Los hombres perdidos*

Hace 16 años, Julio Scherer García publicó el libro Cárceles, en el que abrió en canal la cruda realidad del sistema penitenciario mexicano.­ Avanzado el siglo XXI, nada ha cambiado.

Los domingos, días de visita en las cárceles de la Ciudad de México, los presos, sus familiares y los guardianes devoran el espacio común. Miles de ellos, drogados y borrachos, degradan la jornada multitudinaria. No hay resguardo para los niños, víctimas constantes hasta de sus padres. A la luz del sol o semiocultos bajo tapadizos levantados con trapos y cartones, las criaturas son acariciadas, masturbadas, enajenadas, destruidas. Esos días los reclusorios se transforman en abrumadoras casas de citas, intramuros todo permitido.

Las familias, dispuestas a gozar el día, forman grupos y se convidan los tacos, las tortas, el chicharrón, las carnitas, las salsas, los refrescos. Platican mirándose, tan lejos como pueden de los radios que no dan tregua al rock y a toda estridencia posible. Los olores hacen del aire otro aire, mezclada la manteca rancia con los desperdicios que fluyen. De las diez de la mañana a las seis de la tarde, igual en el reclusorio norte que en el sur, veinte mil personas cohabitan en espacios diseñados para ocho mil.

Carlos Tornero Díaz,1 director de las prisiones desde el cinco de diciembre de 1997, de setenta años de edad, cuarenta vividos entre psicópatas y criminales, pinta el cuadro y se describe como una nada en el océano vociferante. La marea lo cubre. A una distancia insalvable, apretujado entre bloques humanos, mira a custodios entregados a pasatiempos soeces.

A lo largo de sexenios descompuestos que reclaman sepultura, ha conocido a funcionarios y carceleros que se han entendido como amigos y cómplices. Juntos han llevado el hierro a las prisiones y lucrado a partir de su condición privilegiada. Son especie común los guardianes con automóvil, una bien instalada casa para la señora, y para las amigas de planta departamentos que no avergüenzan.

(…)

Tornero Díaz habrá conocido a unos noventa directores de cárceles citadinas y a más de quinientos de las 461 que existen a lo largo de la República. Muchos han delinquido y no ha sabido de uno, ladrón, violador, torturador, asesino, que haya pagado con su libertad. Las sanciones no han pasado de la remoción y una fianza menor para acallar el escándalo por alguna fuga espectacular.

Los contrastes hablan por sí mismos. Hombres de bien ganada fama han sido cazados por verdugos ocultos. Y el director de la cárcel de Tijuana terminó cuando manos enloquecidas le apretaron en la cintura una faja de explosivos, canana que prendió un cerillo.

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“Soy psiquiatra y convivo con miles de enfermos, muchos dañados de manera irreversible, algunos locos para siempre. Otros, muchos también, caminan a la esquizofrenia, quebrados los afectos profundos, destruida su relación con el mundo exterior. No conozco un interno sin neurosis, alterada su capacidad intelectual, disminuida su aptitud física, desviada o aniquilada su sexualidad, exacerbado el abrigo de la intimidad.

“Corrupción y explotación son palabras que envuelven el vacío. Nada dicen. Importa mirar a los internos de cerca, cara a cara, armarse de paciencia para escuchar su voz truncada. Sólo así es posible sentir el tono descolorido de su vida, el tedio que todo se traga.

“El hacinamiento, el hedor, el estrés, el trabajo que no llega, el deporte imposible, la golpiza al acecho, la venganza a punto, la disputa por los territorios, la pérdida del sentido de humanidad, todo junto llevaría al recluso al incendio de su propia vida y la ajena, si no fuera por el licor o la droga. Si la prisión ahoga, el trago y el polvo liberan.

“Los reos, los más, desvirtúan el lenguaje y debilitan su identidad como personas. Sin conversación, se comunican con silbidos. Atentos al jefe de seguridad, anuncian sus pasos con sonidos que imitan las voces de los pájaros. Conocedores de los odios y los rencores de la cárcel, si las puntas brillan en un rincón y por ahí merodea un custodio, cubren a los pendencieros con notas largas y agudas.

“Les gustan los tatuajes y se adornan con pechos inabarcables y nalgas inconcebibles, caderas recogidas y cinturas como aros, leopardos y tigres que avanzan, águilas con picos que devoran. Su obscenidad, sosa y pueril, se lee en los excusados.”

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–Al drogadicto usted lo carga como a una criatura. Pienso en el gavillero que muere sobre los hombros de su padre en uno de los famosos cuentos de Rulfo.

–Soy psiquiatra. La drogadicción reduce los márgenes de la normalidad, corta la vida de la relación, lleva a la psicosis.

–Usted vive la drogadicción como una tragedia personal.

–No está lejos de la verdad. Las cárceles han engendrado miles de drogadictos, hombres perdidos. No tiene medida la responsabilidad de las autoridades en este crimen masivo. Conocido el problema de muchos años atrás, los gobiernos lo dejaron crecer. Las prisiones terminaron como hogares de los narcos.

–¿Existen los centros de salud para los presos?

–Existen, por supuesto, como existe la sombra en relación al cuerpo.

–No sirven.

–No.

–¿Seguro, doctor? ¿No será que su temperamento lo lleva a la exageración?

–Me quedo corto.

Calla. Vuelve:

–¿Le cuento?

–Por favor.

–Tengo en mis manos las fotografías y la firma del notario que las certifica. En la clínica del reclusorio norte el instrumental médico se halla en el fondo de baldes sucios. El agua es grasosa. Ahí están las jeringas, las agujas, los bisturíes. Las medicinas apenas se ven: unas cajas y algunos frascos alineados en espacios sobrados. El consultorio es inhóspito, maloliente.

* Fragmentos del libro Cárceles, de Julio Scherer García (Alfaguara, México, 1998).

1 Carlos Tornero Díaz (1927-2009), director de los reclusorios capitalinos durante los primeros años de la administración de Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, en 1997.

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