Canto fúnebre

A Didier y Leticia Pischedda, con gratitud.

Baron-sur-Oise, Francia (Proceso).-Transcurrida una centuria de las primeras estelas de muerte que dejó la Primera Guerra Mundial, la visita a esta pequeña localidad se nos impone como un deber de la memoria. Desde este lugar ha de partir la evocación que le dará sentido a conmemorar una fecha que aún no tiene énfasis calendárico. Así, pretendemos recordar la gesta heroica de un compositor que perdió la vida inmolado por la locura bélica, precisamente aquí, en el apogeo de su madurez artística. En breve, el personaje contaba 49 años de edad y su producción musical ‒con un magro corpus de 22 obras‒ apenas había empezado a desembarazarse de su furiosa autocrítica…

Iniciemos, pues, el recorrido en aras de desvelar los avatares existenciales de este ser humano excepcional a quien la desmemoria ha colocado en un limbo oscuro que dista mucho del sitial de honor que le correspondería por los méritos de su obra y los rasgos volitivos de su personalidad. “Ah! hombres olvidados ‒como escribiera Bossuet‒ si pasaran algunos años después de su muerte y debieran volver a este mundo, regresarían de inmediato a su tumba para no ver su reputación carcomida y su memoria borrada entre sus amigos, sus subalternos y, peor aún, entre sus propios herederos!”

Un camino sinuoso rodeado por bosques de encino y parcelas de remolacha precede el arribo al minúsculo poblado y la única información disponible para localizar la morada que nos interesa es el nombre: sabemos que habitó una “Mansión de las Fuentes”. Varios vecinos interpelados contestan que no saben de quién se trata y que tampoco han escuchado el apelativo de la residencia. En el centro del pueblo ‒que no supera los mil habitantes‒ se levanta un obelisco a los defensores de la patria caídos en la Gran Guerra y en la lista esculpida sobre la piedra no hay nadie que corresponda. Por ser domingo, el Ayuntamiento está cerrado y, al parecer, el párroco de Iglesia está de vacaciones. Con una sensación de creciente futilidad, el deambular por las pocas cuadras de la retícula urbana amenaza con caer en el reproche.

A punto de abandonar el cometido, un anciano afable recuerda que sí hubo un músico que pereció aquí y que su vivienda se situaba en los linderos del pueblo, hacia el lado donde nace el manantial. Una vez recalados ante la fachada leemos: “Albéric Magnard, compositor de música. Nacido el 9 de junio de 1865 en París. Muerto el 3 de septiembre de 1914. Fusilado y quemado dentro de su casa por los alemanes al querer defenderla.” Y como corolario de la placa se cita un verso que le dedicó Ronstand: “Aquel que se rebela a la traición / y que prefiere musas a Walkirias, / ha defendido su arte contra la barbarie/ y debe morir así, defendiendo su mansión.

A pesar de que el entorno natural se preserva intacto, no hay semejanza entre la residencia originaria y la construcción actual. El enorme jardín se fraccionó y ninguno de los nuevos residentes está disponible para darnos más datos. Hemos entonces de recurrir a las inferencias que nos proporciona su biografía, de manera que se entienda la decisión de ofrendarle la existencia a una causa que, de antemano, se sabía suicida.

El compositor vio la luz en un hogar ensombrecido por la tiranía. Su padre fue un exitoso periodista que no tuvo empacho en imponer los excesos que le vinieron en gana. Como director de Le Figaro ‒el periódico con tiraje nacional más viejo de Francia‒ Francis Magnard sumó sus aciertos editoriales a los de su inventiva literaria. Gracias a su mediación, por ejemplo, Mallarmé tuvo una vía de acceso con sus primeros lectores y Verlaine obtuvo muchas adhesiones. Sin embargo, en la intimidad, el señor director proseguía con las órdenes sin réplica y demandaba pleitesía continua, tanto de su abnegada consorte como de su único hijo. El niño viviría agradeciendo las amargas delicias de su filiación con un hombre prominente que siempre tenía la razón.

Con esa tónica familiar no debe sorprendernos la decisión de la señora Magnard de acabar con su suplicio marital. En la mañana del 2 de abril de 1869, después de unas semanas de acusar trastornos y silencios, la mujer besó a su crío con una intensidad extraña y se dirigió a una ventana para lanzarse al vacío. Albéric escuchó el grito y el golpe sordo sobre el pavimento pero no lo dejaron bajar las escaleras. Con sólo cuatro años de edad recibió el primer arañazo de un dolor que lo marcaría para siempre.

El resto de su mocedad resintió la ausencia paterna y los falsos cuidados de la madrastra que apareció después de la tragedia. Como todo niño bien, comenzó pronto sus lecciones de piano con el mejor maestro del momento, sin que importara mucho su desempeño ante las teclas. Para su padre, el aprendizaje de la música no podía considerarse como una profesión respetable. Tenía reservada la carrera de leyes y no había discusión al respecto. Al concluir la adolescencia, con la voluntad todavía amordazada, tuvo un destello de hombría y se enroló en el Ejército, creyendo que eso lo ayudaría a cerrar las fisuras de su carácter. Algo consiguió, ya que durante un viaje por Alemania escuchó una ópera de Wagner decidiendo por sí mismo que su vocación estaba en la música. No obstante, tuvo los tamaños para recibirse de abogado al tiempo que se inscribía en el Conservatorio. Estudió con Massenet y después de obtener el premio de armonía solicitó la guía de D´Indy en la Schola Cantorum, donde obtuvo su título. Para celebrar la relación con su último maestro escribió su primera sinfonía.

En los años siguientes, habiendo doblegado la cerrazón paterna, empezó a colegir notas periodísticas para Le Figaro y compuso su primera ópera empero, tachaba más de lo que lograba plasmar en el papel. Más adelante confesaría: “Todo lo que escribo me disgusta cada día más. Sufro cruelmente la fantástica distancia entre lo que hago y lo que quisiera hacer”. En cuanto a la temática de sus artículos, siempre enarboló las causas justas como la emancipación de la mujer ‒sería uno de sus defensores más tenaces‒ y rara vez atenuó la crítica acerba a los mediocres con poder y, sobra decirlo, eso sería un agravante para la difusión de su música, antes y después de muerto.

Cuando advino el deceso de su padre sintió que sus grilletes emocionales se liberaban y que era menos áspera la relación con su obra. Vinieron tres sinfonías más,[1] la última de ellas dedicada a la Unión de Mujeres Profesoras y Compositoras de Música y algunas sonatas. Sintomáticamente, el proceso de su liberación interna le dio cabida al matrimonio, eligiendo como compañera a una mujer que su padre habría reprobado. Provenía del lumpen y ya tenía un hijo bastardo. En los primeros años de su unión conyugal estalló el escándalo del caso Dreyfus y, naturalmente, Albéric se puso del lado de la razón jurídica, aunque eso le acarreara más enemistades. Al quedar de manifiesto las porquerías de la casta militar ‒no obstante la evidencia a su favor, el capitán Dreyfus volvió a recibir una condena‒ se dio de baja del ejército y escribió la letra y la música de un Himno a la Justicia.

Asqueado de la sociedad y ya sin su trabajo periodístico, huyó de París para refugiarse, con su mujer, el hijo de ésta y sus dos niñas ‒una de tres años y otra recién nacida‒ en el lugar donde se gestaría la desgracia. Era el año de 1904. En la placidez de la campiña, despojado de los afanes en pos del reconocimiento, inició la reconciliación con su propia vida. Haría acopio de su talento y de los bienes de su heredad para montar una mansión llena de libros, de obras de arte, de fuentes y de bellezas naturales. En sus jardines sus hijas jugarían sin descanso y viéndolas crecer él compondría música con la abnegación de un ermitaño. Tristemente, ya no le quedaría mucho tiempo. Cuando se desató la conflagración bélica y las tropas germanas invadieron Francia, Albéríc no dudó en mandar a su familia a un lugar seguro. No bastaron los llantos ni las súplicas, él no iba a dejar que profanaran su hogar. La mañana en que los primeros soldados allanaron su propiedad, Albéric se irguió para hacerles frente. Los balazos salidos de su pistola mataron a dos alemanes y eso fue suficiente para emprender un castigo ejemplar. Primero el fusilamiento y luego el fuego. Antes que rendirse, Albéric prefirió morir calcinado entre sus libros y sus partituras. Quizá intuyó que los frutos de su inspiración no dejarían nunca de florecer dentro de los ensangrentados campos de la esperanza y la fraternidad humana…[2]

[1]Se recomienda la audición del movimiento Pastorale de tercera sinfonía. Pulse la ventana de audio. (Albéric Magnard: Pastorale de la Sinfonía n° 3 en si bemol menor Op. 11. BBC Scotish Orchestra. Jean-Yves Ossonce, director. HYPERION, 2008)

[2] Como dato de relieve, su Himno a la Justicia fue la primera obra que ejecutó la orquesta nacional de Francia después de la liberación de agosto de 1944. Asimismo, la calle Richard Wagner de París cambió su nombre durante la Segunda Guerra Mundial. Hoy se llama Albéric Magnard.

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