“Tosca” en León

LEÓN, Gto.- La ópera Tosca (1900) de Giacomo Puccini (1858-1924) fue representada el pasado 10 de agosto en el Teatro del Bicentenario y el resultado fue de lo más gozoso.

“Para hacer Tosca, necesitamos una Tosca”, comentó para este semanario Alonso Escalante, director del teatro, y añadió: “Por mucho la mejor Tosca mexicana de la actualidad es Violeta Dávalos.

Coincidimos con él. Dávalos debutó con ese papel hace 25 años en el Teatro de la Ciudad, y lejos de pesarle este cuarto de siglo ahora Violeta Dávalos, es más artista, más dueña de sí misma y de su instrumento vocal prodigioso, su personaje es más fresco y seguro.

El aria principal “Visi d’arte” del segundo acto la cantó plena de matices, de intenciones musicales y dramáticas de pasión y devoción, y arrancó el más largo y nutrido aplauso de la noche. Alternó con dos compañeros de lujo: El joven tenor del país vasco español Andeka Gorrotxategi, quien cantó un Mario Cavaradosi, como hace años no oíamos, una buena pinta de actor más que aceptable y dotado de una voz excepcional de tenor lírico spinto, es la segunda vez que viene a México; hace un año interpretó en esta misma ciudad la Madama Butterfly de Puccini. Pronto Andeka Gorrotxategi estará inalcanzable, acaparado con años de anticipación por las mejores casas operísticas del mundo, quienes se lo pelean con avidez y su remuneración se pondrá por los cielos.

El otro gran estrella que completó el triángulo amoroso pucciniano fue el también ibérico Rubén Amoretti, a quien habíamos admirado recientemente en Il Trovatore y ahora nos deleita con un Barón Scarpia por todo lo alto, como los grandes; con esa voz de bajo barítono que posee, sortea sin dificultad aparente los duros escollos que la partitura de Puccini representa a quienes se atreven a interpretar al malvado personaje. Si su canto fue estupendo, su actuación mejor.

La escenografía: flexible, funcional, moderna pero que respetó en todo momento los fundamentos básicos de la obra; no estorbó, apoyó el drama gracias a Philippe Amand e iluminación de Víctor Zapatero, buena pero con frecuentes tropiezos. Dirección de escena de Enrique Singer: creativa y eficiente, siempre de la mano de la escenografía. El director concertador fue el romano Marco Boemi, experto en música de Puccini, además de hábil pianista y licenciado en leyes, con óptimo resultado en su trabajo. Hasta los pequeños papeles (sabido es que no hay personaje pequeño) como el Sacristán (Charles Oppenheim) y el Angelotti (Enrique Ángeles) cantaron estupendamente con unas voces de bajo excelentes, y eso que producir bajos no es algo muy usual en las tierras mexicanas.

El desacierto (casi siempre los hay) fue el de los pequeños cortes en la obra, en especial extrañamos el genial juego de campanas del inicio del tercer acto, “El amanecer en Roma”, pieza musical de enorme complicación para los percusionistas y más para el productor que debe conseguir juegos de campanas de todos tamaños, pero vale la pena el esfuerzo pues el resultado es maravilloso, único en toda la historia de la ópera.

Enhorabuena a Patricia Dávalos por sus 25 años como primera solista de la ópera mexicana.

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