Resurrección nuclear

Tres años después de la crisis nuclear en Fukushima, Japón sigue pagando los costos: 267 mil personas aún están desplazadas, 100 mil viven en casas provisionales y en este periodo han muerto mil 657 por causas relacionadas con el desastre. Sin embargo el gobierno se apresta a reabrir las 49 plantas que cerró tras el accidente. La razón: su alicaída economía padece los efectos de la creciente importación de hidrocarburos.

 

BEIJING.- Ocurrió a las 14:46 horas del 11 de marzo de 2011. Un sismo de 9 grados a un centenar de kilómetros de la costa noreste de Japón provocó un tsunami que barrió el litoral.

Las imágenes turbaron al mundo: la lengua marina avanzando al encuentro de tierra firme, los barcos empujados como peleles, los restos de automóviles esparcidos por la costa, los pueblos desaparecidos en segundos, los cadáveres devueltos por el mar… Hubo 15 mil 884 muertos y 2 mil 636 desaparecidos. Honshu, la principal isla japonesa, se desplazó 2.4 metros al este.

De la mayor desgracia natural de la historia de Japón germinó días después la crisis nuclear de Fukushima, la peor desde Chernobil en 1986. Japón aún paga la factura humana. Permanecen 267 mil personas desalojadas que ignoran si podrán regresar a sus casas algún día. Unas 100 mil viven en casas provisionales, prefabricadas, y sólo se han construido mil 11 casas de las 29 mil 500 planeadas. Los terrenos en un radio de 20 kilómetros tardarán 165 años en descontaminarse.

En estos tres años han muerto mil 657 personas en la prefectura de Fukushima por causas relacionadas con el desastre: estrés, agravamiento de dolencias anteriores o suicidios. Superan a las mil 607 víctimas directas del tsunami en esa área.

 

Pesadilla radiactiva

 

La central nuclear de Fukushima quedó arruinada. Sus reactores se fundieron, sufrieron explosiones continuas y emitieron radiactividad a la tierra, el mar y el aire.

Tres años después sigue más ligada a la prensa diaria que a los libros de historia por sus continuas emisiones y filtraciones. La más reciente ocurrió el pasado 20 de febrero, cuando un centenar de toneladas de agua altamente contaminada se vertieron desde uno de los tanques de almacenamiento porque un trabajador olvidó cerrar la válvula. Fue el peor accidente desde que otras 300 toneladas se filtraron al terreno en agosto pasado y las autoridades elevaron la alarma al nivel tres en una escala de siete.

El fin de la pesadilla se intuye lejano por la dificultad de gestionar una situación sin precedente. Desmantelar Fukushima ha colocado a la industria ante un reto mayúsculo. Tras el accidente se debatió si se debía sepultar entre muros de hormigón como se hizo con Chernobil, pero la mayor densidad de población en el caso de Japón desestimó la solución.

Los reactores dañados de Fukushima requieren un enfriamiento continuo y un plan de largo plazo.

El desmantelamiento total necesitará 40 años. Primero se eliminará el combustible usado de las piscinas de enfriamiento de los reactores; en la siguiente década se retirará el material fundido del interior de los reactores, y en las próximas se limpiará la radiactividad en las cercanías de la planta y de las poblaciones en la zona de exclusión y se tratarán los desechos radiactivos.

El problema más urgente son las 400 toneladas de agua contaminada generadas a diario para enfriar los reactores y que son bombeadas hacia los tanques. Los primeros fueron fabricados enteramente de acero, pero las ingentes cantidades de líquido aconsejaron utilizar juntas de plástico para ganar en velocidad. La rotura de una de esas juntas causó el vertido del pasado año.

El reciente incidente de febrero no era “inesperado”, dice vía correo electrónico Neil Hyatt, profesor de gestión de residuos radiactivos de la Universidad de Sheffield, quien recuerda que la estrategia debe decidirse y aplicarse de inmediato –sin precedente en el cual apoyarse– por lo que algunas decisiones son necesariamente improvisadas.

Un ejemplo es el plan de encerrar en un anillo subterráneo helado la central para frenar las filtraciones. El plan, que cuesta más de 300 millones de dólares, consiste en congelar el suelo alrededor de los cuatro reactores dañados para formar un muro de 1.4 kilómetros de largo y 30 metros de profundidad. Para ello se hundirán varillas refrigerantes que dejarán la temperatura en 40 grados bajo cero.

Algunos expertos insisten en que el tono alarmista de la prensa no se corresponde con una situación que ha mejorado mucho en el último año y señalan que la radiactividad de Fukushima aún no ha matado ni herido a nadie.

“El vertido no salió de las instalaciones y la situación está bajo control, sin que haya peligro para la salud humana. La prioridad es descontaminar el agua radiactiva para que pueda ser liberada sin riesgo de futuras contaminaciones ambientales”, añade Hyatt.

Otros son menos optimistas. James Cole, físico de la Universidad de Tsukuba, recuerda los numerosos vertidos de agua radiactiva al mar y los altísimos niveles de estroncio radiactivo detectados en líquidos filtrados desde los tanques.

“La falta de interés del gobierno (japonés) en investigar los efectos de la radiación en el ambiente y la salud humana muestran que ni Tokio ni Tepco –la compañía que gestiona la central– toman en serio el problema ni son competentes para resolverlo”, sostiene Cole en entrevista vía correo electrónico.

 

Laberinto nuclear

 

Fukushima devolvió a los japoneses al laberinto nuclear. Japón –único país víctima de ataques nucleares (Hiroshima y Nagasaki en 1945)– mantenía una estrecha relación con el causante de sus mayores dramas. Antes del accidente extraía de las centrales nucleares 30% de su energía y planeaba aumentar hasta 50%, mientras, el movimiento antinuclear se mantenía presente.

El accidente desnudó la impunidad del sector. Tepco, su nave insignia, sirve de ejemplo. Un presidente anterior de la compañía dimitió en 2000 tras saberse que un trabajador fue obligado a borrar unas imágenes de grietas en las instalaciones. Tepco reconoció haber falseado informes de seguridad, elevando fugaces reconocimientos a exámenes exhaustivos. Era habitual que su presidente alardeara ante la junta de accionistas de los recortes presupuestarios en seguridad. También retrasó hasta lo irresponsable la refrigeración de los reactores con agua salada al saber que los arruinaría.

Lo más paradójico era que el órgano encargado de supervisar el sector era el mismo Ministerio de Industria que ensalzaba los beneficios de la energía nuclear.

El desastre provocó manifestaciones diarias contra las centrales, con el apoyo de celebridades como el Nobel de Literatura Kenzaburo Oé y el músico Ryuichi Sakamoto.

Japón cerró temporalmente las 49 centrales y prometió una progresiva sustitución de energía nuclear por renovable. Yoshihiko Noda, anterior primer ministro, dibujó un horizonte libre de centrales en 2030. Pero la voluntad de librarse del yugo nuclear ha chocado contra la realidad de un país pequeño y sin recursos naturales. La autosuficiencia energética ha caído de 20% a 5% y la importación de hidrocarburos para compensarla ha arruinado la balanza comercial.

Japón, país tradicionalmente exportador, acumula 19 meses con déficit debido a los 36 mil millones de dólares anuales que gasta en gas natural ajeno. Los precios crecientes y la debilidad del yen complican más las cuentas.

Shinzo Abe, el actual primer ministro, se impuso como obligación reactivar una economía estancada en las últimas dos décadas y dijo que ello sería imposible sin la energía nuclear. El nuevo marco normativo pretende tranquilizar a la población. El control del sector corre a cargo ahora de la Agencia de Seguridad Nuclear, órgano independiente. Cualquier reactor tendrá que pasar un estricto control de seguridad y cumplir con 12 requisitos adicionales que aumentan la protección contra ataques terroristas o fenómenos naturales.

Las elecciones para la alcaldía capitalina de febrero pasado se plantearon como un termómetro social y ganó Yoichi Masuzoe, único candidato pronuclear.

Pero Hiroshi Onitsuka, experto en energía nuclear del Instituto de Investigación Histórica de Iida, niega que la resistencia social a las centrales esté muriendo.

“El número de votos de los dos candidatos que mostraron manifiestamente su oposición a la energía nuclear, Kenji Utsonomiya y Morihiro Hosokawa, está muy cerca del ganador. Durante las elecciones, dos antiguos primeros ministros, Hosokawa y Junichiro Koizumi, criticaron la política nuclear de Abe. Y aunque Utsonomiya perdió, consiguió arrastrar a mucha gente joven y muy activa. Los candidatos han visto la esperanza y ya se preparan para los próximos comicios porque muchos piensan que Masuzoe no durará mucho en el cargo”, le comenta al reportero vía correo electrónico.

El prometido horizonte sin energía nuclear se ha esfumado tres años después. El apagón nuclear persiste, con las centrales detenidas, pero los plazos hacia su reapertura se acortan. Cuatro empresas eléctricas solicitaron en julio que sus 10 reactores fueran sometidos a inspecciones de seguridad. El organismo tenía previsto publicar por estas fechas la lista de los reactores que cumplen la nueva normativa, pero la decisión se ha retrasado y no se espera al menos hasta la primavera.

Ya con el certificado, las compañías tendrán que ganarse la confianza de los gobiernos locales. El trámite no es un imperativo legal, sino una obligación moral, y podría retrasar la reapertura unas semanas más. El camino hacia la resurrección nuclear en Japón es tan irreversible como pedregoso.

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