Turquía: elecciones en un ambiente polarizado

ESTAMBUL (apro).- El barrio de Ortaköy es perfecto para contemplar el trajín del Bósforo, el estrecho que separa Asia y Europa y une el Mar Negro con el de Mármara, y a través de éste se comunica con el Mediterráneo. Los enormes buques surcan las aguas tranquilas del estrecho con la lentitud de bestias de otro tiempo para trasladar a los mercados internacionales gas ruso, petróleo de Asia Central, lavadoras y televisores turcos, trigo ucraniano, teléfonos móviles chinos, tomates griegos y otras tantas y tantas mercancías.

Esta autopista de los mares, que apenas descansa, da una pequeña muestra de la pujanza económica que ha alcanzado Turquía, aprovechando su situación de país a caballo de dos continentes.

Frente a los barcos que pasan, en la misma orilla de Ortaköy, se yergue esbelta la mezquita Büyük Mecidiye, lo que no impide que a pocas decenas de metros corran litros y litros de alcohol durante los fines de semana en algunos de los clubes nocturnos más selectos de Estambul.

Nada más que a un par de calles del templo musulmán se alzan también una sinagoga, un templo greco-ortodoxa y un par de iglesias armenias, símbolo del cruce de culturas que desde hace varios milenios han sido estas tierras.

Pero aún hay más variedad cultural en Turquía, aunque pase desapercibida para el no iniciado. No sólo hay musulmanes más o menos practicantes –en Turquía se consume alcohol desde tiempos inmemoriales pese a la consabida prohibición coránica– sino que además están divididos en varias ramas: sunitas, chiitas, alevíes…También los judíos (ashkenazís, sefarditas y caraítas) o los cristianos (siríacos, ortodoxos, armenios, católicos, caldeos, protestantes). Por si fuera poco, hay que añadir las etnias: a la mayoritaria, la turca, seguida de los kurdos, debemos sumar la árabe, la griega, la bosnia, la laz, la circasiana, la zaza… Turquía es un verdadero mosaico de identidades.

Pero esta indudable riqueza cultural también tiene sus peligros, más en un momento en que Oriente Medio se ha convertido en un polvorín y en que la sociedad turca –tremendamente polarizada– realizará elecciones para elegir a su próximo presidente de la República. Por primera vez en la historia, los turcos podrán elegir en voto popular al nuevo jefe de Estado, un cargo que si bien no tiene la misma importancia de la que goza en los sistemas presidencialistas de los países americanos –en Turquía, el primer ministro goza de más atribuciones– sí ostenta algunos poderes más que en los regímenes parlamentarios europeos al uso, como Alemania o Italia, donde su función es más bien simbólica.

Divide y vencerás

El hasta ahora primer ministro, el islamista moderado Recep Tayyip Erdogan –que no puede optar a renovar su mandato como jefe del Ejecutivo por haber gobernado ya durante tres legislaturas–, es el favorito. Durante los 12 años en los que estuvo al frente del Ejecutivo, Turquía pasó de ser un país prácticamente en bancarrota y bajo la severa supervisión del FMI a convertirse en una potencia económica regional. (Los economistas la engloban en el grupo de las nuevas potencias emergentes o MINT: México, Indonesia, Nigeria y Turquía). En sus primeras dos legislaturas, su gobierno llevó a cabo numerosas reformas democratizadoras e inició las negociaciones de adhesión a la Unión Europea (UE).

Pero, como afirma el profesor del Istanbul Policy Center Cengiz Aktar, “lo que le ha ocurrido a Erdogan es que el poder lo ha envenenado. Lleva 20 años gobernando, si contamos su paso por la alcaldía de Estambul. Se siente tan fuerte y se tiene en tanta estima que cree que puede hacer lo que quiera”.

Poco a poco, Erdogan ha dejado atrás su programa reformista para imponer una visión más conservadora y religiosa de la sociedad y sus formas se han vuelto cada vez más autoritarias, negándose a dialogar con la oposición. La brutal represión de las protestas iniciadas el pasado verano –que ha provocado más de una docena de muertes– es sólo un ejemplo de ello. Y esto ha desencadenado una intensa polarización de la sociedad turca, como revela un reciente estudio del Pew Research Center.

De acuerdo con este sondeo, la mitad de los turcos (51 %) está “descontento” con el rumbo que ha tomado el país, pero prácticamente la otra mitad (44 %) está “satisfecho”. Un 48% piensa que la influencia de Erdogan es “mala”, pero exactamente la misma proporción de turcos la considera “buena”. En cuanto a las protestas antigubernamentales surgidas el año pasado en el parque de Gezi, 49% las apoya, pero 40% se opone a ellas.

De ahí que “La división debe terminar” sea uno de los lemas de la campaña de Ekmelledin Ihsanoglu, el principal candidato de la oposición turca en las presidenciales de este domingo 10. El profesor Ihsanoglu, un diplomático sin afiliación política que durante diez años dirigió la Organización de la Conferencia Islámica, en la que se reúnen la mayor parte de los países musulmanes del mundo, ha sido elegido como “candidato común” por los dos principales partidos de la oposición: el Republicano del Pueblo (CHP, socialdemócrata), y de Acción Nacionalista (MHP, derecha nacionalista), con el apoyo de otra media docena de formaciones que van desde la ultraderecha a la centroizquierda.

Sin embargo, a tenor de las encuestas, que le otorgan algo menos de 40% de los votos, parece muy difícil pensar que Ihsanoglu pueda batir al más experimentado Erdogan. Parte de la razón de esta presumible derrota es la aparición de un tercer candidato, Selahattin Demirtas, presentado por el movimiento nacionalista kurdo.

Mensaje islamista

“En estas elecciones no elegimos sólo entre dos o tres candidatos, sino entre dos formas diferentes de presidencia. Si gana Ihsanoglu tendremos una presidencia como hasta ahora, que hace de balance del gobierno; pero si gana Erdogan, como él mismo ya ha dejado claro, será él quien tenga todo el poder Ejecutivo. Su idea es cambiar la Constitución para hacer un sistema presidencial con un jefe de Estado con más poderes incluso que en Estados Unidos”, explica a Apro el columnista Mustafa Akyol.

De cara al futuro, pronostica: “Resulta irreal pensar que Erdogan tratará de imponer un Estado con la sharia por ley, del tipo de Irán o Arabia Saudita, pero seguramente intentará imponer más conservadurismo, lo que sólo conseguirá dividir más a la sociedad turca. Erdogan ha hecho un buen trabajo acercándose a los kurdos y arreglando el conflicto kurdo (que ha causado más de 40 mil muertes desde 1984), pero no se da cuenta de que a la vez está atizando otras divisiones, respecto de los laicos, con los jóvenes, con los alevíes…”.

Precisamente, el actual primer ministro ha jugado con estas divisiones étnicas y religiosas del país durante la campaña. Por ejemplo, subrayando que Ihsanoglu nació en Egipto y no en Turquía; que el jefe de la oposición en el Parlamento es aleví –una comunidad musulmana heterodoxa seguida por 20% de los turcos– o que el candidato Demirtas es zaza, una etnia emparentada con la kurda.

“Yo declaro cuál es mi etnia, ¿por qué no lo hacéis vosotros?”, dijo Erdogan ante más de un millón de personas que se habían congregado para participar en mitin el domingo 3 en Estambul.

Para los analistas, el mensaje del político islamista es claro: reforzar las divisiones para así atraerse el voto de los musulmanes suníes (72% de la población) y de los étnicamente turcos (73% de los habitantes de Turquía), algo que para el columnista del diario Hürriyet Ahmet Hakan otorga a la campaña electoral un peligroso componente racista.

La tensión que ha creado esta división social y política en Turquía ya dejó 12 muertos y decenas de heridos en las elecciones municipales de marzo y durante esta campaña ya ha muerto un adolescente que se vio atrapado en una disputa entre grupos políticos rivales.

“Creo que vamos hacia una mayor polarización, no sólo debido a la política interna turca, sino por la situación en la región”, explica a Apro un experto en islamismo, citando los casos de la guerra en Irak y Siria, adonde un millar de turcos ha ido a combatir en las filas del Estado Islámico (EI) y un número indeterminado de kurdos de Turquía participa en la defensa de los enclaves kurdos asediados por los islamistas.

“Si Turquía no es capaz de controlar el desarrollo de los acontecimientos, tendremos problemas muy graves”, señala.

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