Hong Kong despierta con reclamos de democracia

Una sociedad tradicionalmente apolítica empezó a desperezarse. Los habitantes de Hong Kong, especialmente los jóvenes, comenzaron a salir a las calles y a protestar por la trampa tendida por Beijing: les ofreció elecciones libres en 2017, promesa que no va a cumplir. A las primeras protestas sucedió la represión, y a ésta, la indignación popular que hizo crecer un movimiento hasta entonces marginal. Ahora es asunto de todos los elitistas hongkoneses, quienes además sacan a colación el tema de su desprecio hacia los “incivilizados” chinos de la República Popular.

HONG KONG.- Manifestaciones multitudinarias en pro de la democracia eran hasta hace poco improbables en esta ciudad. Pero decenas de miles de personas han ocupado durante una semana las principales calles y plazas de la excolonia británica para exigir la dimisión de su jefe ejecutivo, CY Leung, y elecciones en 2017 sin el control de Beijing. Esta crisis puso en jaque al gobierno local y es el mayor desafío en décadas para China.

La crisis se gestó en agosto, cuando las autoridades de Beijing confirmaron lo que ya se temía en la isla. La elección universal prometida cuando la excolonia regresó a control chino de manos británicas en 1997 tenía un truco: un comité daría carta blanca a algunos candidatos y desestimará a otros, a los “hostiles”.

El mecanismo fue calificado de “farsa” por la plataforma prodemocrática Occupy Central, que después organizó un referéndum consultivo –no autorizado– en el cual 800 mil hongkoneses (de una población de 7 millones) exigieron comicios al estilo occidental.­

Occupy Central propuso como estrategia para presionar a Beijing plantones y manifestaciones que colapsaran el Distrito Central, corazón del segundo centro financiero asiático. La iniciativa generaba más entusiasmo en la prensa global que en la isla.

A principios del mes pasado una encuesta de la Universidad de Hong Kong revelaba que había más habitantes locales en contra (46.3%) que a favor (31.3 %). Los líderes de la plataforma reconocían que su margen de acción era escaso y no convencerían a Beijing.

La campaña languidecía cuando los estudiantes le insuflaron aire con una huelga y muchos salieron a las calles.

El empujón decisivo llegó el pasado 28 de septiembre, cuando unos estudiantes que intentaban entrar por la fuerza en un edificio gubernamental fueron repelidos por la policía con gases y a golpes.

La reacción policial no fue más dura de lo que podría haber sido en cualquier otro país, pero Hong Kong es un oasis. Las protestas sociales son raras y la policía no había utilizado gas lacrimógeno en una década. Las imágenes de estudiantes golpeados conmocionaron a toda la isla y al día siguiente la afluencia a las protestas se triplicó.

La prensa internacional mete en el mismo saco de prodemócratas a todos los congregados, pero una rápida encuesta lo desmiente. Muchos están menos preocupados por las elecciones libres que por mostrar su indignación por la intervención policial y exigir la renuncia de CY Leung por haberla ordenado. Su odio se dirige más hacia el jefe ejecutivo y la policía que hacia Beijing.

Pero el contexto ha acabado por estimular las demandas políticas en el movimiento juvenil, formado mayoritariamente por universitarios. Para muchos jóvenes hong­koneses llegó la hora de corregir una anomalía: Que disfrutando de una sociedad altamente tecnificada y cosmopolita, del más impresionante contorno de rascacielos en Asia y de la mayor concentración de millonarios por metro cuadrado, la democracia –entendida como la posibilidad de elegir a los gobernantes– les siga siendo ajena.

Gran Bretaña se rehusó a compartir su acrisolada democracia durante siglo y medio de dominación y sólo le entraron las prisas cinco minutos antes de devolver Hong Kong a China en 1997. Desde entonces poco ha cambiado para los hongkoneses: Los gobernadores que antes elegía a dedo la reina desde Londres, son nombrados ahora por el Partido Comunista de China.

Éste por lo menos se ha esforzado en darle un barniz democrático: El jefe ejecutivo de Hong Kong es elegido actualmente por un comité de mil 200 miembros que representan a los diferentes sectores sociales.

En el fondo, el dinero

Antes a pocos hongkoneses parecía importarles la falta de democracia. Las peticiones al respecto vinieron durante años de tipos calificados de excéntricos, como el histórico político de izquierda Leung Kwok-hung, Pelo Largo.

Eran vistos con curiosidad antropológica por el resto de hongkoneses, ocupados en acumular riqueza, enviar a sus hijos a las mejores escuelas y comprarse un auto más grande que el del vecino, mientras disfrutaban de los derechos humanos y un sistema de justicia independiente heredado de los británicos.

¿Quién querría pelear en ese contexto por meter un papelito en una urna cada cuatro años? Al jefe ejecutivo impuesto sólo le pedían que no molestara.

Pero la presión popular forzó la dimisión en 2005 de Tung Chee-hwa, anterior jefe ejecutivo. Las constantes protestas por su impopularidad perturbaron la marcha de la economía.

“Hace 20 años hablábamos de política en la universidad. Nos comparábamos con otras democracias del mundo, como la estadunidense, y concluíamos que nuestro sistema era mejor porque nos daba seguridad y bienestar. Ahora creo lo contrario”, dice a este semanario Steven Chiu, uno de los pocos cuarentones que participan en las protestas.

El dinero ya no fluye como antes. Los jóvenes no se benefician tanto del auge económico de la China del interior, las desigualdades sociales se han disparado y la burbuja inmobiliaria impide a muchos residentes locales comprarse una vivienda. Saben que no vivirán tan bien como sus padres y en ese contexto ha prendido la lucha democrática.

“Mis padres no quieren que venga. Piensan que es peligroso y una pérdida de tiempo porque es imposible ganar. No me preocupa perder clases. Esto es más importante. Nunca pensé en política antes ni nadie en mi universidad, pero ahora 70% de mis compañeros está aquí”, dice a Proceso Wendy Chow, veinteañera estudiante de derecho.

La ocupación del Distrito Central revela la brecha generacional. Para los mayores supone un atentado estéril contra la salud económica de la región, mientras los jóvenes piensan que es un precio razonable. Unos y otros son conscientes de que Beijing nunca permitirá en una parte de su territorio a un gobierno hostil que le cause problemas. Para unos es una pérdida de tiempo y esfuerzo que deberían emplearse en cuestiones más prácticas; para los otros, vale la pena intentarlo.

El conflicto no es sólo político sino social. La cuestión de la identidad es muy complicada en la excolonia: La evolución de los que dicen sentirse hongkonés, chino-hongkonés o chino sirve de termómetro de las relaciones entre Beijing y la isla en las últimas décadas.

Los años posteriores al regreso a dominio chino fueron de vino y rosas. El gobierno central había respetado los privilegios de la isla, la economía crecía y Beijing ayudó a que Hong Kong remontara la crisis del síndrome de insuficiencia respiratoria en 2003 estimulando el turismo cuando el resto del mundo le dio la espalda.

Esa coyuntura dorada ya pasó. Los hong­koneses acusan hoy a Beijing de entrometerse en sus asuntos y traicionar el modelo “un país, dos sistemas” que diseñó décadas atrás Deng Xiaoping. Los turistas del interior han sido dibujados como una plaga de langostas en la prensa local.

Hong Kong sufre la competencia de otros centros financieros y los problemas sociales se han agravado. La burbuja inmobiliaria, principal lamento local, se achaca a los ricachones del interior, que coleccionan propiedades en la isla como signo de estatus.

“Soy hongkonés y vivo en un departamento de alquiler muy lejos del centro. Aquí es imposible comprarse una casa. Incluso bloques de apartamentos se han reconvertido en hoteles ilegales para los turistas chinos”, revela Carlo Wong, empresario de 52 años.

El aluvión de chinos del interior tensa la capacidad ya complicada de los servicios por la altísima densidad de población. Los chinos del interior acaparan toda la leche infantil de las farmacias porque no se fían de las suyas, saturan las salas de maternidad y dejan sin plazas de guardería a los hongkoneses.

Y se añade el problema clasista: para los refinados, cosmopolitas y angloparlantes hongkoneses, sus hermanos del interior son nuevos ricos incultos.

“Tenemos culturas y educaciones diferentes. Ellos escupen, hablan muy alto. Deberían intentar comportarse aquí como lo hacemos nosotros”, dice a este reportero Olivia Wong, oficinista de 35 años.

En la red circulan videos virales de chinos del interior que orinan donde no deben o comen en el metro. A su vez, éstos se quejan del desprecio que sufren por parte de la población local y se preguntan por qué aquí hay derechos que no existen en el resto de la nación.

Antichinos

El domingo pasado el chofer de un autobús detuvo su vehículo cuando pasaba por el barrio Mong Kok, como gesto de apoyo a los estudiantes que frente a él protagonizaban un plantón. Había espacio para pasar. Los cinco camiones que lo precedían quedaron varados… y aún están ahí. Sus ventanillas se han llenado de fotos de Gandhi y Martin Luther King y letreros con reclamos sociales y políticos, similares a los dazibao (carteles colgados en murales para conocimiento público) tan frecuentes en la historia china.

“Somos diferentes. No somos corruptos. Estamos orgullosos de nuestra libertad”, afirma Cally Chat, oficinista de 28 años. Opina que un líder libremente elegido se preocuparía más de los intereses hongkoneses y defiende el proteccionismo “como el europeo”: “Que no dejen entrar a tantos hasta que nosotros estemos mejor”.

Para profundizar en las diferencias basta acercarse en estos días al campamento de protesta en Admiralty, frente a la sede de gobierno, y apreciar el orden prusiano. Se usan miles de botellas de agua en la lucha contra el sol canicular y la humedad hongkonesa. Los tapones van a una bolsa de basura, las botellas se aplastan manualmente y van a otra. Hay tres grandes bolsas de tapones. Decenas de jóvenes repiten similares procesos con otros despojos.

Enternece el detalle del reciclaje cuando se intenta tumbar a un gobierno. Son decenas de miles de concentrados y cuesta encontrar una colilla. Basta comparar la escena con las montañas de desperdicios que dejan los turistas chinos en las playas de Hainan o Qingdao.

Es un ambiente desenfadado, pero hay cadenas de montaje más desordenadas que esta autogestionada concentración juvenil. Aquí está la zona del reciclaje. Allí la de los víveres. Galletas, pan, todo separado en cajas. Allá las bebidas. Jugos, aguas y grandes botellas de un famoso refresco. Y más allá la defensa contra el gas lacrimógeno: paraguas, gogles de buceo y máscaras de papel. Todo gratis y en cantidades industriales.

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