El “desalojo blanco”

Con motivo del Mundial de Futbol 2014 y de los Juegos Olímpicos en 2016, las autoridades de Río de Janeiro y compañías inmobiliarias iniciaron proyectos de desarrollo urbano que ya están transformando el paisaje de la ciudad: lujosas zonas comerciales y de negocios se construyen en lo que eran, hasta ahora, barrios populares; hoteles y boutiques de lujo se levantan en favelas que gozan de “vistas maravillosas” sobre la bahía. Ello ha implicado el desplazamiento de 3 mil 100 familias pobres y la amenaza de expulsar a otras 7 mil 900.

RÍO DE JANEIRO.- Desde su ventana en la favela Providencia, en el centro histórico de Río de Janeiro, Marcia mira a los obreros que cargan tierra, ladrillos y madera: todo lo que queda de la casa de su vecino.

Marcia –de 54 años– es la única que aún vive en un pequeño edificio de tres pisos. Otras dos familias que lo habitaban fueron desa­lojadas hace un año. “No regresaron. Sólo sé que viven con unos familiares, lejos, creo que por Campo Grande, a dos horas de aquí”, dice.

Esas familias, presionadas, aceptaron recibir 400 reales (2 mil 332 pesos) de “renta social”, como la llaman las autoridades: una miseria para rentar un departamento en Río, una de las ciudades más caras de Latinoamérica.

En otros casos, los gobernantes prometen a familias que residen en favelas darles un departamento de 35 metros cuadrados a cambio de la demolición de su vivienda. Para ello deben aceptar irse desde ahora. El dinero, les dicen, se los darán después.

Los departamentos prometidos están en construcción, abajo de la favela, muy cerca de las vías del tren. Todo mundo fue a ver esos nuevos edificios, bonitos de lejos. Sólo cuando uno se acerca se da cuenta de que los ferrocarriles nunca paran y que el ruido es infernal. Aun así muchos los aceptaron.

Marcia cuenta que con 400 reales que les dieron a sus vecinos éstos “no encontraron nada para rentar por aquí”. La única solución es irse lejos y, si es posible, donde se tengan lazos familiares. El hijo de Marcia, Diego, de 22 años, creció con los hijos de los vecinos. Iban a la escuela, jugaban futbol en la calle y volaban papalotes. “Una vida de favela. Una vida de pobres que no tienen derechos. Es lo que siento. Lo que hacen con nosotros nunca lo harían en un barrio de clase media”, comenta la mujer.

A partir de 2008, en paralelo con el “proceso de pacificación” de las favelas, las autoridades de Río de Janeiro diseñaron proyectos de desarrollo urbano con la intención de erigir exclusivas zonas residenciales y lujosos malls para el turismo. Dichos proyectos han tenido en mente el hecho de que Río será sede de los grandes encuentros deportivos de la década: El Mundial de Futbol, que comenzó este jueves 12, y los Juegos Olímpicos de 2016.

Pero esos proyectos han tenido un costo social y humano: el desplazamiento de familias pobres de esas áreas, antes marginales y desdeñadas, y ahora codiciadas por las empresas inmobiliarias. De acuerdo con cálculos de la organización civil Comité Popular de la Copa de Río de Janeiro, 3 mil 100 familias ya fueron desalojadas y otras 7 mil 900 están en riesgo de serlo.

Las tres letras

El Departamento de Urbanismo de Río de Janeiro no parece preocuparse por los habitantes de las favelas. Cuando un proyecto urbanístico se aprueba, los pobladores no son consultados y ni siquiera informados. Reciben la noticia con tres letras pintadas en los muros de sus casas: SMH (Secretaría Municipal de Habitación).

Con esas letras el habitante de la favela entiende que su casa va a ser derrumbada, que llegarán unos funcionarios locales a convencerlo de que “estará mucho mejor en un departamento nuevo y que es mejor irse ahora que dan una ayuda”, porque “después quién sabe”, cuenta Eron César dos Santos, vecino de Providencia y quien también resiste la presión para que desocupe su casa.

En esta favela casi todas las viviendas están marcadas con las tres letras. Entre ellas hay un espacio vacío dejado por una casa que fue derruida y cuya familia “tuvo miedo o no pudo resistir”, comenta Dos Santos.

En un pequeño bar de la comunidad, también señalado, los asiduos manifiestan su sorpresa por el interés que despierta la zona. “Hasta hace algunos años nadie se interesaba por nosotros. Estábamos totalmente olvidados. Pero poco después del proceso de pacificación vinieron a marcar las casas, a hacer proyectos”, cuenta Regina, propietaria del bar.

A la fecha, los habitantes de ese barrio no saben cuál es el proyecto por el que tienen que dejar sus casas. De poco sirve preguntar directamente al arquitecto Antonio Augusto Veríssimo, coordinador de Proyectos para la Municipalidad de Río. En entrevista, el funcionario responde con generalidades: “Nuestro objetivo es mejorar la vida de los habitantes con la llegada de servicios como el teleférico. Aparte, queremos valorizar el patrimonio histórico de Providencia. Como algunas casas están muy cerca de este patrimonio se tienen que derrumbar”.

Pero el teleférico ya existe. La casa de Marcia queda enfrente de él y no impide su funcionamiento, como tampoco las otras construcciones de esa calle. Arriba hay una pequeña capilla, cuyo “valor histórico” es el pretexto para destruir todos los hogares de alrededor.

Para los turistas

Roberto es uno de los pocos habitantes que sí vio información. Él observó un proyecto turístico para la favela Providencia en el sitio web de la futura Ciudad Olímpica Río 2016, sólo que días después el documento fue borrado. Providencia está en un lugar “estratégico” para la renovación de la ciudad.

De un lado se construye el proyecto Puerto Maravilloso; es decir, la metamorfosis del malecón en un nuevo barrio de negocios y turismo. Del otro lado está la nueva Ciudad de la Samba, que agrupa todas las escuelas de samba y propone mostrar a los visitantes los carros alegóricos, fantasías y hasta espectáculos para “vivir todo el año el carnaval”, según la publicidad. En medio, Providencia es como una atracción suplementaria para mostrar una favela… pero sin habitantes.

“En el sitio de internet se podía ver que nuestras casas eran meras tiendas para turistas con pequeños hoteles. Y claro, los viajeros llegaban desde los barcos al puerto y subían por este teleférico”, dice Roberto, mostrando el famoso medio de transporte inaugurado en diciembre de 2012 pero que sólo empezó a operar hace unos días, en coincidencia con el arranque del Mundial.

“Están esperando a los turistas… No van a gastar electricidad para nosotros. Pero destruyeron la única plaza pública de la favela, donde jugaban los niños”, añade Marcia.

El arquitecto Veríssimo asevera que nunca ha visto ningún proyecto turístico presentado en sitio web alguno. Tampoco reconoce que el desalojo de los habitantes de la favela Santa Marta, en la zona sur de la ciudad, tenga que ver con el turismo. Pero cualquiera que sube descubre que la increíble vista que abarca todas las playas de Copacabana, Ipanema y la bahía de Guanabara, vale oro. Además, desde lo alto del cerro que ocupa esta favela se puede llegar a pie al Cristo del Corcovado después de realizar una maravillosa caminata.

Los habitantes de Providencia y Santa Marta viven casi la misma historia: hasta hace pocos años eran zonas famosas por el tráfico de drogas. Ahora son los desarrolladores inmobiliarios los que quieren tomar los espacios.

En el caso de Santa Marta, la Secretaría Municipal de Habitación pintó sus tres letras en las 150 viviendas del pico del cerro, justo el lugar de la mejor vista. Argumentó que había “riesgo de deslizamiento”.

“Si el pico de Santa Marta está en riesgo de alud, entonces casi todas las favelas de Río también lo están. Y la municipalidad no tiene sitio para ofrecerle a todo el mundo. Sería mejor que consideraran nuestras alternativas”, explica Itamar da Silva, habitante de Santa Marta y director de la organización civil Ibase.

Las alternativas propuestas (reforestación, infraestructura para la captación y almacenamiento de agua, etcétera) fueron rechazadas sin explicación por las autoridades.

Como los habitantes no quieren irse, la municipalidad les impide ahora reparar sus viviendas. “Es decir, supuestamente se preocupan por nosotros, pero no puedo hacer nada si mi casa se está cayendo”, reclama Eduardo da Costa, quien nació hace 50 años en el pico de Santa Marta.

Muestra de clasismo

En las favelas de Río de Janeiro, por lo tanto, está creciendo el llamado “desalojo blanco”, en referencia al mercado inmobiliario dominado por personas rubias, que desemboca en la expulsión de los habitantes de piel morena de las favelas.

La especulación ha provocado que mucha gente vea a las favelas como un lugar para vivir. “Si el aumento de las rentas es de 50% en las zonas más privilegiadas de la ciudad, en las favelas el aumento fue de hasta 200%”, detalla la investigadora en urbanismo Neiva Vieira da Cunha.

No todas las familias en riesgo de desalojo se encuentran en favelas. Muchas otras viven en la zona del puerto, que era un barrio popular, con rentas baratas. Ahora casi todas sus calles están en obra para edificar el plan Puerto Maravilloso.

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