Por una zoofilia sin moralejas

Tiempo ha que esta columna buscaba la manera de acercarse al reino animal, pero no hallaba la ocasión propicia, ni la forma de hacerlo. Muchos habían sido los estímulos para intentarlo, no sólo por el enorme acervo musical que tiene a los animales como fuente de inspiración, sino por un reiterado pedido hecho por la prole del responsable de este texto.

Sin embargo, el actual debate en torno al empleo y abuso de los animales en los circos destraba la iniciativa y, por una fortuita añadidura, sirve para cumplir con una promesa largamente pospuesta. Que sea éste, pues, el momento y que la empatía logre fluir con el interés que pueda suscitar el tema.

Es necesario aclarar que la acepción del término adoptado en el título se inclina por la verdadera etimología griega, es decir, la del amor por los animales. Desechamos de inmediato la connotación que recibe hoy la zoofilia en el sentido perverso que conocemos. Dicho esto es pertinente traer a colación los hechos que motivaron la citada promesa: serán tres años que cundió por los medios la noticia del militar que colgó a un cachorrillo de perro de un mástil y eso bastó para que las pesadillas nocturnas se aposentaran sin tregua en el ámbito familiar. A ese acto ignominioso se han sumado muchos más que han venido a agravar la reacción que genera la crueldad en el ánimo infantil. Podemos anticipar esas variantes de la pregunta que han roto los telares de su inocencia: ¿Cómo es posible que se maltrate a un ser indefenso? ¿Cómo puede concebirse que alguien no sienta ternura por un animalito –en referencia obvia a las mascotas– que lo mejor que sabe hacer es prodigar amor incondicional?

En fin, a eso incluyámosle las últimas imágenes que circularon en las redes sociales, las de un adolescente que hacía gala de hombría retratándose con un perro al que había clavado a una cruz. O las del oso al que le habían arrancado la mandíbula inferior. O las de la leona reducida a piel y huesos al cabo de sus cautiverios circenses. Y así, hasta esa saciedad incómoda donde lo único que resta es levantar los hombros ante la inabarcable estupidez humana. Somos la especie que más porquerías comete y nos arrogamos, sin dudarlo siquiera, el derecho a poseer, matar, torturar, y tantos otros etcéteras… Con esto puede entenderse el contenido de la promesa: versar sobre el amor que muchos compositores le han profesado a los animales, para así contrarrestar la inaceptable violencia a la que, por tradición, se les somete.

En cuanto al debate sobre la prohibición de usarlos dentro de los circos, huelga decir que esta columna se inclina por suscribirla, y no sólo ésta, sino todas aquellas donde al animal se le dispense un tratamiento que ningún ser humano quisiera para sí mismo. ¿Por qué entonces tendría que ser distinto? ¿No reside ahí un postulado fundamental de la bioética? ¿Nos gustaría que hubiera una raza más fuerte que nos hiciera lo mismo que les hacemos a ellos?… Mas no nos extendamos en argumentaciones, agreguemos únicamente que la acción de convertir el asesinato de un animal en espectáculo –llámese tauromaquia o peleas de gallos, o lo que sea– nos parece de una vileza inadmisible. Por no hablar de la cacería o de las mutilaciones con fines estéticos. Y, en un arrebato de genuino pacifismo, tampoco creemos que sea moralmente sostenible enjaular animales, ni sacrificarlos, ni convertirlos en alimento, ni usarlos como conejillos de Indias, ni cruzarlos con fines monetarios, ni sacarlos de su hábitat, ni hacer de sus pieles un escaparate de vanidad humana, ni, ni, ni… En suma, abanderamos la sentencia de que nuestra superioridad cognitiva nos obliga a proteger y respetar a los más indefensos. Esa sería una de las salidas para iluminar los lados más oscuros de nuestra especie bípeda.

 Ahora bien, ante la imposibilidad de abordar la vasta producción musical con evocaciones animalescas o programas zoológicos, optemos por la más perfecta, y mejor aún, honremos la memoria de su hacedor, congregando a las especies que cobran vida en su partitura. Digamos como preámbulo a la función, que en la música de Occidente podemos encontrar referencias de toda laya: desde retratos sonoros de aves y felinos, hasta lienzos acústicos donde resuenan imitaciones de ladridos, balidos, maullidos e, incluso, cantos de ballenas. Por último, acertemos que el sujeto que centró estos ingeniosos pensamientos musicales en la fauna, supo captar que una de las bestias que mejor podían integrar su fábula melódica era el ser humano, amén de haber declarado repetidamente que prefería la compañía de los animales a la de sus congéneres y parejas. Se trata, para decirlo pronto, de Camille Saint-Säens y de su Carnaval des animaux.

La algarabía inunda la carpa y en las tribunas vemos cómo se acomoda, en ordenados grupos, el inusitado auditorio. Sobre la reforzada gradería se sientan elefantes y tortugas, más allá se acomodan los canguros y los hemiones. En lo alto se instalan cucús, gallinas y una indescriptible parvada. También hay un remanso de agua donde aguardan peces diversos y un cisne. Como invitados especiales tenemos a los renacuajos paseadores de Silvestre Revueltas y a las palomas huilotas de Aniceto Ortega, son ellas las que llevaron la invitación ultra oceánica. Al filo de la última llamada hace su ingreso, con su marcha propia, el león. Una vez que el silencio se compacta aparece el narrador que llega para recitarle a este inusual público una historia que sí vale la pena que escuche. Lo hace para que entienda la sorpresa que se le tiene reservada.

Y dice así con su voz capretina: Había una vez un flautista, alumno estrella del Conservatorio de París, que realizó su examen profesional con maestría. Además de obtener la mención honorífica fue abordado por un manager prominente. Dada la excelencia del joven músico era natural que se le ofreciera un contrato con la agencia de conciertos. Los términos eran estimulantes: cinco recitales con honorarios de lujo. Con esa perspectiva por delante el flautista redobló su estudio e hizo de sus presentaciones verdaderas proezas. Ovaciones a granel y filas inmensas para obtener sus autógrafos. No obstante, al final del primer año el manager lo interpeló para decirle que las cosas no marchaban –por el desmantelamiento de los presupuestos estatales– y que para el año siguiente sólo podía ofrecerle dos conciertos. Eso sí, tan bien pagados que le darían para mantenerse a flote. El flautista siguió estudiando con ahínco y acabó sus presentaciones con éxitos arrolladores. Al final de ese año el balance era lúgubre y el manager le confesó que temía por su agencia; tendría que cerrarla si las cosas no mejoraban. Para él nada más había un concierto en la Sala Pleyel. Como era de esperarse, al final el manager cerró el negoció y al flautista se le deseó buena suerte. Con su talento no tendría dificultad para encontrar empleo. Pero la  cuestión no estaba fácil. Acudió primero a las orquestas y en todas le dijeron que estaban despidiendo personal. Fue después a las escuelas de música y se topó con lo mismo. Vinieron entonces las solicitudes para tocar en restaurantes donde se repitió la escena. Con una creciente depresión estuvo dispuesto a rebajarse tocando música de circo. Acudió al que ahora nos reúne y en la entrevista con el dueño resultó que sí podía darle trabajo pero no como músico. Había muerto el oso y, si quería, podía ocupar su lugar disfrazándose. Con la miseria experimentada se inclinó por el sí. Empero, hubo una recomendación previa a esta función que está a punto de comenzar: el número del oso consistía en salir a la arena para retozar y hacer cabriolas con las fieras, pero como éstas eran sus amigas no había de qué preocuparse. “¡Démosle un aplauso…!”, pide entonces el atiplado narrador.

Ya disfrazado, el flautista camina en la arena mientras se elevan por los aires los rugidos de las fieras cautivas. Cuando se coloca en el centro se abren las jaulas y salen disparados hacia él los tigres, los pumas y los leones, todos con las fauces abiertas. En la dicotomía de conservar el nuevo empleo o salvar la vida opta por salir huyendo… En ese momento es detenido por un imponente puma que se le acerca al oído para decirle, al tiempo que se levanta la careta: “No te preocupes, somos todos pianistas”.

1. Se recomienda la audición de algunos de estos retratos musicales de la obra zoológica de Saint-Säens. Encuéntrelos en la página: proceso.com.mx

2. La pieza puede escucharse en el mismo sitio electrónico.

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