“Atzimba” en Bellas Artes

Atzimba (1900) es una ópera de Ricardo Castro (1864-1907), pianista y compositor mexicano de quien estamos celebrando el 150 aniversario de su natalicio.

Nació el 7 de febrero de 1864, en la Hacienda de Santa Bárbara, municipio de Nazas, Durango. Fue conocido en su época más como pianista virtuoso –le apodaban El Lizst mexicano– que como compositor. Como parte de los homenajes, el gobierno de su estado natal (en colaboración con el INBA, Conaculta, Cenidim y la Casa de Cultura del estado de Morelos) presentó su ópera el 7 de febrero en Durango, y otras dos presentaciones durante marzo en Morelos y Bellas  Artes.

Atzimba es de las primeras óperas mexicanas con libreto en español y una trama nacionalista, se escribió en una época en la que lo usual era que las óperas que se componían en el país, tuvieran un libreto italiano. Trata de la conquista de Michoacán por las tropas de Hernán Cortés, allá por 1522. Se estrenó con mucho éxito en 1900. Originalmente era una zarzuela, ese mismo año Castro la convirtió en ópera y se reestrenó en septiembre, cantada en italiano pues la compañía que la interpretó no hablaba español. Hubo después varias representaciones en castellano, la última de ellas en 1952. Entonces ocurrió algo insólito; se perdieron las particellas y la partitura orquestal del segundo de tres actos, razón por la cual la obra ya no se pudo representar más.

Hace unos meses el estado de Durango encargó a Arturo Márquez (1950), músico y compositor sonorense, que orquestara el segundo acto a partir de la partitura de piano y canto, y gracias a su excelente trabajo la obra se pudo montar de nuevo el pasado 7 de febrero en Durango.

El martes 8 asistimos al ensayo general de Atzimba en el Palacio de Bellas Artes y lo que vimos nos encantó: Una buena y dinámica escenografía, y un vestuario moderno y apegado a la historia que se relata, buena dirección escénica de Antonio Salinas, bien dirigidos por Enrique Patrón de Rueda los solistas, coro y orquesta del teatro de Bellas Artes. La iluminación, en cambio, dejó mucho que desear: sumidos en la penumbra y a veces en la sombra los cantantes, los tres actos resultaron muy oscuros.

Los solistas, de primera. La soprano Violeta Dávalos como Atzimba, la princesa tarasca enamorada del capitán español, no sólo canta de maravilla sino que su aspecto y figura son estupendos tanto en belleza como adecuados para encarnar a la noble heroína. El tenor José Luis Duval encarnó a Jorge de Villadiego, capitán español enamorado de Atzimba, y aunque cumple cabalmente con el rol lo notamos tenso y con una emisión forzada que sin duda se debe a que el autor, no siendo un experto en voces, escribió una línea de canto excesivamente difícil, tirante y un poco desconsiderada para los solistas.

Huépac, el gran sacerdote de la luna, fue cantado con maestría por Guillermo Ruiz, bajo barítono de muy impresionante voz.

Armando Gama interpretó a Hirépan, el general tarasco, su canto ya es sinónimo de buena factura y hermosa voz, pero sus rasgos fisionómicos no son indígenas para nada, y su actuación muy convincente.

Ana Caridad Acosta, la contralto de América, con su voz fresca y flexible interpretó impecablemente el diminuto personaje de Sirunda, la amiga y confidente de Atzimba.

El rey tarasco Tzimzitcha fue cantado por el barítono Carlos Sánchez. Muy adecuado, voz aterciopelada y redonda, sobrado de verdad escénica.

Sorprende de esta composición el manejo orquestal que resulta impecable, no así, como ya lo dijimos, el manejo de las voces; una especialidad que difícilmente han dominado otros compositores.

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