El gol de los vencidos

MÉXICO, D.F. (Proceso).- Con el mundo girando en torno a un balón y con las obligadas criticas por el ofensivo derroche que la Copa de futbol le está costando a Brasil ‒se habla del mundial más oneroso de todos los tiempos con una inversión de 15 mil millones de dólares‒ se antoja recordar la figura de un futbolista que fue capaz de jugarse la vida en aras de su dignidad y de la de su expoliada patria. Razón de sobra para contraponer su ejemplo con aquel de los jugadores estrella de nuestra época quienes, casi por norma, se comportan como divas merecedoras de salarios exorbitantes y como meretrices de la FIFA. Y, por qué no, para ponerles una pica en Flandes a los futbolistas mexicanos que se venden a los capitales que los alimentan sin hacer acopio del poder que ostentan para cuestionar la trágica andadura por la que nuestro país transita. Pero antes de abordar al personaje será conducente desvelar el contexto histórico en el que la acción anunciada tuvo lugar. Trasladémonos pues, ingrávidos y expectantes, a los lugares de los hechos.

Viena sin los Strauss es como Austria sin el Danubio. Esta frase de Berlioz nos da la pauta para entender el fenómeno sociológico que se gesta en la capital del Imperio Austrohúngaro merced a las contribuciones que la familia de músicos ‒Johann Strauss I funda la dinastía, entre los que se cuentan los vástagos Eduard, Josef y Johann II, siendo éste el de mayor notoriedad por su medio millar de composiciones‒ le dedica a la forma musical austriaca por antonomasia, es decir, el vals. Al ritmo de sus pegajosos compases ternarios nace, crece y muere la sociedad austriaca del decimonónico y, casi de inmediato, el vals se baila y se imita en el resto del planeta. De orígenes campesinos y empartentado con los ländler de finales del XVIII ‒otra danza folklórica austriaca‒, el Wiener Waltz se convierte en el baile más socorrido por burgueses y aristócratas, además de trocarse en el producto autóctono de mayor impacto en la cultura universal. Como dato de futura importancia, por las venas de la familia Strauss corre sangre judía.

Los albores del siglo XX ven nacer al astro. En febrero de 1903 se asienta en el registro civil de Iglau, actual república checa, el natalicio de Matthias Sindelar, quien desciende de una familia de origen moravo y extracción hebraica, aunque con diversas conversiones al catolicismo. La infancia de Matthias está marcada por las estrecheces ya que su padre es un herrero mal pagado. Con la miseria a cuestas la familia Sindelar emigra a Viena donde se espera que mejoren las condiciones de vida. El niño Matthias tiene entonces tres años de edad. En las calles del barrio obrero vienés el incipiente deportista aprende a dominar el balón y apenas entra en la pubertad es admitido como jugador profesional en el equipo Hertha Wien. Su capacidad muy pronto lo hace acreedor del apelativo de “Mozart del Futbol”, no sólo por su precocidad sino por la elegancia de sus movimientos. A partir de 1926 juega para la selección nacional y sus proezas fundamentan las victorias del equipo. En los marcadores de los primeros encuentros que protagoniza destacan golizas memorables. Con él como delantero central se anotan los triunfos de 7-1 sobre Suiza, 4-0 sobre Francia, 8-2 sobre Hungría y las dos derrotas más vergonzosas de Alemania: 5-0 en Viena y 6-0 en Berlín. Como es de suponer, al equipo austriaco se le confiere el título de Wunderteam, o equipo maravilla, mientras que para los alemanes hay rechiflas y medianías. La arrogancia germana no tardará en corregir la situación para consolidarse como la “imbatible” raza superior. Para acabar de fraguar la desgracia en ciernes, Sindelar no acepta la invitación del Manchester United e inicia una relación amorosa con Camilla Castagnola, una prostituta italiana de neta filiación judía.

El ascenso al poder del régimen nacional socialista. Una vez en control de los destinos de Alemania, los encargados de la propaganda del partido nazi se dan a la tarea de cooptar las actividades que les representen mayores beneficios. Como primera enmienda, el partido se echa a cuestas la subvención integral de la Orquesta Filarmónica de Berlín que, desde los estragos de la Primera Guerra Mundial, estaba al borde de la quiebra. Naturalmente, a los instrumentistas judíos se les despide registrándolos en la lista de las inminentes deportaciones. Al mismo tiempo se veta la ejecución de la música “degenerada” y de aquella producida por compositores judíos. Los nombres de Mendelssohn, Offenbach y Mahler desaparecen dentro de las programaciones sinfónicas y para remediar lo concerniente a la música compuesta por alemanes sobre poemas escritos por judíos, se procede a la eliminación de las partituras originales y se editan las nuevas que deberán subsanar el equívoco. Para ejemplificar, los lieder de Schubert y Schumann sobre poesías de Heine dan paso a las ediciones donde el autor del texto es anónimo. En cuanto al caso de los Strauss la veda es mañosamente pasada por alto dadas las cuotas millonarias que ingresan por derechos de autor. Empero, para disimular los rastros sanguíneos, el acta de matrimonio donde se lee que el abuelo de Strauss I era de religión judía se corrige y se archiva lejos de miradas inquisitivas. Con respecto al futbol como vehículo supremo de propaganda las medidas también serán extremas: deshacerse de los indeseables e incorporar a los mejores jugadores del Wunderteam a las filas de la escuadra alemana.

Austria desaparece como nación. Consumada en marzo de 1938 la anexión del territorio austriaco a los dominios del Tercer Reich, quedan únicamente tres meses para que la selección germana se perfile como vencedora del mundial de ese año. Tristemente en el del 1934 el equipo apadrinado por Hitler a duras penas había llegado a la semifinal siendo derrotado 3-1 por Checoslovaquia. Y aquí es de recordar que Italia ‒la vencedora de esa segunda Copa‒ logró colarse a la final después de haber “ganado” de forma espuria ante Austria, ya que Mussolini había dado la orden de que su equipo, sin importar los medios, se coronara. Al entrenador de la selección le había espetado: “Si Italia pierde a usted lo fusilo”. Por tanto, para los nazis no podía haber mejor opción que hacer pasar por alemanes a los austriacos mejor dotados, con Sindelar a la cabeza. Paradójicamente, ningún jerarca imagina que sus medidas encontrarán resistencias…

El partido de la victoria mortal. Un mes después de la inmisericorde anexión territorial los ideólogos nazis organizan el partido “amistoso” entre Alemania y Austria que ha de marcar la despedida de los allanados del mapamundi. Por razones obvias, el encuentro se planifica dentro del estadio Prater de Viena y a los jugadores austriacos se les dice al oído que es aconsejable que se dejen ganar. Así las cosas, con el estadio a reventar y los ánimos encendidos, transcurre el primer tiempo. El marcador 0-0. Es de anotar que antes de iniciar el juego, al momento de hacer el saludo nazi, Sindelar y su amigo Karl Sesta, también delantero, fueron los únicos que no levantaron el brazo. Cuando se disputa el segundo tiempo un impulso misterioso compele al “Mozart del futbol” a revalorar su identidad anotando un gol en la portería germana. La afrenta es inadmisible y en la tribuna nazi se fruncen ceños. No obstante, ya encarrilados en la reivindicación nacional, Sesta coloca un segundo gol que es inapelable. Mientras la multitud grita ¡Östereich, Östereich! los representantes del III Reich se secretean para elucubrar la punición merecida. No es concebible que estos brotes de rebeldía tengan lugar frente a sus narices… Cuando todo está perdido para Alemania, ocurre lo inenarrable: Sindelar se planta ante la tribuna nazi y, con la elegancia de su hombría enardecida, baila un vals mudo que la turba relaciona con las creaciones más queridas de los Strauss. El corazón de muchos se inflama recordando el vals “Sangre vienesa”…[1]

Un corolario previsible. Con miras a la Copa de 1938 el equipo alemán redobla sus esfuerzos pero no consigue que Sindelar se incorpore. Siempre tiene una excusa lista y cuando se le acaban opta por esconderse. Iniciado el campeonato Alemania es eliminada en la primera ronda y la Gestapo cumple a cabalidad con su tarea. Una mañana de enero de 1939, los cuerpos de Matthias Sindelar y Camilla Castagnola aparecen exangües y como causa de la muerte se aduce una inhalación accidental de monóxido de carbono. A sus funerales acuden 15 mil aficionados que esparcen flores y ondean banderas.

Tornase imperativo el cuestionamiento: ¿No sería deseable que la lección de Sindelar cundiera en las nuevas generaciones de futbolistas y que cada uno impugnara los autoritarismos que imperan en sus países? ¿No lo están haciendo ya algunos brasileños como Romario para manifestar la inconformidad popular? ¿No podrían los mexicanos, por ejemplo, sacar a relucir las corruptelas de sus “dueños” y agremiarse? ¿No estarían entonces envestidos con autoridad suficiente para poner en tela de juicio las reformas que promueve el gobierno presidido por el pequeño autócrata de Atlacomulco?

[1] Se aconseja su audición pulsando la ventanilla de audio. Johann Strauss II: Vals “Sangre vienesa” op. 354. (Orchestra della RAI di Milano. Sergiu Celibidache, director. CURCIO EDITORI, 1989)

Comentarios

Load More