Silencio y terror en El Salto

En el municipio de El Salto, donde el río Santiago se convirtió en menos de dos décadas en una corriente de desechos tóxicos, la población tiene que sufrir en silencio las enfermedades y la peste. Al menos eso pretenden las autoridades que presionaron y amenazaron de muerte a la familia Enciso, fundadora de la asociación Un Salto de Vida, que lucha por el saneamiento del cauce. El caso, expuesto en el documental estadunidense Silent river, vuelve a llamar la atención hacia la indolencia criminal de los tres niveles de gobierno, ante una grave emergencia de salud pública.

“Mis padres decidieron que no regresara y que ellos se iban a ir. Sin decir nada, salimos a comer en familia como un día cualquiera y no regresamos”, cuenta Sofía Enciso González, la menor de los Enciso González, en el documental Silent river, del periodista independiente estadunidense Steve Fisher.

Desde hace más de una década, estos ciudadanos de El Salto han exigido el saneamiento del río Santiago, para lo cual fundaron la asociación civil Un Salto de Vida. Enfrentaron diversas presiones. El acoso fue creciendo hasta que las amenazas de muerte los obligaron a dejar su casa en ese municipio.

En toda su trayectoria de activismo social y ecológico nunca habían experimentado tanta tensión. Por lo general, los mensajes de intimidación provenían de las autoridades municipales, pero no iban más allá. Les tomaban fotografías, recibían insultos de funcionarios o algún policía les decían que los estaban vigilando. Pero en los últimos dos meses de 2012 la situación fue distinta.

Comenzaron a deslizarles mensajes por debajo de la puerta o los  llamaban desde números de teléfono desconocidos para advertirles que eran “los siguientes”. Entraron en pánico y una tarde salieron de su vivienda hacia un refugio seguro en la zona céntrica de Guadalajara, donde permanecieron cerca de un año. Sofía se fue del estado por dos meses. Pero las advertencias anónimas no cesaban.

A principios de 2013, Fisher recorrió la cuenca del río Santiago y quedó estupefacto ante el alto nivel de contaminación del afluente por las descargas domésticas y de más de 300 industrias asentadas cerca de la ribera. También conoció a personas de un amplio rango de edad enfermas de cáncer, con deficiencias renales y padecimientos pulmonares. Lo impactó especialmente una niña de siete años con un severo melasma en el cuello.

Con ese y otros testimonios se consolidó la idea de filmar el documental para registrar los casos de las personas desahuciadas, así como la opinión de algunos expertos y de activistas sociales. Lo produjo con el cineasta Jason Jaacks.

El filme se estrenó en la Casa Iteso Clavigero el 2 de junio pasado con la presencia de la familia Enciso González, cuyos testimonios son centrales para comprender la dimensión de los daños causados por la contaminación al ambiente y a las personas.

En el tráiler o video promocional se escucha la voz en off de Sofía: “A veces cuando duermo sueño un río limpio, no me gusta despertar cuando sueño eso”.

Y en su primera aparición en el documental, la activista recuerda que de niña bajaba todos los días a la barranca del río Santiago con sus amigos y veía la espuma del afluente: “Yo creía que Dios lo había hecho así”.

Ya se enteraría de su error. Pronto la muerte se instaló en El Salto, al grado que a partir de sus 15 años las visitas al panteón se le volvieron familiares, aunque no menos dolorosas: “He ido como unas 100 veces (a funerales) de gente conocida… que el pariente, que el primo, que el amigo, que el tío, que éste y éste, y éste”.

Contra la denuncia, el terror

Un Salto de Vida, fundada en enero de 2006, ha criticado la falta de responsabilidad de los industriales y la omisión de los tres niveles de gobierno en sus obligaciones de proteger el medio ambiente y la salud pública. Principalmente ha cuestionado a los hermanos priistas Joel y Gerardo González Díaz, quienes desde 2007 se turnan la presidencia municipal sin atender el monstruoso problema en que se convirtió el río Santiago.

En el primer contacto con un medio de comunicación tras la filmación del documental, Graciela González –madre de Sofía– aclara que no es pariente de los priistas del mismo apellido y que los objetivos de Un Salto de Vida no son de naturaleza política, porque no busca puestos públicos, sino sanear el entorno en el que vivirán futuras generaciones.

Y aunque es optimista, admite que probablemente no le alcanzará la vida para ver limpio el río.

Explica que en 2008 la asociación civil comenzó a organizar recorridos que llamaron El Tour del Horror. Visitaban asentamientos devastados por la contaminación, como La Huizachera, la presa seca de Las Pintas, el fraccionamiento La Azucena, la planta de tratamiento de aguas residuales de El Ahogado y otros sitios de evidente deterioro ambiental, a fin de hacer conciencia entre la población.

Al principio todo transcurrió en calma, pero de pronto la violencia se recrudeció en la zona metropolitana de Guadalajara. La delincuencia organizada realizó los primeros narcobloqueos. Uno de ellos ocurrió el 16 de enero de 2011 en la carretera a Chapala, muy cerca de El Salto.

Llegó el momento en que la ruta que Un Salto de Vida eligió para realizar El Tour del Horror se convirtió en un corredor delictivo. A Graciela se le quiebra la voz cuando lo dice, pues hasta la fecha no se siente segura al platicar sobre ello.

En el documental, Sofía Enciso relata cómo se percataron de que unos desconocidos los seguían, pero decidieron no hacerles caso. Hasta que  llegó el primer mensaje dirigido a toda la familia: “Había personas que estaban todo el tiempo observando. A veces piensas: ¡Ah sí, siempre me siguen, ya los conozco, no importa, no me hacen nada! Pero en los últimos meses fueron tantas y tan graves las amenazas… Cartas por escrito, de que iban a cortarnos la lengua”.

Graciela González agrega que, pese a lo descarado del acoso, al principio se negaron a admitir que iban contra ellos. De pronto los acorralaban hombres en motocicleta, policías municipales les enviaban mensajes intimidatorios, sujetos les tomaban fotografías, e incluso sufrieron el robo de documentos y equipo de cómputo en su casa.

Era imposible soportar todo eso. Después de consultar con expertos en riesgos y represión pertenecientes a organizaciones internacionales, éstos les sugirieron que se ocultaran temporalmente. Los Enciso González huyeron de El Salto el 27 de noviembre de 2012. Graciela dice que los primeros dos meses fuera de su hogar sufrieron de psicosis:

“Haz de cuenta que nos morimos, estuvimos encerrados a piedra y cal casi dos meses que ni tele prendíamos, haz de cuenta que como en guerra, una psicosis que te llega de momento por la incertidumbre que no sabes ni de donde viene el guamazo, pues no sabes de quién ni cómo cuidarte.”

Refiere que exactamente el 27 de noviembre, pero de 2013, regresaron a su casa custodiados por policías federales en virtud del mecanismo nacional de protección a defensores de derechos humanos. No obstante, dice que no han recuperado la tranquilidad.

La videocámara de Fisher captó un momento en que Sofía y sus padres, Enrique Enciso y Graciela González, rompen en llanto al describir las amenazas y presiones.

“La muerte por enfermedad grave todavía no toca mi casa y le pido de todo corazón a Dios que no vayamos a llegar a ese punto. Me duele mucho pensar eso y siempre tengo miedo. La confrontación más fuerte es que la muerte está ahí, en la puerta, todos los días. Como dice Sofi, realmente nos están matando de todas maneras. Si regresamos (a nuestra casa) y morimos en forma violenta sólo será una diferencia de tiempo”, dice Graciela González.

A su vez, Sofía indica por qué no denunciaron su situación durante más de un año: “Algunas organizaciones sociales tienen como premisa que cuanto más hablas más te defiendes, o cuanto más visto es el asunto más te defiendes, pero también nos quedaba claro que las circunstancias del país, de la región y de la localidad se habían trastornado, es decir, nada te da la seguridad de mantener la vida ni los esquemas mediáticos ni los jurídicos o de seguridad te dan garantías”.

Leyes ignoradas

El presidente municipal de El Salto, Joel González, aparece en el documental para afirmar que las industrias cumplen con el tratamiento de sus descargas residuales, y a la que deje de hacerlo se le castigará. En contraste, la especialista del Centro de Investigación y Estudios Superiores en Antropología Social, Cindy McCulligh, señala que de 2005 a 2011 ninguna empresa fue multada por incumplir las normas ambientales, aunque desde la década de los ochenta del siglo pasado se consideraba al río Santiago un drenaje de las industrias.

Esto provocó que ahí se descargara una cantidad impresionante de metales pesados, como cobalto, arsénico y mercurio, así como compuestos sintéticos, como benceno, tolueno y cloroformo, además de cloro y sustancias hormonales.

A ello se agregan los residuos del drenaje crudo de 60% de los hogares de la zona metropolitana y los fluidos industriales de decenas de empresas del próspero corredor industrial que comienza en Ocotlán, río arriba, mismo que forman unas 300 industrias locales y trasnacionales.

A la brisa pestilente que viene del río se le suma la contaminación del basurero a cielo abierto Los Laureles, a medio kilómetro de El Salto, que desde 1994 recibe 2 mil toneladas diarias de desperdicios domésticos.

Alex M. Saragoza, profesor investigador de la Universidad de California en Berkeley, concluye en el filme que con las políticas económicas del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, México salió perjudicado no sólo por el desventajoso intercambio económico, sino también en la explotación de sus recursos y el deterioro del entorno natural.

Esto sucede en todo el país, explica Saragoza, “en particular en zonas como El Salto, donde este río a fin de cuentas ya no existe: es nomás un flujo de químicos”.

Comentarios