Vacaciones pascuales

Fiel a su compromiso en pro del bienestar psico-auditivo de sus lectores y escuchas, esta columna se atreve a sugerir un par de itinerarios que puedan asirse en la memoria y que sean idóneos para transcurrir los presuntos días santos. Y por aquí podemos comenzar. ¿Qué entendemos por días santos? ¿Son acaso jornadas en las que estamos dispuestos a cumplir diligentemente con las ordenanzas religiosas? ¿En caso de ser católicos, estamos acatando la cuaresma y nos disponemos, con cabalidad y entereza, a revivir en nuestros corazones la pasión de Cristo o, más bien, es una coyuntura calendárica que nos funciona para olvidarnos de los trajines cotidianos y que nos dará la oportunidad de saciar nuestros ocios y compulsiones?

Como quiera que sea, así fuere por las ganas de sacar el cuerpo del hoyo negro de nuestros quehaceres, o por la genuina necesidad de purificar el espíritu rememorando el sacrificio que el nazareno hizo por nosotros, reiterados y entusiastas pecadores, las opciones siguientes tendrán la garantía de proporcionar los deleites que el ánimo demanda cuando hay sintonía con el entorno y las circunstancias. Será importante poner énfasis en la disposición de querer abandonar, aunque sea durante un instante fugitivo, las celdas itinerantes con las que deambulamos por la vida. Logrado esto, entregados al saludable vaivén de las emociones suscitadas por la belleza, bastará con acallar nuestros desgastantes diálogos interiores para que el viaje, la peregrinación, el éxodo, o la romería, valgan la pena y se anulen las reclamaciones… Como podrá verificarse en los destinos propuestos, también están contemplados aquellos a los que salir de su casa les implique complicaciones, penurias o temores. Para ellos en específico anotamos la aseveración de Elias Canetti: “La música es la verdadera historia viviente de la Humanidad. Hemos de confiar en ella sin reservas ya que lo que afirma es relativo a los sentimientos, y sin ella poseeríamos solamente parcelas muertas”.

Primer itinerario. Reconocida por ser una de las ciudades más antiguas del orbe –con cinco mil años de historia escrita– y también su “ombligo”,  Jerusalén tiene la ventaja de albergar en su seno a prosélitos de las tres religiones monoteístas más difundidas: el judaísmo, el cristianismo y el islam. Quienes hayan leído el Antiguo Testamento recordarán que su nombre aparece citado 690 veces y que, como refiere la tradición bíblica, es Jerusalén el lugar donde la presencia del Todopoderoso se liga indisolublemente con la tierra. En cuanto a la etimología, la más aceptada indica que  Yerushalim –vocablo derivado de la raíz shalom, que significa “paz”– posee  una terminación gramatical que significa dos. De ahí que deba entenderse como la ciudad de las “Dos Paces”: la celeste y la terrena. Las huellas cananeítas, babilónicas, israelitas, persas, griegas, romanas, cristianas y musulmanas, conforman una urdimbre multicultural que debe asimilarse con la conciencia estética en asombrosa expectación…

Se nos aconseja, antes de internarnos por las entrañas de la urbe, iniciar el recorrido en el Monte de los Olivos. Desde su cima obtendremos una visión insuperable de los cuatro barrios del casco viejo: el judío, el cristiano, el musulmán y el armenio. Descendiendo del promontorio, a poca distancia, hallaremos los sitios venerados  por los multiétnicos feligreses. Dentro de la tradición judía destaca el Kotel, o Muro de las Lamentaciones, al que debemos acercarnos a sabiendas que nos sobran cosas por las que hemos de verter lágrimas y elevar plegarias. Hace tres mil años que el Rey David edificó el primer templo –que sería completado por Salomón y después reedificado por el mítico Herodes– y su muro perimetral poniente es lo único que sobrevive. Será importante poner pie en la sinagoga Hurva, que está a unos pasos, y al Museo de la Torre de David. No lamentaremos ninguna de estas visitas.

Si pretendemos sumergirnos en la herencia cristiana, hicimos bien en comenzar por el Monte de los Olivos, pues de ahí podemos proceder hacia el Jardín de Getsemaní –el sitio donde Jesús elevó la oración sobre la piedra– y a la Iglesia de Todas las Naciones –el templo donde Jesús convocó a sus discípulos antes de su detención y que también alberga los restos de la vilipendiada María Magdalena–. Para rememorar la crucifixión, la resurrección y el entierro habremos de dirigirnos a la Iglesia del Santo Sepulcro. Ahí, nuestras personas convertidas en multitud empezarán a oír las églogas del sufrimiento y los desafueros de la intolerancia. Las sensaciones de estar desnudo ante la historia colmarán nuestros silencios y nos parecerá que los sonidos nos llevan en vilo sobre las ramas del tiempo. Las voces de los almuédanos, de las esquilas y de los campanarios se sobrepondrán una a otra para avisarnos sobre la veracidad de nuestras consuetudinarias muertes. Perecimos y nos comimos unos a otros en las cruzadas, adoptamos los vaticinios del Apocalipsis y aceleramos la llegada del Juicio Final…

Con un marasmo auditivo encima habremos de hacer un alto para encaminarnos a la Mezquita de la Roca. Su cúpula dorada y la solidez de su forma octagonal nos harán patente que el poderío del Islam no requiere prerrogativas y que los desacuerdos han de destazarse sin conmiseración alguna. Por ahí subió al cielo Mahoma, el profeta que desde sus alturas se encarga de supervisar la obediencia absoluta de sus leyes.

Para quien disponga de energías –o de recursos materiales–, le sugerimos no salir de Tierra Santa sin realizar un paseo frente al Mar Muerto que está más vivo que nuestras esperanzas de encontrar, en nuestra latitud, un país más civilizado.

Segundo itinerario. La llaman la Cittá Eterna, mas el apelativo le calzaría mejor a la ciudad antedicha. De cualquier manera, Roma, la magnífica, la meretriz, la corrompida y la insondable, es un relicario urbano donde se condensa el peso de los siglos y se corre el riesgo de asfixiarse. Con los pocos días que la Semana Santa nos regala será necio pretender desentrañar sus incuantificables tesoros. El paseo por el Tíber y la Isola tiberina, la visita al Panteon y al Castel Sant’Angelo, así como los recorridos por la Villa Borghese y el Coliseo deberán omitirse para concentrarse en lo que el Estado Vaticano ofrece. Y vaya que tiene que ofrecer, pues ha amasado tantas riquezas, hasta llegar al punto de contar con una economía propia que está por encima de cualquier crisis. Los piadosos y castos voceros de Cristo son los administradores –también los beneficiarios– del impetuoso río de dinero que fluye a sus arcas. Es tan conspicuo que desde 1503, con el Papa Giulio II en el solio sagrado, se decretó la creación de los Museos Vaticanos. No hay forma de visitarlos todos y aunque lo anheláramos, el azoro –muchos los llamarían asco– entorpecería nuestros pasos. A partir de la colección particular del citado pontífice, cada uno de los sucesores ha entrado en competencia para adquirir –apoderarse o hacerse regalar también aplican– el mayor número posible de obras de arte. Por acá nos toparíamos con el Museo Gregoriano Egipcio, más allá veríamos la Pinacoteca Vaticana y el Museo Misionero Etnológico, por no hablar de las Capillas Sixtina y Nicolina que nos robarían el aliento. Para dar un ejemplo de la magnitud de las colecciones bastaría con decir que la Biblioteca Vaticana no ha logrado, en sus casi seis centurias de existencia, acabar el catálogo de sus posesiones…

Sin medrar en las embestidas involuntarias de los peregrinos, miles y miles que se arremolinan en un espacio enorme que se torna insuficiente, será conveniente hacer el esfuerzo y encaminarnos hasta la Plaza de la Basílica de San Pedro; si estamos de suerte quizá alcancemos a escuchar el sermón del nuevo Papa argentino que nos refrescará los preceptos básicos del cristianismo, insistiendo en la caridad, en el perdón, y en la práctica reiterada del desapego de los bienes materiales…

Itinerarios alternativos. No obstante la cuantía del empeño invertido, la posibilidad de tomar un avión hacia los lugares propuestos fue nula. Todos los vuelos iban saturados con meses de antelación y los pocos asientos restantes de primera clase tenían un sobre costo prohibitivo. Sin disminuir un ápice las delicias consustanciales a los recorridos en el espacio y el tiempo reales, nos comprometemos a garantizar un recorrido virtual igualmente enriquecedor. El requisito mínimo es dejarse transportar por los poderes de la imaginación escuchando los prodigios que la música nos regala a raudales. Para tal efecto, en la audioteca del semanario1 están predispuestas las obras que nos llevarán, exultantes e incólumes, hasta Jerusalén y Roma. Y con esto, que algún dios –con la personalidad y el nombre que más nos plazca– nos guarde en salud y que nos conceda unas felices vacaciones.

 

1 Se insiste en ingresar a la página proceso.com.mx, donde los viajes sonoros aguardan.

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