Recuerdo de un tiempo perdido

PARÍS (Proceso).- Si uno camina por la Rue de Faubourg Saint-Honoré de esta ciudad, al llegar al número 252 se topa con la imponente Salle Pleyel, y el ingreso, sobra decirlo, vale mucho la pena, ya sea por su elegante arquitectura como por la calidad sonora de los conciertos que ahí cobran vida. Pero más aún, por el interés de las historias que encierra el nombre, tanto aquella de la familia que edificó esta Sala y sus predecesoras, como la que se refiere al nexo olvidado que existe con nuestro país.

Mas vayamos por partes, ¿Quién fue el tal Pleyel? Se trata del primer miembro de la familia que se convierte en músico profesional, y no uno cualquiera, sino un prolífico compositor que triunfa con más contundencia que sus contemporáneos y que, para contradecir la norma, amasa una inmensa fortuna gracias a su inventiva y vena empresarial. Así, Ignaz Pleyel nace en Austria en 1757 ‒un año después que W. A. Mozart‒ y después de un fructífero aprendizaje bajo la guía de F. J. Haydn acepta el maestrazgo de capilla de la catedral de Estrasburgo. En esta urbe trabaja una breve temporada antes de emigrar a Inglaterra, donde comienza a interesarse en la mecánica de los instrumentos de teclado. En Londres se le dispensa un trato regio, al grado que los importantes encargos de obra ‒en su corpus compositivo sobresalen 41 sinfonías, 2 óperas, alrededor de 85 cuartetos de cuerda e innumerables composiciones camerísticas para diversas formaciones[1]‒ le aportan los primeros ahorros con los que cimienta su enorme fortuna. Al cabo de cuatro años de estancia en las brumosas tierras británicas ‒de 1791, año en que muere Mozart en la indigencia, a 1795‒ decide que el lugar ideal para establecerse es París. No puede hacer mejor elección, pues en esta metrópoli tiene el sosiego para perfeccionar el sistema ‒llamado de escape simple, que no es el único pero sí uno de los más eficaces de su tiempo‒ que sustituye a los primitivos plectros que pinzaban las cuerdas por los martinetes que las percuten.

Con semejante invención su fama se consolida y, naturalmente su riqueza se expande de manera exponencial. Registra la patente en 1807 y de inmediato reabre la fábrica que ‒ya había abierto una previa en Londres‒ revolucionaría el mercado de la música. Y por si eso no fuera suficiente, funda una editorial de partituras que da a conocer las composiciones más celebradas de los músicos de su época, así como las de aquellos que han adoptado para su uso exclusivo sus modelos de pianos.[2] En suma, un negocio redondo que redunda en hacer del personaje un verdadero Rey Midas del arte sonoro. En cuanto a su vida afectiva, debe decirse que contrae matrimonio con una francesa con quien procrea un par de vástagos, entre los que destaca aquel que habría de proseguir con la empresa familiar, ampliándola aún más. Como puede suponerse, la muerte en 1831 del patriarca Pleyel se transforma en un acontecimiento público al que acuden miles de admiradores y como lugar de reposo eterno, se erige un mausoleo que todavía es visitable en el cementerio de Père-Lachaise.

Con el nacimiento en 1788 del hijo menor de Pleyel, un cierto Camille, la firma familiar se vuelve sinónimo de prosperidad y en un ícono de orgullo nacional para los franceses. Veamos porqué: Camille también recibe una esmerada educación musical y se convierte en un virtuoso del piano, pero lo más destacable es que, como su padre,  posee talento para los negocios. En 1815 se vuelve socio mayoritario en la fábrica de pianos y cuando asume la dirección logra tal incremento de producción que el número de empleados se triplica. (En la época de mayor auge 1500 familias dependían de su sueldo fabril). Hacia 1830, un año antes de la muerte de Ignaz, Camille sugiere que se construya un Salón de música y con eso el círculo se cierra de manera perfecta. Ya no sólo la compañía imprime las partituras que han de ser tocadas en sus propios pianos, sino que las ejecuciones tienen lugar en el propio seno del ámbito familiar. La idea es tan buena que el pequeño Salón comienza a albergar a lo más desgranado de la cultura musical parisina. El Salón se construye originalmente en la rue Cadet con un aforo nimio, pensado sólo para un público de élite.

Entre los conciertos más relevantes son de citar el debut parisino de Frederyk Chopin y la serie de recitales con los que Franz Liszt arrolla al público francés. En sólo nueve años de actividad concertística, Camille capta la necesidad de expandir el Salón y compra un terreno en la rue de Rochechouart donde instala un pequeño teatro que, además de contar con una mejor acústica, alberga a un público más numeroso. A partir de 1839 el Salón cambia su nombre por el de Nouveaux Salons Pleyel, aumentando su número de asientos a 300. En cuanto a sus propiedades acústicas, son de destacar las estudiadas proporciones arquitectónicas que hacen que el rebote del sonido alcance su reverberación ideal. Con estos nobeles “salones”, París se deleita con muchos de los conciertos más memorables del siglo XIX y con los de las primeras tres décadas del XX. Algunas de las personalidades que se presentan en los Salones son César Franck, Gabriel Fauré, Vincent D´Indy, Claude Debussy, Camille Sain-Saëns, Nicoló Paganini, Ernest Chausson, Clara Wieck, Henri Vieuxtemps y muchos más cuyos nombres están sepultados por la desmemoria.

Asimismo, en abril de 1842 tiene lugar el último concierto público de Chopin y entre los asistentes está Franz Liszt quien escribe: “El lunes pasado, a las ocho de la noche, los salones del Señor Pleyel se iluminaron espléndidamente para acoger a la crema y nata de la élite social y la nobleza. Había un gran piano con la cola abierta sobre el estrado; la gente alrededor se decía a sí misma que no podía perderse ni un acorde, ni una nota, ni una intención, ni un pensamiento del hombre que estaba por salir al escenario. Y estaban en lo correcto de estar tan ansiosos, tan atentos, tan religiosamente conmovidos, ya que el hombre que esperaban, al que deseaban ver, escuchar, admirar y aplaudir no era meramente un virtuoso ni un simple experto en el arte de tocar las teclas, sino un artista de gran renombre; era todo eso y mucho más que todo eso: era Chopin.”[3]

Trece años más tarde Camille Pleyel muere y sus hijos heredan el negocio pero con ellos no hay mejorías sustanciales ni en la gestión, ni en el desarrollo de los pianos y, lamentablemente,  el asunto empeora con los nietos, que dilapidan la fortuna y tienen tales delirios de grandeza que piensan, ya en la segunda década del XX, que los Salones se volvieron obsoletos y que sería bueno construir una verdadera Sala de conciertos ¿? Con eso en mente obtienen un crédito bancario y erigen la Salle actual con un cupo para 3 mil espectadores, sin embargo, al poco tiempo de ser inaugurada se incendia y el seguro se lava las manos, de manera que el banco se adueña y desde entonces ‒hoy en colaboración con la Cité de la Musique‒ se encarga de su administración.

No importa que por las paredes de los Nuevos Salones hubieran dejado su huella acústica las estrellas más rutilantes que vivieron en esa primera centuria de existencia ‒nos falta incluir a Ravel y a Strawinski que estrenan ahí varias de sus obras‒ el hecho es que el glorioso edificio es demolido ‒su lugar lo ocupa ahora un ordinario hotel‒ por orden de los oscuros descendientes del viejo Pleyel, empero, sí hay quien aquilate los méritos de la construcción: un grupo de arquitectos mexicanos es enviado por la UNAM en pos de seleccionar la mejor Sala de música que pudiera adaptarse a un espacio universitario inútil. Los arquitectos llegan a esta ciudad cuando se están desmantelando los Salones y de regreso a México los plasman en la cochera del antiguo Palacio de la Inquisición, es decir, en lo que hoy se conoce como el Auditorio Gustavo Baz del Palacio de la Escuela de Medicina (Brasil # 33 Centro Histórico). No pudo haber mejor reconocimiento a las ficciones de ese tiempo que cambia de latitud para seguir viviendo…

[1]Se sugiere la audición del Allegro assai de su sinfonía en Sol Mayor (Benton 130). Disponible aquí: proceso.com.mx

[2]Se habla de una producción editorial que alcanzó un volumen de 4000 obras musicales, amén de haber sido la empresa que inventó el formato de partituras de bolsillo. Entre los pianistas que se declararon usuarios exclusivos de sus pianos se encuentran Frederyk Chopin, Claude Debussy, Camille Saint-Saëns y un largo etcétera.

[3]Se recomienda la fervorosa escucha de varias de las obras de Chopin que aparecieron en su concierto de despedida, tocadas en un piano Pleyel fabricado en 1836. Escúchelas pulsando los siguientes audios.  Audio 2: Frideryk Chopin: Prelude op. 28 n° 4 en mi menor. Audio 3: Frideryk Chopin: Mazurka KK IIb n° 5 en la menor. (Alain Planès, piano Pleyel de 1836. HARMONIA MUNDI, 2009)

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