Un sí a condicionar el régimen tributario

MÉXICO, D.F. (Proceso).- En su fundamentado y propositivo artículo Evasores organizados –Proceso 1947‒ Sabina Berman asentó que no pagará sus impuestos a no ser…: 1). Que el secretario de Hacienda le informe cuánto recaudará con las nuevas reformas. 2). Que Peña Nieto detalle en qué mejores servicios y obras se gastarán sus impuestos. Y 3). Que este gobierno enjuicie a algunos de los ladrones del erario, acaso a los más conspicuos, demostrando así que se opone al robo. Declaró igualmente que impone esas condiciones, no porque pretenda violentar al Estado, sino porque le gustaría tener un gobierno que rindiera cuentas diáfanas y que fuera el primero en acatar la ley. En cuanto a su postura, fue categórica declarando que no cumplirá con sus obligaciones fiscales a menos que se respeten los requisitos mencionados y que recurrirá al amparo junto a un grupo de ciudadanos que concuerden con ella. Su propuesta se tradujo en invitar a sus lectores a que se unieran o, en su defecto, que escribieran a evasoresorganizados@hotmail.com para, en sus palabras, “seguir pensándolo juntos”.

A todas luces, lo anterior contiene el germen de una necesaria y saludable desobediencia civil y no debería requerirse mucha meditación para sumarse. Bien sabemos, y mejor lo sabe el gobierno, que la fuerza está del lado de la mayoría pero, también, que la desunión es la norma en nuestro país y, por tanto, que sólo imperan ‒y al parecer seguirán imperando‒ las prebendas y los privilegios de aquellos que están en el poder haciendo de las suyas con oídos sordos a las demandas mínimas de equidad social; empero, valdría la pena cuestionarnos si: ¿de veras la desunión es la tónica que mejor nos define y aquella que siempre nos ha caracterizado?… Y ya que abanderamos una causa de conciencia estético-melódica, ¿no debiera el gremio musical ser punta de lanza en la defensa de las peticiones sustentadas en la razón y en la salvaguarda de los valores cívicos y éticos de la comunidad a la que le prestan su voz? Para abundar, ¿no fue acreedor el gremio filarmónico de exenciones tributarias, tanto en los Señoríos prehispánicos como en los inicios del virreinato por la importancia de su labor?…

Veamos qué nos dice la historia para avalar las aseveraciones que a los músicos les atañen. Para empezar fueron ellos quienes iniciaron la primera huelga de que se tenga noticia en el continente, representando con ello un bastión de dignidad hasta entonces inédito dentro de los latrocinios del coloniaje hispano. ¿A qué nos referimos? Al famoso paro laboral de “gargantas calladas” que organizaron los cantores de la catedral metropolitana y el maestro de capilla de la misma, el 6 de julio de 1582, para oponerse al impositivo recorte del salario por parte de la clerecía. El sueldo reservado para los maestrazgos de capilla de entonces era de 600 pesos oro anuales y al titular de ese momento, el maestro Hernando Franco (1532-1585)[1], se pretendió reducírselo a la mitad, al parejo de sus subalternos cuales integrantes del coro catedralicio. El motivo, que la curia y la Corona ya no estaban en condiciones de seguir manteniéndolos con ese tenor de vida ‒y que conste que sí lo estaban para mantener sus pingües beneficios‒ y que sus servicios no valían para tanto. Las consecuencias, que al cabo de una férrea cohesión gremial el arzobispo se viera forzado a intervenir comprometiéndose a nivelar su salario apenas llegara la flota en la que vendría “la merced que estaba suplicando a Su Majestad” de avenirse a “hacer limosna a esta Sta. Iglesia”.  Con eso, sobra decirlo, se saldaron los adeudos contraídos y se reinstauró la precaria pero funcional relación entre asalariados y patrones.

En otro siglo y en otra latitud es de recordar un caso emblemático, donde también fueron los músicos quienes demostraron que era sí era posible hacer valer sus garantías individuales en contra de todo aquello que avalara los abusos de los oligarcas. Hablamos de los miembros de la Orquesta Nacional de Francia cuando les fue impuesto como director huésped el tiránico y filo nazi Herbert von Karajan (1908-1989). Viva todavía la herida por la ocupación germana en su tierra, los instrumentistas galos optaron por una estratagema de refinada sutileza para dejar con las manos en el aire al autócrata que había hecho de la Filarmónica de Berlín ‒la orquesta vitalicia de su propiedad‒ su coto de poder absoluto y el símbolo perfecto de la cuestionable supremacía de la raza aria. Fue así que Karajan, acostumbrado como estaba a marcar con los ojos cerrados el ataque de las obras, dio el primer batutazo obteniendo únicamente silencio. Repitió la operación una segunda vez y el resultado fue igual al anterior. Exasperado pero fiel a la egolatría de su praxis, intentó una tercera vez, sólo para constatar que la orquesta entera, no obstante tuviera los instrumentos levantados, listos para tocar, estaba también con los ojos cerrados. Naturalmente el concierto no se realizó y el despótico austriaco hubo de encararse con su propia rabia en contra de una inamovible decisión colectiva.

Abordando nuestro pasado inmediato es obligado traer a colación al último atisbo de decencia e integridad de un colectivo humano que todavía nos representa.[2] Se trata de la Orquesta Sinfónica Nacional al momento de toparse de nuevo con su antiguo director y fundador, el tristemente célebre Carlos Chávez (1899-1978). En enero de 1973, Luis Echeverría Álvarez (1922) le confirió arbitrariamente la titularidad de la orquesta y el afamado compositor aunque pésimo director de orquesta no tuvo empacho en hacer público que lo primero que haría antes de iniciar con sus temporadas sería ir a la Unión Americana para reclutar a los atrilístas que le ayudarían a elevar la calidad de la agrupación. Ante tal desenfado ‒esa práctica de contratar extranjeros en demérito de los connacionales ya la habían perpetrado otros directores (Luis Herrera de La Fuente entre ellos), pero sin las alharacas y la alevosía de Chávez‒, los integrantes de la orquesta encontraron la sintonía para iniciar el repudio. En el primer ensayo Chávez levantó la batuta y nadie, absolutamente nadie, le hizo caso. Previsiblemente sobrevino una crisis entre la prepotencia del director con sus apoyos políticos y la obstinación gremial con su atinada desobediencia en la que, hay que subrayarlo, repetirlo y magnificarlo, se impuso la decisión grupal y el tirano hubo de renunciar con la cola entre las tripas y el ego en los esfínteres.

Dado lo expuesto, serían propicias hora y coyuntura para que los músicos mexicanos levantaran de nuevo la voz haciendo suya una propuesta tan cuerda y razonada como la de Sabina Berman. ¿Qué pasaría si todas las orquestas se propusieran interrumpir sus actuaciones hasta que el Poder Ejecutivo se dignara informar en qué se traducirán los incrementos tributarios a los que están sujetos, el secretario de Hacienda especificara el monto que pretende recaudar y se procediera con las primeras incautaciones de las fortunas mal habidas de los políticos y con los ineludibles juicios que les corresponden? ¿No les gustaría a quienes hacen de su quehacer una administración de riquezas melódicas que sus gobernantes les rindieran cuentas claras para así poder investirlos con la autoridad moral que debieran ostentar?…

Las respuestas deben salir de la invisibilidad del oficio para que los resultados  puedan, de nueva cuenta, adscribirse al inconmensurable poder que detenta, aunque finja ignorarlo e intente disfrazarlo, el apocado y silente gremio musical.

 


[1] Se recomienda la audición de una obra de su autoría. Pulse el Audio 1 Hernando Franco: In ilhuicac. (Ensemble Elyma. Gabriel Garrido, director. SYMPHONIA, 1992)

[2] Se sugiere la escucha de su interpretación de la Segunda pesca de “Redes” de Silvestre Revueltas por el simbolismo que encierra. Revueltas la compuso como banda sonora de una película centrada en denunciar los abusos cometidos por el sistema  contra los pescadores.  Pulse el Audio 2. Silvestre Revueltas: Redes, Segunda pesca. Orquesta Sinfónica Nacional. Enrique A. Diemecke, director. SONY, 1993)

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