Viaje en el tiempo con García Márquez

Uno de los ejes de la vida de Gabriel García Márquez fue la amistad. Es célebre su frase:“Escribo para que me quieran más mis amigos”. Una de sus relaciones más cercanas desde su juventud fue la que tuvo con Plinio Apuleyo Mendoza,  escritor y periodista colombiano y autor de un libro sobre él: El olor de la guayaba (1982). Entrevistado por Proceso, Mendoza rememora los años prolíficos de la agencia Prensa Latina, las penurias en París, el caso Padilla, que dividió a la intelectualidad latinoamericana sobre la Revolución Cubana, y de su propio distanciamiento ideológico, pero jamás afectivo.

SANTA FE DE BOGOTÁ, Colombia (Proceso).- La última vez que Plinio Apuleyo Mendoza lo vio fue en 2008, en Barcelona, donde fue a comer con él a un restaurante de tapas y mariscos. Bebieron vino catalán de Penedès y un tinto Sumoll, picotearon viandas marinas rebozadas en aceite de oliva y conversaron de los viejos tiempos: de las épocas en París, de su paso por la agencia cubana de noticias Prensa Latina, de las penurias y la gozosa juventud de aquellos años.

Eran tres en la mesa: Plinio, Gabriel García Márquez y la esposa de éste, Mercedes Barcha, quien esa tarde optó por no hablar más de lo indispensable, para dejar que los dos viejos amigos se explayaran en sus nostalgias.

“Es que Gabo estaba feliz y Mercedes lo sentía –recuerda Mendoza–, y Gabo estaba feliz porque tenía intacta su memoria antigua, hasta el punto que me dijo: ‘Tienes que ir a verme a México y allá nos tomamos otros vinos’. La memoria inmediata ya le fallaba mucho y eso me preocupó un poco. Se le olvidaban cosas. Me preguntaba lo mismo varias veces: que cuándo había llegado a Barcelona, que dónde estaba viviendo, y yo le decía: ‘ya sabes que estoy viviendo en Madrid’”.

Mercedes se contrariaba con esas preguntas insistentes, pero ya con el almuerzo y con los vinos Gabo comenzó a recordar sus años en París, donde coincidió con Mendoza, así como sus días de periodistas en Prensa Latina.

“Cuando hablaba del pasado distante recordaba todo perfectamente y al encontrarse conmigo le dio por compartir viejos recuerdos. Era sorprendente ver lo bien que funcionaba su memoria antigua, no así la inmediata. Por eso la charla se centró en lo que habíamos vivido juntos muchas décadas atrás. La pasamos muy bien esa tarde. Fue la última vez que lo vi”, dice el escritor a Proceso en la biblioteca de su departamento en Bogotá, donde un gato blanco con manchas negras serpentea sigiloso entre los libros.

El autor de varios libros sobre García Márquez, entre ellos el muy difundido El olor de la guayaba (1982), siguió hablando con su amigo por teléfono en forma periódica durante tres años más. En abril de 2013, cuando se enteró de que el Premio Nobel estaba en Cartagena, donde siempre mantuvo una casa, le llamó a Mercedes Barcha desde Bogotá y le dijo que quería ir a verlo.

“Ella me respondió: ‘No, mira, lo que pasa es que hay varios amigos que me han pedido lo mismo, que quieren verlo, pero no sé si éste sea un buen momento. No sabemos si vamos a quedarnos aquí, pensamos ir a Panamá, pero de todas maneras déjame tu teléfono y yo te llamo para ver en qué momento podemos hacer algo’. Pero pasaron los días y Mercedes no me llamó.”

Gabo tenía problemas de memoria más agudos que los que manifestó en Barcelona: “En muchas de esas conversaciones tenía la impresión de que no sabía exactamente con quién estaba hablando. A mí me lo pasaba la secretaria y él me preguntaba: ‘¿Dónde estás?, ¿qué estás haciendo?, ¿cómo estás?’, cosas así, y luego, en la siguiente conversación, lo mismo.”

–¿Esas llamadas se convirtieron en algo incómodo?

–Bueno, sí. Yo me sentí molesto en un momento dado porque ya no contestaba la secretaria, sino Mercedes, y ella un día me dijo: ‘Mira, no está Gabo en estos momentos, salió’, y me di cuenta de que había cierta incomodidad en esas llamadas. No lo volví a llamar a México, esperando ir a verlo algún día.

(Fragmento del texto que se publica en Proceso 1955, ya en circulación)

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