“La Bohème” en el Auditorio

El triunfo no le llegó fácilmente a Giacomo Puccini (1858-1924): sus dos primeras óperas tuvieron escaso éxito, pero la tercera, Manon Lescaut (1893), ya fue un suceso. Y la siguiente, La Bohème (1896), en la que trabajó durante cuatro años, es según algunos expertos la ópera con más de 400 representaciones al año, lo que significa que en promedio no hay día que no se presente en algún lugar del planeta.

Con ella marca el inicio de su colaboración con los libretistas Luigi Ilica y Giuseppe Giacosa, quienes escribieron los libretos de tres óperas suyas más. La Bohème se basa en Escenas de la vida de bohemia, de Henry Murger (1822-1861) y está organizada en cuatro cuadros (que no actos, como señala atinadamente el maestro Jesús García). Hay que decir que Rugiero Leoncavallo, el famoso compositor de I Pagliacci, es autor de otra versión operística de La Bohème estrenada al año siguiente de la de Puccini.
El pasado viernes 11 de julio la presentó la OBA (Ópera de Bellas Artes) en el Auditorio Nacional –totalmente lleno–, un éxito inobjetable con sus negritos en el arroz, que nunca faltan, como el hecho mismo de ser en el Auditorio, es decir con micrófonos, y esta vez no nos pareció correcta la sonorización; se oía bajito el sonido, la orquesta muy en segundo plano, mal microfoneo en general. El elenco, encabezado por Aihnoa Arteta (País Vasco, 1964) canta de maravilla, pero por su edad cuesta creerle cuando actúa la Mimí. Errores graves de dirección, por ejemplo: Mimí en el tercer cuadro ya se nos presenta notablemente demacrada, pálida, muy ojerosa, consumida por la enfermedad, le quedan sólo algunas semanas de vida, pero en esta puesta sale muy rozagante salvo por unas toses esporádicas que no la hacen parecer enferma. Una falta de verdad escénica.
Ramón Vargas (D.F., 1960) cantó como los mejores el personaje de Rodolfo. Esta obra le viene como anillo al dedo y aquí sí demostró por qué se le considera uno de los grandes tenores del momento. La Bohème está plenamente dentro de su tesitura y sus habilidades.

El pintos Marcelo le fue encomendado a George Petean (Rumania, 1975), si en Il Trovatore gustó muchísimo, aquí refrendó su éxito reciente y convenció no sólo por su canto, sino también por su juvenil actuación.
Musetta la cantante fue interpretada por la soprano chihuahuense Marcela Chacón, quien como pasa a menudo estuvo a punto de “robarle” el triunfo a la soprano principal.
La puesta en escena, muy conservadora y apegada al libreto original, cual debe de ser, fue de Luis Miguel Lombana. Escenografía y vestuario de Nicola Benois. Aquella, la misma de los últimos tres años, pero bella y funcional.
La dirección musical del director titular de la OBA, el maestro Serbio Sbra Dinic, muy correcta, apasionada, arropó muy bien a los cantantes dentro de un marco de sonorización artificial enrarecida. Es evidente que orquesta y nuevo director se van entendiendo cada vez más y mejor.

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