (Verdehalago) José María Espinasa y, desde luego, las del poeta, crítico y académico Alberto Paredes, director de esta colección, a los Cuentos de Tepetongo (tomo 10) y a Ensayos y artículos reunidos (tomo 11). En este último decide rematar lo conseguido y, olvidándose por completo de que el buen oficio de un editor es precisamente hacer imperceptible su quehacer, manda a la imprenta una larga tira de versos como la penúltima –de una extensa– irrupción de su yo (pues falta una simpática fotografía con Severino Salazar en páginas interiores). Es una lástima que, como decía Jakobson, no todo verso sea poesía.

Propiamente hablando, sólo son un puñado los ensayos que hay en ese último tomo que también es volumen; lo demás es entrevistas realizadas por y practicadas a Severino Salazar, borradores, discursos, reseñas, crónicas y hasta un artículo de otro autor inserto en ese volumen que, si bien habla del compilado, se percibe como traspapelado.

Siempre se agradecerán –ahora unidos en un libro– sus comentarios sobre y la biografía del poeta Ramón López Velarde; lo que escribe de “Es que somos muy pobres” de Juan Rulfo; o de Luisa Josefina Hernández; su prólogo esclarecedor a una antología de la literatura zacatecana producida entre 1968 y 1992; las descripciones que hace de las fotografías de Pedro Valtierra, que no llaman la atención del lector hasta que las descubre en las siguientes páginas: ¡Valtierra ha fotografiado a los personajes de las novelas de Salazar! Con el círculo que le tiende Severino Salazar a la también zacatecana Amparo Dávila, y armado con otros dos finísimos textos: “El nacimiento del personaje byroniano en la novela gótica” y “Una teoría pesimista sobre el amor en la obra de Carson McCullers”, se puede deducir la poética de Salazar.

Esto es, sus preocupaciones literarias esenciales, si no es que simplemente particulares: su voz y su peculiar modo de ver las cosas de este mundo. Él es un narrador, sólo eso, que ya es bastante. Su incursión en el ámbito del ensayo es por el simple hecho de haberse maravillado ante otros narradores afines. No pretende ser ni académico ni mucho menos esnob. Descubre las afinidades, las saborea y las revela. Sin hablar de él, de su propia creación, se muestra sorprendido; es la sorpresa de quien se encuentra en espejos puestos en lugares inesperados, como son los largos pasillos de las bibliotecas. Lo hace así, de manera simple, sencillo siempre, como si no fuera él otro gran escritor del realismo grotesco.

Dice Salazar iluminador: “lo grotesco es siempre simbólico porque abarca dos realidades: una visible y otra invisible, que están a gran distancia una de la otra”, que glosa de un texto de Flannery O’Connor y que, sobra decir, aplica él en toda su novelística.

De ahí hace la siguiente disección: el microcosmos, lo grotesco y la dinámica cíclica forman la novela (la de Carson McCullers, se entiende, La balada del café triste, aunque ya a estas alturas podemos colegir que el escritor habla de la novela en general y, en particular, de la suya). “El microcosmos es afectado por las acciones de los personajes… Es inseparable de los personajes y puede ser en momentos una proyección de su personalidad”. A esto se le agrega el desarrollo cíclico: el personaje, por buscar precisamente la consecución de algo que le permitirá mejorar su situación, por el solo hecho de haberlo perseguido, obtiene lo contrario: lo que en un inicio rehuía.

Y tampoco –acota Salazar– la naturaleza es de fiar o de respetar: si no, cómo se podría retorcer cada vez más el ámbito en que habitan esos deformes personajes. Y ahí hay que releer lo que transcribe y traduce Severino Salazar de la Norton Anthology of English Literature, sobre el personaje byroniano: “saturnino, apasionado, melancólico, lleno de remordimientos, pero al mismo tiempo un pecador irredento, quien en su orgulloso aislamiento social confía solamente en su ser absoluto contra las restricciones institucionales y morales”. Es ahí donde deben estar las catedrales, como señala el epígrafe de la novela de ese título; y, ampliando el símil, las catedrales son novelas.

Hay muchas formas de narrar el microcosmos mencionado. Desde luego, si se trata de percibirlo directamente, lo más veraz y verosímil posible, se puede andar con un espejo sobre el camino y llegar al realismo o incluso al costumbrismo, pues se trata de hacer una estampa de villorrios y de gente que se duerme temprano casi todos los días, excepto los días de novela, y que hablan un dialecto algo fácil de transcribir. Pero si a ese mismo lugar y a esos mismos habitantes, y no sólo a ellos, sino a la novela misma, se les aplica un poco de poesía, el mundo cambia (el de ficción también).

Ralph Freedman explica en su ensayo La novela lírica que es un procedimiento muy empleado en las letras inglesas (Tennyson, George Eliot, Meridith, Hardy y, desde luego, Virginia Woolf) y consiste en incluir las cualidades del pensamiento y de la poesía para lograr “simultáneamente una imagen de la vida y costumbres, y su correspondiente imagen de las mentes”. Los narrradores, que generalmente son varios, parecen hablar al vacío; se reitera constantemente “el soliloquio en soledad”; hay una despersonalización/impersonalización de los personajes; se da el bosquejo más que el detalle; la conciencia y las cosas concretas “se requieren mutuamente para crear una escena de más amplias dimensiones simbólicas”. Se escriben novelas de hechos/Se escriben novelas de revelaciones. Finalmente Freedman se sorprende de que, a pesar del poder revitalizador de la novela lírica –la que desde luego retoma con facilidad el realismo grotesco– sobre las narraciones convencionales, no sea ampliamente practicada. Los cuadros de costumbres, los retratos realistas, discusiones profusas sobre temas más profundos aun, o psicologías de mentes enfermas, no pueden –advierte con énfasis Freedman– “crear la intensa proyección interna de la experiencia en la cual la novela lírica es única”.

Es en esta concepción de la obra de arte literaria –sobra decir que nutrió su educación de la literatura inglesa– que Severino Salazar edificó su mundo extraño, ahora reu­nido en 11 tomos. Es fascinante lo que ahora se nos propone: seguir el cauce narrativo a partir de Donde deben estar las catedrales hasta llegar a su obra póstuma y definitiva, Paisajes imposible. La danza de los ciervos. De los párrafos desbordados por lo largo y ancho que son, hasta la breve evocación que cabe en un solo renglón. Son apenas frases sueltas que acaso tengan sentido. Probablemente lo susurren, si se les lee despacio, muy despacio, entre broma y en serio, burlas y veras, como quien se asoma al precipicio, nueva y última imagen del siempre–vivo Salazar:

“El verdadero precipicio está en desconocer la piel dentro de la que visitamos el pasado…”

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