Un “apartheid” en la costa francesa

La ciudad francesa de Calais queda a sólo 34 kilómetros de Gran Bretaña. Esta cercanía provoca que miles de africanos y asiáticos acudan a ese puerto para intentar cumplir “el sueño inglés”. Su única posibilidad de lograrlo es infiltrarse como polizones, ya sea en transbordadores o en camiones. Pero es difícil. Pocos lo consiguen y la cantidad de inmigrantes se ha incrementado. Así, surgieron inmensos guetos, se multiplicaron la represión y las riñas, se desató el racismo. La solidaridad de los activistas no alcanza a frenar el problema.

CALAIS, FRANCIA (Proceso).– Son oriundos de Eritrea, Sudán, Somalia, Afganistán, Pakistán, Irán, Siria, Irak, Vietnam… Antes de llegar a Europa recorrieron miles de kilómetros en condiciones tan duras que a veces les cuesta describirlas.

A lo largo del camino enfrentaron a policías, militares, milicias, mafias. Muchos fueron despojados, detenidos y golpeados, inclusive encarcelados y torturados. Nadie lleva la cuenta de quienes no sobrevivieron.

Algunos demoraron años en llegar a Francia. Otros, meses o semanas. Todos tienen la misma meta: ir a Gran Bretaña.

Cruzar clandestinamente el Canal de la Mancha es la última etapa de su terrible periplo, y es en Calais –a 34 kilómetros de las costas británicas– donde piensan tener más oportunidades de lograrlo.

Cada año 1 millón 700 mil camiones de transporte de mercancías embarcan en el puerto norteño de Calais a bordo de trasbordadores para atravesar el Canal de la Mancha, mientras 1 millón 300 mil más realizan el mismo trayecto bajo el mar en trenes de carga que transitan por el eurotúnel, cuya terminal francesa se encuentra también en Calais.

Por lo tanto, en promedio 8 mil camiones diarios van desde Francia hasta Inglaterra. Subirse a escondidas en uno de ellos es la meta de los migrantes que convergen en Calais. Es difícil saber a ciencia cierta cuántos lo logran. En 2013 las autoridades británicas detuvieron a 15 mil y sospechan que son muchos más los que escapan a su control.

Las cicatrices

Aasid tiene el tobillo lastimado, las manos vendadas, hematomas en rostro y brazos. Anoche logró treparse al techo de un camión que frenó bruscamente. Cayó. “Tuve suerte. No me pasó encima”, dice. Se da unos días para reponerse y volver a intentarlo. Lleva 10 tentativas.

Es afgano, dice tener 23 años y en realidad no se llama Aasid. Como todos los migrantes entrevistados, no da su verdadera identidad, no permite que se le tomen fotos ni que se grabe su testimonio. A su lado se encuentran dos compatriotas suyos y dos paquistaníes. Todos exhiben cicatrices y huellas de golpes.

Gul, por su parte, recuerda la paliza que le infligieron una noche tres guardias de una empresa de seguridad. Lo sorprendieron mientras intentaba penetrar en el puerto. Faisal y Rabeel cuentan cómo choferes los tundieron con barras metálicas después de haberlos bajado de un camión. Afirman que los agresores eran polacos y, junto con los rumanos, son los más violentos de todos los camioneros. “Los demás nos agarran a puñetazos, pero éstos nos quieren matar”, asegura Rabeel. Cuando llegaron a Calais hace tres meses no podían distinguir a un polaco de un holandés. Ahora se han vuelto expertos, afirma Faisal.

Llevamos una hora platicando, sentados en el pasto de la “jungla de Tioxide”. Se disculpan por no tener té para ofrecer a la reportera.

Una “jungla” es un campo informal de migrantes. Existe un sinnúmero de “junglas” pequeñas a lo largo de las autopistas del litoral noroccidental de Francia. Están disimuladas en bosques cerca de las gasolineras y de las áreas de descanso de los camioneros. Las de Calais son las más pobladas.

Tioxide es una fábrica que produce óxido de titanio. Está entre dunas que dominan el puerto en el sector industrial de la ciudad. Ocupa un inmenso terreno rodeado de mallas metálicas, a través de las cuales centenares de migrantes se abrieron paso para “instalarse”. Les resultaría imposible sobrevivir en esa zona inhóspita sin la solidaridad de una red de asociaciones y ONG que les brindan agua, ropa, carpas, asistencia médica y –tan importante como esa ayuda material– apoyo moral y hermandad. Estos calesianos solidarios además documentan y denuncian sin descansar los atropellos que sufren los migrantes.

Los refugiados son desconfiados. Para comunicarse con ellos es preferible tener una recomendación de alguna ONG que los ayude. Gracias a Francois Guennoc y Catherine Konforti, de la asociación Albergue de los Migrantes, la reportera pudo pasar varias horas en la “jungla de Tioxide”.

Oculto entre árboles, ese campo informal ofrece un espectáculo impactante. Hombres y cada vez más mujeres y menores de edad, asegura Catherine, se amontonan en largas carpas montadas por Médicos del Mundo y en minúsculas tiendas regaladas por la red solidaria.

Pero la mayoría de los extranjeros vive en albergues construidos con materiales de desecho y protegidos de la intemperie por plásticos. Carecen de agua y sanitarios. Los servicios municipales de limpieza se rehúsan a recoger su basura.

Los migrantes suelen juntarse por comunidades. Al recorrer la “jungla” uno pasa de Eritrea a Sudán, Etiopía; de Chad a Pakistán y Afganistán. Las tiendas improvisadas de los africanos se organizan en círculo alrededor de un brasero, las de Asia Central son rectangulares y muy apiñadas.

Un grupo de afganos invita a la reportera a una de ellas. Son siete hombres, están sentados con las piernas cruzadas y entre ellos, vestido de negro, hay un imán, taciturno. Tiene fracturada la clavícula derecha. Un accidente de camino…

Ahmad y Shafiullah acaban de recorrer por segunda vez la terrible ruta de Kabul a Calais. El primero vivió y trabajó clandestinamente dos años en Londres, y el segundo, seis. Detenidos por la policía británica fueron deportados a Afganistán, donde sólo se quedaron unas semanas antes de emprender de nuevo el camino. Los demás son “novatos”. Todos reconocen que les pagaron a coyotes a lo largo de su viaje. Dicen que llegan a gastar hasta 10 mil dólares (130 mil pesos) en el periplo.

Cada recorrido podría ser el guion de una película dramática. Mahmud pasó primero por Irán, luego viajó a Turquía y llegó a Grecia, donde fue detenido.

“Me trataron peor que a un perro durante dos meses y me liberaron. Me dieron cinco días para largarme del país”, comenta sin dar más detalles. Cruzó Albania, descansó un poco en un campo de refugiados en Montenegro y siguió hacia Serbia, donde fue aprehendido y encarcelado una semana. Los policías serbios le dijeron lo mismo que sus pares griegos. Por lo tanto, se apuró a llegar a Hungría, país que atravesó rápidamente para entrar en Austria. Alcanzó el norte de Italia y finalmente llegó a Calais.

Su odisea duró un año. Padeció frío, hambre, soledad; durmió en la calle, bajo puentes, en edificios abandonados y estaciones de ferrocarril. Pagó para viajar en camiones, pagó para cruzar fronteras clandestinamente, pagó para salir de la cárcel. Pero lo que más le dolió fue haber percibido tanto desprecio en tantas miradas a través de su larguísima ruta. “Te hacen sentir como un animal apestoso. No vales nada”, dice.

Salam fue aun más desafortunado que Mahmud. Casi lo mataron en la frontera entre Afganistán e Irak. Cruzó Irán y Turquía sin mayores problemas, pero fue detenido en Grecia por haber participado en una violenta riña callejera. Fue encarcelado dos años. Tras pasar por Serbia, Austria, Italia y Francia intentó ir a Noruega para pedir asilo. Le tocó entonces recorrer Bélgica, Alemania, Dinamarca y Suecia “en condiciones feas”. En Oslo los trámites para lograr el asilo se demoraron un año, al cabo del cual fue deportado a Grecia, donde le habían tomado huellas digitales antes de encarcelarlo.

Conforme al Reglamento de Dublín de Regulación de Flujos Migratorios adoptado por todos los países de la Unión Europea (UE) y también por Noruega, Islandia y Suiza, los migrantes sólo pueden pedir asilo en el primer país europeo que los registra.

“Me subieron a un avión para Grecia. Viajé custodiado por cinco policías. En el aeropuerto de Atenas me entregaron a agentes griegos que me encarcelaron un mes. Después me soltaron.”

Salam volvió a atravesar Macedonia, Serbia, Croacia, Italia y llegó a París. Pensó pedir asilo en Francia, pero los trámites le parecieron tan complicados que se desa­nimó y optó por probar suerte en Gran Bretaña.

El reto de la solidaridad

Jean Claude Lenoir, fundador y presidente de la asociación Apoyemos, Ayudemos, Luchemos y Actuemos en favor de los Migrantes (SALAM), está agotado. Hace sólo un año su equipo guisaba para 400 personas, ahora le toca alimentar a mil 200. Y cada día llegan más. Alrededor de 45% de los recursos de la asociación provienen de subsidios públicos; el resto, de donativos.

Cada día, a las seis de la tarde, una larguísima cola serpentea en un amplio terreno baldío, ubicado cerca de una línea férrea abandonada y de un canal, apenas a cinco minutos a pie de la alcaldía de la ciudad.

“En años anteriores aprovechábamos el momento de la comida para platicar con los migrantes. Hoy parte de nuestra gente debe poner orden en la cola y la otra sirve a toda velocidad, sin tener tiempo de mirar a nadie. Esa situación poco tiene que ver con nuestro proyecto inicial de convivencia”, deplora Lenoir.

Se sienten tensiones en la cola, igual que en el Squat Galloo. Es el nombre que los activistas de la organización internacional No Border dieron al albergue informal que crearon hace un mes en una fábrica abandonada.

El lugar está al final de un callejón sin salida, en medio de un céntrico barrio modesto. Es una casa de dos pisos donde se improvisaron dormitorios y tiene un patio donde Médicos del Mundo montó grandes carpas, duchas y sanitarios portátiles. Hay otras tiendas más pequeñas y dos espacios para cocinar: uno en la casa y otro afuera.

Las autoridades municipales no cortaron el agua pero sí la electricidad. Una planta de luz permite alumbrar el lugar y recargar los celulares, que tienen una importancia crucial en la vida de los inmigrantes. Entre 300 y 400 personas viven en el Squat Galloo, pero muchas más pasan diariamente para informarse, comer algo, tomar una ducha o recargar sus teléfonos.

Los activistas de No Border, de firmes convicciones anarquistas, viven con los migrantes. Insisten en que no administran el lugar, sino que es autogestivo. El núcleo permanente de la asociación es francés, pero cada semana llegan jóvenes de toda Europa implicados en la defensa de los inmigrantes que deambulan por el continente. Pasan unos días en el Squat Galloo, intercambian informaciones, elaboran estrategias de resistencia a escala europea y siguen su camino.

“En estos primeros días de agosto son más numerosos y están en pie de lucha”, explica Philippe Wannesson, quien diariamente publica en su blog Passeurs d’Hospitalité (Coyotes de Hospitalidad) una crónica muy bien documentada sobre la situación de los migrantes del litoral norteño.

Según cuenta, presionados por las autoridades, los dueños de las fábricas interpusieron una demanda para recuperar sus bienes. Ganaron el juicio. A finales de julio agentes judiciales avisaron oficialmente a los “invasores” que tenían 10 días para irse. Nadie se movió. Ahora la fuerza pública puede intervenir legalmente para sacarlos.

“Pasó lo mismo hace un mes”, comenta Wannesson, quien relata el desalojo de centenares de migrantes que acampaban en el área de distribución de comida de SALAM.

El 3 de julio pasado, a las seis de la mañana, gendarmes y policías cercaron el campo, dispararon gases lacrimógenos por doquier, apartaron a la fuerza a periodistas y miembros de asociaciones. Derribaron todas las instalaciones: carpas, baños, duchas. Hicieron lo mismo en otros dos asentamientos informales.

Detuvieron a 600 inmigrantes, entre ellos a 121 adolescentes que viajaban solos. Éstos fueron albergados en centros de atención a menores, 206 migrantes acabaron en centros de retención diseminados en toda Francia y los demás, liberados. Algunos días después la mayoría de los jóvenes se había escapado de los albergues y estaba de nuevo en Calais.

“Y pasaba lo mismo con los adultos que en la actualidad se encuentran en centros de retención. La mayoría son oriundos de Eritrea, Sudán y Afganistán, países hacia los cuales Francia no expulsa a los inmigrantes. Y si no fueron registrados en el primer país de la UE al que llegaron, tendrán que ser liberados”, advierte Wannesson.

“Uno de los pretextos de esa expulsión fue la amenaza de una epidemia de sarna”, recuerda Jean Claude Lenoir, quien fue arrestado el pasado 3 de julio durante el desalojo y pasó 33 horas en detención provisional. “¿No hubiera sido más lógico curar la sarna en ese espacio donde estaban concentrados los migrantes en lugar de esparcirlos por toda la ciudad y en Francia?”.

Tanto Médicos del Mundo como los miembros de la red de solidaridad calesiana insisten en el estado de estrés extremo que padecen los inmigrantes. Viven subalimentados, mudándose de una jungla a otra, cuidándose de la policía y, además, pasan noches en busca de camiones parados, peleándose para subirse en ellos. Mientras más numerosos son los candidatos, más despiadada se vuelve la competencia alrededor de gasolineras y de áreas de estacionamiento.

Todos estos puntos estratégicos están bajo control de redes de coyotes de distintas nacionalidades que luchan para conservarlos o conquistarlos.

Fue en parte esa guerra de territorios la que generó dos noches de violencia en Calais entre el 3 y el 5 de agosto pasados. Armados con palos, piedras y barras de hierro, grupos eritreos y sudaneses se enfrentaron a la altura de la jungla de Tioxide. Los servicios de emergencia del hospital de Calais atendieron a 70 heridos, uno solo de gravedad. Las riñas ocuparon las primeras planas de la prensa regional y del vespertino Le Monde.

Se multiplicaron los rondines policiacos por toda la ciudad. La distribución de comida de SALAM, punto de partida de los enfrentamientos del 4 de agosto, se hizo bajo supervisión de decenas de agentes del CRS (Cuerpo Republicano de Seguridad), protegidos con cascos y escudos, armados con gases lacrimógenos. Cundió la inquietud entre los inmigrantes y aún más en la red de asociaciones y ONG.

Fueron Mariam Rachil, responsable de la antena de Calais de la muy importante organización Socorro Católico, y Mekki, un migrante sudanés hoy con estatuto de refugiado en Francia, quienes obraron como mediadores entre las dos comunidades.

El miércoles 6 de agosto voceros de ambas comunidades se citaron después de la distribución de la comida en el terreno baldío de SALAM, siempre custodiado por una fuerza policiaca pletórica y bajo la mirada de centenares de migrantes y de numerosos periodistas.

Se formó un círculo compacto de unas 100 personas alrededor de negociadores y mediadores. Desde fuera sólo se oían voces fuertes y diatribas en idiomas herméticos. Después de media hora se abrió el círculo. Los dos negociadores se apretaron las manos para sellar su acuerdo y anunciar la paz recobrada. De inmediato todos los inmigrantes los imitaron y acabaron abrazándose ante la mirada impasible de los CRS, que seguían protegiéndose detrás de sus escudos.

Philippe Wanesson insiste: “Ese brote de violencia dista de ser un mero conflicto entre coyotes y comunidades étnicas. En realidad es el resultado de la violencia que Francia y Europa ejercen contra los inmigrantes al privarlos de todo derecho e intentar deshumanizarlos”.

El blogger se indigna también ante la actitud de los medios de comunicación que reseñaron ampliamente los enfrentamientos y apenas la reconciliación de los contrincantes. “Eso exacerba la hostilidad para con los inmigrantes”, asienta, amargo.

Las causas

Hace 20 años que inmigrantes deseosos de ir a Gran Bretaña pasan un tiempo estancados en Calais. Su presencia crea tensiones en medio de la crisis económica que golpea a Francia y particularmente al departamento Paso de Calais, cuya tasa de desempleo es la segunda más grande de Francia (12.8% en el primer trimestre de 2014, mientras que el promedio nacional es de 9.7%).

Claudine Bué lo reconoce: “No nos gusta haber tenido que interponer una demanda contra los inmigrantes. Desde que la noticia salió en la prensa mucha gente me insulta en Facebook. No somos racistas. No somos manipulados por el Frente Nacional. A todos nos duele ver a los inmigrantes tan necesitados. Pero no podemos más. No sé cuál es la solución, pero no tenemos por qué pagar nosotros las consecuencias de sus tragedias”. Los vecinos que rodean a esa ama de casa de unos 40 años de edad aprueban con la cabeza.

La conversación transcurre al pie de unos pequeños edificios recién construidos adonde los interlocutores se mudaron hace un año. Es un barrio modesto, al final de la calle de Bitche, en la que se dio gran parte de los enfrentamientos nocturnos entre sudaneses y eritreos.

La calle desemboca en campos de árboles cercados por vallas metálicas. Más abajo se ve un canal y, aún más allá, se vislumbra la autopista. Un centenar de migrantes vive en ese lugar.

“Cada día llegan más”, “Su número creció mucho después del desalojo del 3 de julio”, “Se bañan desnudos en las aguas turbias del canal y defecan por doquier, inclusive en medio de nuestra calle”, “Nadie recoge sus basuras, que se amontonan”, “Nos robaron ropa que secábamos al sol”, se quejan los vecinos quitándose la palabra.

Temen otros brotes de violencia y que los inmigrantes los contagien con enfermedades. Hablan del virus ébola, que afecta a África occidental y no a Eritrea y Sudán. Tienen miedo del caos del mundo que irrumpió en la tranquilidad de su calle. Pero insisten: no son racistas.

En cambio, no buscan esconder su xenofobia los calesianos agrupados en Salvemos a Calais, una red de ultraderecha conectada por Facebook, creada en octubre de 2013 e instrumentalizada por el Frente Nacional. Ese grupo –sin registro oficial– intenta movilizar, hasta ahora sin éxito, a la opinión pública contra los migrantes. El pasado mes de julio algunos de sus simpatizantes agredieron físicamente a Severine Mayer, quien encabeza el colectivo Calais Apertura y Solidaridad.

Philippe Wanesson advierte que no se debe subestimar la emergencia e insiste en el frágil equilibrio que se vive en Calais: por un lado hay gestos de “racismo cotidiano” en cafés y comercios cuyos dueños se rehúsan a atender a inmigrantes, o personas que profieren gritos de animales cuando los extranjeros pasan por las calles; por el otro lado se multiplican las muestras de solidaridad individuales.

“A imagen y semejanza de la sociedad francesa la calesiana está profundamente dividida sobre la cuestión de los inmigrantes. Pero hasta ahora lo está de manera solapada. La respuesta represiva del gobierno socialista actual, que casi no se diferencia de la del gobierno anterior, no hace sino legitimar la intolerancia”, asegura.

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