“El trovador” en Bellas Artes

Un año tuvo que esperar el público amante de la ópera de la Ciudad de México para poder ver en vivo a Ramón Vargas en Il trovatore (1853), de Giuseppe Verdi (1813-1901).

Programada el año pasado, Vargas canceló por una operación de rodilla que le impidió participar en la obra, pero el pasado 29 de junio por fin pudimos escuchar al famoso tenor. Envuelto en el escándalo de si se debe o no auto programar, siendo el mismo Vargas director artístico de la Ópera de Bellas Artes, finalmente salió al escenario y cantó los dos primeros actos, luego de lo cual se anunció por el sonido local que la función continuaría sin Vargas por agobiar a éste una crisis alérgica.

Más llena de sombras que luces esta primera función de El trovador; caótica y oscura la “iluminación” de Ángel Ancona. Prácticamente no hubo dirección escénica (encomendada a Mario Espinosa, quien encabezó un nutrido grupo de costosos asistentes), el vestuario de risa, la escenografía horrenda y estorbosa. Además, falta de orden: el público salía y entraba haciendo ruido en los entreactos pues no sabía que no habría más que uno solo de ellos, mientras la luz de sala se prendía, pero poco…

Abucheada la soprano Joanna Parisi (quien el año pasado tampoco convenció). Y si en 2013 fue tan mal recibida por el público la “propuesta” pseudo-futurista de Espinosa, ¿por qué recetárnosla de nuevo? Resultado: Que esta vez gustó menos, y con la repentina cancelación de Vargas estuvo a punto de estallar la bronca. Sobre esta puesta, hace un año escribimos aquí: “¿Por qué un director escénico en vez de sólo dirigir la obra se siente con el derecho de reinventarla, casi siempre con muy lamentables resultados? (…) Una puesta escénica caótica, llena de pifias, y carente en todo momento de verdad escénica.”

A la rumana Elena Cassian se le encomendó el rol de Azucena, la gitana madre de Manrico. Bastante buena su participación, pero el público (que finalmente tiene la última palabra) no otorgó ni un aplauso a su aria “Stride la vampa”. Los ánimos estaban encendidos.

Un gusto y un placer escuchar al español Rubén Amoretti en el papel de Ferrando; el bajo viene a México con cierta regularidad y cada vez lo escuchamos cantar mejor, sus graves se han asentado. George Petean, el rumano que tanto gustó en León, Guanajuato, cuando cantó el Rigoletto de Verdi, refrenda acá que es uno de los mejores barítonos del momento; cantó en Il trovatore el rol del malvado Conde de Luna, por escucharlo valió la pena ir a la función. Este par de excelentes cantantes literalmente salvaron la función, y el público los premió con largos y calurosos aplausos.

Ramón Vargas fue sustituido por José Luis Ordóñez, miembro del segundo elenco y virtual cove; lo hizo muy bien, aunque un poco varado, tieso, se le veía nervioso, cómo si no estaba en medio del ojo del huracán. Por su arrojo y correcta participación contribuyó al salvamento  de la obra que, sin embargo, será recordada como caótica.

Así es esto de la ópera, un espectáculo que enciende pasiones.

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