Ciudades lacustres

El embrujo que poseen las metrópolis inmersas en lagunas, estuarios o brazos de mar ejerce un impacto inmenso sobre la conciencia estética de quien las admira. Nadie puede olvidar a Ámsterdam o la ciudad de Brujas y, menos aún, a la mítica urbe del mar adriático que fue fundada en el año 421 por doce tribus que buscaban refugio contra los ataques de los bárbaros germanos. Hablamos, obviamente, de Venecia, la orgullosa urbe que a través de los siglos ha logrado mantenerse fiel a su origen y a su topografía.

Asimismo es imprescindible traer a cuento a la también mítica México-Tenochtitlan, ya que desde el primer momento en que los europeos posaron su mirada sobre ella, el paralelismo entre ambas ciudades evolucionó por vías insospechadas. De emulación y asombro para los venecianos de los siglos XVI y XVII y de amarga evocación y añoranza para los mexicanos de la actualidad.

Tratemos, pues, de esclarecer los caminos por los que transitó el gradual conocimiento de las dos urbes que, sin quererlo, fueron vistas y ponderadas como hermanas gemelas. Para empezar, más allá de los relatos de viajes, el primer indicio “tangible” que se difuminó en Europa sobre la ciudad mexica derivó de la edición latina de las Cartas de relación de Hernán Cortés, dado que ahí se vislumbró el supuesto plano de la misma. Hemos de recordar que el plano cortesiano se publicó en Nürenberg en 1524, presumiéndose que su matriz fue realizada por algún soldado al servicio de Cortés, quien se basó en un supuesto prototipo indígena del que se perdió la huella. En la imagen, hecha ésta adhiriéndose a los principios de la urbe renacentista ideal, encontramos una deformada abstracción de lo que Tenochtitlan había dejado de ser, es decir, al momento de la publicación, estaba reedificándose y ya había sepultado consigo los restos de su presunta fisonomía indígena.

Es de señalar la calculada desproporción del Centro Ceremonial con respecto al tamaño total: ocupa un tercio del islote. Y para acentuar la exageración de sus dimensiones, se describieron en latín, la lengua de Dios, las aberraciones que ahí sucedían. Veamos en detalle el corazón de la urbe:

En el cuadrante izquierdo se acomoda el asonante nombre de Temixtitan, pero está partido en dos, en involuntaria alusión a su destino frente a la presencia hispana. En la parte superior se menciona la índole del pretendido Templo Mayor: Templum ubi sacrificant o “templo donde se sacrifica”, y para que no haya duda, una cabeza cercenada aparece en medio de la construcción. Debajo de ésta se inscribe Capita sacrificatoru o “cabezas de los sacrificados”, que se aplica a los tzompantlis. En el centro está el cuerpo descabezado de cuyos brazos manan volutas de sangre…

Una vez publicado el mapa en los reinos germanos no tarda en imprimirse en Venecia, junto a las Cartas de relación traducidas. Y sólo cuatro años después (1528) el cartógrafo veneciano Benedetto Bordone edita un “nuevo” mapa que se basa en el plano cortesiano, aunque con algunas diferencias paradigmáticas. En el Centro Ceremonial desaparecieron tzompantlis e inscripciones; asimismo, el cuerpo mutilado reaparece con la cabeza en su sitio y se le representa como una escultura monumental con su riguroso basamento, imitando quizá al Davide de Michelangelo recién instalado en Florencia. De sus brazos ya no escurre sangre sino que penden dos ganchos con una función de tipo ornamental. Apreciemos las pequeñas pero sustanciales alteraciones:

Con estas modificaciones, los venecianos conciben a nuestra capital bajo una luz más benigna, tornándose en una ciudad donde se enaltece al hombre. Inicia entonces el proceso para gemelarlas en el inconsciente colectivo, el cual desembocará en imaginar a Tenochtitlan como una ciudad emulable a través de la idealización.

Hacia 1556, G. B. Ramusio publica otro plano en el que surgen nuevos elementos, como el contorno de los lagos y el añadido de que el del sur es dulce, que el del norte es salado y que existe un dique que protege a las casas de las olas. Desapareció la estatua y la urbe ahora se llama México. Si suponemos que la reacción de los venecianos al contemplar este mapa les suscita interés, al leer sobre la urbe quedan atónitos. Ramusio escribe: “El país es muy sano y templado, y en los montes que circundan la laguna de México, en gran medida similar a aquella de nuestra gloriosa Venecia; hay allá muchos lugares amenos para deambular a gusto. Y como al encuentro del mal francés que nos llegó de allá, nosotros les llevamos la viruela”.

La mención a las enfermedades es obligada ya que Ramusio le dedica parte de su obra a Girolamo Fracastoro, el médico que, cual padre de la epidemiología, identificó y bautizó a la syphilis. Pues bien, Fracastoro es el principal instigador para reimaginar a Venecia bajo patrones hidráulicos distintos, mismos que habrían de provenir de su contraparte ultramarina. ¡Ni más ni menos! Para entender la magnitud del fenómeno ubiquemos el contexto: En esa mitad del siglo XVI Venecia inicia su relación con la tierra firme para allegarse los medios de su subsistencia, viéndose obligada a redefinir la precaria relación con su medio lacustre. Dentro del diálogo que sostiene con su entorno acuífero, sobresalen los embates de las mareas y la insalubridad de sus aguas. Por tanto, en los años donde Ramusio publica se inicia la lucha contra las inclemencias acuáticas. Aparecen aquí los ingenieros hidráulicos Cornaro y Sabbadino, amigos de Fracastoro, quienes se disputan las soluciones al problema acuífero. Como podemos imaginar, el mapa de Ramusio que muestra el desaparecido albarradón de la Ciudad de México les confirma una idea aparentemente viable, pues creen que ahí sí funciona, y ésta es apuntalada por el médico, quien propone transformar a Venecia en una réplica de nuestra metrópoli. Para nuestro azoro Fracastoro pontifica: “Y así reconducir a Venecia otra vez hacia la laguna, pero una laguna de aguas dulces, como la de Tenochtitlan. En suma, debemos hacer de Venecia una nueva Tenochtitlan”.

Como sabemos, la idea no germina, empero la benevolente refracción de México-Tenochtitlan en el imaginario veneciano crece por cuenta propia. Para 1576 Thomaso Porcacchi elabora otro mapa y sus palabras para presentar a nuestra Gran Cittá son halagüeñas en extremo, incluso serían aptas para levantar, 438 años después, los decaídos ánimos del actual DF: “…es tan bien recomendada por  todos los escritores, por bella, bien ornamentada y rica, que no sin maravillarnos, vemos a otra Venecia en el mundo, fundada por Dios bendito, hablando piamente, con su mano santísima, mientras que las otras ciudades del orbe son fundadas por los hombres”.

Y para recalar en nuestros días no hay más que redirigir la vista y el oído: Venecia sigue inundándose con las mareas altas, pero está aún íntegra, con la misma fisonomía topográfica de hace mil años; en cambio, nuestra capital se ha hipertrofiado, desfigurándose, corrompiéndose y desecándose en dirección a su colapso definitivo. El recuento mueve a la depresión. En Venecia el embrujo sobrevive, mientras que en nuestra capital cedió ante la monstruosidad, la estupidez y la carencia de planeación urbana.

¿Y la música? También ella refuerza la alegoría: En Venecia podemos seguir escuchando, montados sobre una góndola, las canciones de los siglos pretéritos, y en el DF, encaramados en algún vagón del Metro o algún automóvil, ya no alcanzamos a distinguir los ecos del grandioso pasado de chinampas que alguna vez nos distinguió. La sinrazón, el desamor y el ruido arrasaron con todo, incluyendo las partituras de esos amenos e irrecuperables ayeres que flotaban sobre las dulces aguas de nuestros extintos lagos.1 Venecia se edificó para defenderse de los bárbaros, la Ciudad de México se destruyó gracias a los suyos…

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1 Se recomienda la audición de algunos ejemplos musicales que magnifican los contrates aludidos. Búsquelos en la página: proceso.com.mx

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