Una refugiada centenaria

Nació en Siria la primera década del siglo pasado y nunca había salido de su pueblo. Ni siquiera conocía el mar. Sobrevivió al imperio otomano, al protectorado francés, a dos guerras mundiales y a un sinfín de revueltas. Pero no pudo aguantar la actual guerra civil que azota Siria. Cargada en hombros fue internada a Turquía, donde se embarcó rumbo a Grecia. Todo para llegar a un barrio miserable de Atenas donde los inmigrantes suelen ser atacados por los grupos neonazis.

ATENAS.- Sabria recordará el resto de su vida la primera vez que vio el mar. Los mareos, las ropas mojadas, pegajosas de salitre, adhiriéndose a su ajada piel, la humedad calando sus viejos huesos… y ese ser voraz y terrible que estuvo a punto de arrebatarle la vida.

Pese a que tiene más de 100 años sobre sus encorvadas espaldas, Sabria Khalaf jamás había visto el mar hasta hace unos pocos meses. Según sus documentos nació en una aldea del municipio de Tirbespi (Al Qahtaniya, en árabe), en el extremo nororiental de Siria, en una fecha tan lejana como 1907; podría haber sido antes, quizás después. En aldeas como la suya inscribir a tiempo a los niños en el registro no era una de las prioridades familiares. Fue, definitivamente, cuando Siria aún pertenecía al imperio otomano.

“Mi padre nos explicaba que en la época otomana no había un verdadero gobierno. El poder real era el agá (señor feudal). Todo lo que se sabía del mundo se reducía a lo que se contaba en su habitación. El agá decía: ‘El gobierno quiere tanto dinero’ y la gente pagaba. Esa era nuestra relación con el gobierno otomano”, relata Kanan, uno de los hijos de Sabria.

Por delante de esta anciana, a lo largo de décadas, han pasado un imperio, el protectorado francés, dos guerras mundiales y varias regionales, revoluciones, golpes de Estado… pero en Tirbespi las cosas apenas cambiaron.

A veces había que esconderse porque venían los franceses buscando rebeldes, luego llegaron los funcionarios del partido Baaz a requisar tierras. Como kurdos de Siria, a la familia de Sabria le fue despojada la ciudadanía en 1962 –no la recuperaron hasta 2011, ya empezada la actual guerra civil– y constantemente sufrían el acoso de las autoridades. Pese a ello, para Sabria el pueblo en que vivía lo era todo. “Era muy bonito. Todas las casas tenían bellos jardines y verdes huertos. Los vecinos me visitaban y se visitaban entre ellos. Para mí era el paraíso”.

A comienzos del pasado otoño Sabria se vio obligada a iniciar su primer viaje fuera de la comarca. Probablemente el último. “En Siria no queda nada, Siria se acabó”, suspira la anciana con una voz que se escurre como el hilo de agua de un grifo mal cerrado. En la casa familiar ya sólo vivían ella y su hijo Kanan con su mujer. Los hijos de éste habían escapado años antes a Alemania y Turquía. Sus hermanos también. Sabria era demasiado mayor para viajar, pero la situación era tan insostenible que no quedaba hacer otra cosa.

Los precios se multiplicaron por 10 y el pan escaseaba. Para conseguir una hogaza de pan había que aguardar tres, cuatro, 10 horas frente a la panadería, esperando siempre con el temor a un atentado.

“Teníamos más seguridad que en otros lugares de Siria, pero muchas veces explotaban bombas. Los partidos kurdos nos pidieron continuar con la vida habitual, pero los islamistas comenzaron a sembrar el terror”, explica Kanan. Militantes islamistas hacían pintas amenazadoras en las escuelas para que los niños no acudieran a clases. Se intensificó la tensión entre etnias –árabes, kurdos, turcomanos– y religiones –sunitas, alauíes, cristianos yazidíes– del municipio de Tirbespi.

“Nuestra localidad comenzó a dividirse y si los políticos locales no hubiesen intervenido, todo Tirbespi se habría enfrentado entre sí”. Kanan explica la situación mientras fuma y pasa las cuentas del rosario, sentado sobre un delgado colchón en el suelo de su pequeña morada, pero sin perder la compostura y elegancia, enfundado en un traje viejo pero impoluto. Era un hombre respetado entre su gente, en Tirbespi, donde representaba en el consejo municipal a una minoría dentro de la minoría que son los kurdos de Siria: los yazidíes.

Éstos, que no suman más de 700 mil personas en todo el mundo, son un grupo religioso que combina creencias basadas en el zoroastrismo y el islam sufí entre las que destaca la veneración por el Melek Taus, un ángel caído y después redimido por Dios al que consideran hacedor y protector del universo, por lo que son odiados como “adoradores de Satán” por los fundamentalistas musulmanes.

“En otros pueblos los islamistas arrasaron los barrios yazidíes. Sacaron todas sus pertenencias de los hogares y luego quemaron sus casas. En una aldea secuestraron a una familia yazidí, incluidos niños y mujeres, y los mataron a todos”, narra Kanan.

Los atacantes islamistas son de diferentes nacionalidades, asegura: “A veces sirios, a veces afganos e incluso europeos (…) La mayoría están fuera de sí, locos, inconscientes… muchos se abalanzan en los combates para morir los primeros –relata Kanan–. Tras una batalla, los milicianos kurdos capturaron a un yihadista que estaba llorando. Cuando le preguntaron ‘¿Por qué lloras? No te vamos a matar’, éste respondió: ‘Mis compañeros se han ido a ver a Mahoma y me han dejado atrás’.

“La única fuerza que nos defendía era la milicia kurda, pero no podía garantizar protección casa por casa”, lamenta.

Kanan decidió escapar. Pagó a otro hombre más joven para que cargase a hombros a Sabria y junto con un grupo de una veintena de refugiados cruzó la frontera hacia Turquía. De allá intentaron escapar varias veces sin éxito, hasta que finalmente, en diciembre, lograron de los traficantes un pasaje: 5 mil euros por cabeza para llegar desde las costas turcas hasta Italia. Los traficantes los condujeron en un vehículo durante nueve horas hasta una colina cerca del mar Egeo. De noche, cargando nuevamente a Sabria entre dos jóvenes, llegaron a un pequeño bote en el que navegaron hacia mar abierto. Allí debían tomar la embarcación que los llevara a la salvación.

Pero la nave, de bandera rusa y manejada por un capitán y dos tripulantes ucranianos, era un pequeño barco de paseo. Demasiado pequeño para los 94 refugiados –sirios y afganos–, que fueron encerrados en la bodega. Demasiado frágil para tamaña travesía.

Al cabo de unos días de navegación, cuando doblaron la costa sur del Peloponeso los sorprendió el temporal. El motor dejó de funcionar. Las olas sacudían el barco. El agua penetró hasta la bodega.

Sabria, empapada, tiritaba de fiebre, tenía calambres. Por momentos caía inconsciente, apenas podía respirar entre la multitud y el olor al gasóleo que se derramaba de los bidones por los vaivenes de la tormenta. Los niños lloraban abrazados a sus madres pensando que iban a morir. Tras un par de días a la deriva dos afganos consideraron que ya era suficiente y abrieron las puertas de la bodega.

“Al capitán le pusieron un cuchillo en el cuello y amenazaron con matarlo si no enviaba una señal de socorro”, relata Kanan: “Finalmente, tras captar nuestro mensaje de ayuda, llegaron dos buques mercantes y se pusieron a un lado y otro de nuestro barco. Sentimos algo que nos golpeaba”. Eran dos olas gigantes. Si no los hubieran protegido los buques, les dijo luego la Guardia Costera griega, el mar se hubiera tragado la vieja embarcación. “Ufff”, dice Sabria haciendo un gesto de dolor profundo: “Fue terrible. Me tuvieron que llevar al hospital porque estaba enferma”.

Intolerancia griega

De pronto se encontraban en Grecia. Vivos pero no cerca de su objetivo: Alemania, donde habita una importante comunidad yazidí y buena parte de su familia. La normativa europea obliga a los inmigrantes y refugiados a quedarse en el primer estado de la Unión Europea en el cual ponen pie o en el primero en el que los registre la policía. Si después son detenidos en otro país europeo, éste tiene derecho de devolverlos al país por el cual entraron.

Así pues Sabria y Kanan se vieron en una Atenas hostil, sumida en una crisis económica sin precedente en un país europeo desde la Segunda Guerra Mundial. Seis años de recesión, desempleo galopante, un Estado disfuncional incapaz hasta de garantizar que los hospitales tengan vendas o medicamentos. Un terreno abonado para la xenofobia y la violencia racista.

La casa en la que se instalaron es un miserable edificio –con los cristales rotos y las puertas destrozadas– no muy lejos del centro de Atenas. Un jitomate se pudre en las escaleras de acceso, no se sabe si porque se le cayó a uno de los inquilinos o porque lo ha lanzado algún griego del barrio a través de los ventanales agujerados.

El año pasado militantes del partido neonazi Amanecer Dorado atacaron con bombas molotov estas viviendas, hogar habitual de inmigrantes y refugiados. Algo que demuestra la falta de memoria histórica de algunos atenienses, pues el edificio, así como buena parte del barrio de Neos Kosmos (Nuevo Mundo), fue construido para albergar a los refugiados griegos y armenios expulsados de Turquía tras la Primera Guerra Mundial.

Los Camisetas Negras, grupos de choque de Amanecer Dorado, se han vuelto una pesadilla para los extranjeros en Grecia, y los ataques racistas en los últimos años se cuentan por centenares, varios de ellos con desenlaces fatales.

Tanta es la preocupación por los ataques, que la comunidad afgana de Grecia reparte entre los recién llegados mapas en los que están marcadas las zonas por las cuales no deben circular de noche, explica su presidente Yunus Mohammadi: “Es lo mismo que hacíamos en Afganistán con los trabajadores de la Cruz Roja, indicándoles los lugares a los que no debían ir a causa de los combates. Y aquí estoy haciendo lo mismo, en un país europeo”.

“En el último tramo de mi vida he vivido toda la miseria de la existencia. La guerra, el hambre, convertirme en una persona sin hogar, ser una extraña en otro lugar”, se lamenta Sabria. En enero, en la primera entrevista con Proceso, estaba desesperada. Como miles de refugiados que esperan en Grecia sus solicitudes de asilo, Sabria se sentía atrapada por la burocracia helena y europea.

Le quedan cuatro hijos de los nueve que parió; tiene 29 nietos y una miríada de bisnietos, la mayoría en Alemania. Su último deseo era llegar allí y abrazarlos, pues a muchos aún no los conoce. “Tengo miedo de morir aquí, en mitad del camino, sin mi familia”. Y se echó a llorar, enjugando sus cuencas hundidas por el tiempo con sus manitas frágiles, de arrugas centenarias.

Pero la historia de Sabria habría de tener un final feliz. Tras meses de espera y gracias al trabajo de varios periodistas, dipu­tados y asociaciones de derechos humanos, el presidente de Alemania, Joachim Gauck, accedió a intervenir en el proceso y conceder a Sabria el asilo en Alemania por razones humanitarias.

Según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, Sabria es la refugiada siria más anciana del mundo. El 17 de marzo ella y su hijo aterrizaron en el aeropuerto de Dusseldorf. En silla de ruedas fue trasladada a la salida, donde una veintena de familiares la esperaba. Entre ellos estaba una bebé de semanas, la última bisnieta de Sabria hasta el momento. Por primera vez en muchos meses y siquiera por unos momentos, la anciana siria pudo olvidar el mar. Sonreía.

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