Arte extremo en pos de la democracia

PEQUÍN.- Es bajito y enjuto. Extremadamente educado, habla pausadamente y baja el tono hasta lo inaudible en las respuestas largas. De vez en cuando su sonrisa muestra una dentadura caótica y enlutada por el tabaco. Sólo la colección de cicatrices revela que de He Yunchang sale el arte más extremista en China.

Llamó “Un metro de democracia” a su obra icónica. Reunió a 25 amigos y les preguntó si querían que se cortara con un cuchillo desde la clavícula al muslo. Tres rondas de votaciones después, el escrutinio arrojaba 12 sí, 10 no y 3 abstenciones. Un médico efectuó la incisión de un metro de largo y medio centímetro de profundidad. Algunos de los que habían votado por el sí no lo pudieron soportar: salieron de la sala mientras He pedía al azorado galeno cortes más rotundos y encadenaba alaridos de dolor.

El performance terminó con una foto: él desnudo y malherido rodeado del sonriente público.

“Es un drama que mi generación no vaya a conocer qué es la democracia, pero será peor que no la conozca la siguiente. Estaba jugando con mi hijo de un año y pensé que sería un buen regalo para él”, explica.

Esa obra evidencia un par de cosas. Primero, que He carece de límites para expresarse. Segundo, que hay en él hondura, intención y arte. He es reverenciado por el gremio local, acumula dos décadas de experiencia, ha trabajado en Estados Unidos, Europa y Australia, es el referente de los performances artísticos en China. No es un descerebrado sacado de Jackass.

El dolor es el elemento común a su obra. No es el objetivo, sino el precio que paga por expresar su preocupación por el mundo. A He le duelen menos sus heridas que la deriva de su país. “China se ha desarrollado muy rápido en las últimas décadas, pero sólo en aspectos materiales, no en el arte, la imaginación y otras cuestiones espirituales”, sostiene.

Dice que con su sufrimiento sólo pretende experimentar y sentir, no impresionar, pero es inevitable. Cuando todo el país se concentraba el 8 de agosto de 2008 en la inauguración de los Juegos Olímpicos de Pequín, He esperaba en un quirófano a que le extrajeran la octava costilla para hacerse un collar (el ocho es el número de la suerte en China).

También ha “dividido” el caudal de un río colgado boca abajo de una grúa con la sangre que brotaba de las incisiones de sus brazos durante media hora. Una “herida” infligida al río, según sus cálculos, de 4 mil 500 metros de largo. Se ha destrozado los ojos frente a decenas de focos, encerrado en un cubo de cemento rápido, quemado las ropas con un mechero hasta quedarse desnudo en recuerdo a las protestas tibetanas y ha pintado las uñas a decenas de modelos con su sangre.

“Mensaje político”

Alessandro Rolandi, artista multimedia y curador focalizado en el arte como práctica social, describe la obra de He con tres palabras: “Integridad, honestidad y autenticidad”.

“Es importante por el contexto, porque no ha buscado la notoriedad ni el dinero. Eso no es muy habitual aquí, donde reina el pragmatismo. Encarna lo que debería ser el arte moderno: alguien que piensa lo que quiere, va por ello y paga las consecuencias”, continúa Rolandi, experto en el arte moderno chino.

He no es un innovador: el dolor autoinfligido ya se experimentaba en performances muchos años atrás en Occidente y hubo incluso defunciones. Pero el cuadro político y social chino es muy diferente al occidental.

“Herirse, automutilarse… son declaraciones políticas. Cuando utilizas tu cuerpo para expresiones tan estruendosas, especialmente en un país sin tradición cristiana, estás lanzando un mensaje político clarísimo”, aclara Rolandi.

He rehúsa revelar el significado de sus obras: “Prefiero que cada uno saque sus propias conclusiones”, zanja.

Rolandi opina que colocarse frente a una plataforma de luces metaforiza el efecto cegador del Partido Comunista de China y salir de un bloque de cemento después de una noche representa la opresión bajo las fuerza de la autoridad.

Su obra no persigue cambios radicales, dice. “Soy artista y no me interesa mucho la política, pero sí necesito empujar al gobierno para que mejore. Su colapso sería fatal para la gente. Uno de cada cinco habitantes en el mundo es chino, así que es importante que esto funcione. China es mi país, aquí nací y aquí moriré; quiero ver cómo cambia. Pero prefiero que mi hijo vea más mundo”, sostiene.

He, de 46 años, obtuvo la licenciatura en pintura al óleo en el Instituto de Arte de Yunnan y pronto vio que los performances eran el mejor vehículo para expresarse. En su primera obra lanzó dinero desde la ventana para criticar las olas de despidos en empresas estatales que siguieron a la apertura económica.

Desde entonces no ha parado: realiza un par de actuaciones anuales, porque necesita pensarlas y recuperarse. “No es sólo una cuestión física, las heridas sanan rápido, pero la mente necesita más tiempo”, asegura.

Su estudio está en Caochangdi, un barrio de artistas en el norte de Pequín que, por sus espacios amplios y diáfanos, remite al Soho neoyorquino de los ochenta. Aquí trabajan desde artistas consagrados como Ai Weiwei, más célebre por su disidencia, hasta quienes intentan abrirse camino.

“Sin límites”

El arte chino ha vivido unos años de expansionismo desaforado que ha llevado a muchos a hablar de “la otra burbuja”, en paralelo a la urbanística. Muchas de las obras récords en subastas de Christie’s o Sotheby’s son de artistas que vivían poco antes en cuchitriles.

El dinero no ha alcanzado al sector de los performances, aún en pañales. En China muchos creen que He sólo es un loco. Él envidia la madurez del público en otros lugares del mundo. “Sí, tengo varios premios, pero no entro en la competencia por ver quién consigue lo más impactante. Tampoco me interesa la comercialización. Llevo una vida sencilla y no necesito lujos. Somos pocos en el sector de los performances, pero no nos pararán”, promete.

No sabe hasta cuándo seguirá con sus actuaciones y descarta el miedo a que algún día le sea imposible continuar. “Sólo me interesa lo que siento yo, no pretendo impresionar a nadie”, insiste.

En el pasado las ansias experimentales de los artistas chinos soliviantaron a las autoridades del país. Un reportaje emitido en una televisión inglesa en 2002 mostraba la corriente definida como “Sin límites”: Yu Ji se encerraba desnudo un día entero en una jaula de cristal con pollos, Gao Feng bebía de una botella con un pene dentro y Yuan Cai y Jian Ji Xi corrían desnudos por Londres con un osito de peluche.

Pero los titulares se los llevó Zhu Yu, el artista caníbal, por su performance “Comiendo gente” expuesta en la Bienal de Shangai: cocinaba al horno un feto humano conseguido en un hospital, lo servía en la mesa, trinchaba y comía por partes. En una actuación anterior había pagado a una prostituta por dejarla embarazada y abortar. Zhu dio de comer el feto a un perro.

La emisión llevó a su punto más álgido el viejo debate sobre los límites entre provocación y arte. Decenas de espectadores bramaron contra el reportaje, una diputada conservadora lo calificó como “contrario a las enseñanzas de Jesucristo”, la embajada china en Londres dijo que “había dañado muchísimo” la imagen del país y Pequín anunció penas de diez años de cárcel a los artistas que experimentaran con cuerpos humanos.

“No actuábamos como una reacción al sistema opresivo chino. Se escucharon muchas teorías, pero que eso pasara en China fue anecdótico, el arte surge en cualquier parte. No queríamos impresionar, sólo hacer algo nuevo”, contaba Zhu a este corresponsal en 2007, cuando ya había regresado a la pintura al óleo.

Ni las ocasionales críticas políticas de He ni su arte extremo han llamado aún la atención de la policía. Por si acaso, acostumbra celebrar sus performances en espacios cerrados y privados, entre amigos y sólo después los divulga en grabaciones y libros.

La policía china puede cerrar una galería de arte si muestra algo tan inofensivo como un Mao dibujado con orejas de Mickey Mouse, pero las críticas políticas más sesudas son posibles siempre que no lleguen al gran público.

Por sobre todas las cosas He detesta que lo interrumpan en plena actuación, como le ocurrió un par de veces en Estados Unidos. La policía neoyorquina no apreció ningún arte en un tipo pretendiendo jugar desnudo mahjong (dominó chino) durante 24 horas en un parque. Por el temor a no ser interrumpido sólo le cuenta a su sufrida madre lo que ha hecho cuando ha terminado.

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