Bolivia en Argentina

BUENOS AIRES (apro).- El mercado de la Colectividad Boliviana de Escobar, a 50 kilómetros de Buenos Aires, ocupa un predio de seis hectáreas. La actividad en sus cuatro modernos galpones para la venta de frutas y verduras comienza por la madrugada. Los camiones de los productores entran, descargan y salen. Más tarde será el turno de los clientes mayoristas, los pequeños verduleros e incluso de particulares que cada día llegan hasta aquí con sus vehículos.

El mercado abastece 80% de las hortalizas que se consumen en la capital argentina. La verdura de los puestos, todavía en altas torres de cajones de madera, conserva el color y el aroma intenso de lo recién cosechado. Otros aromas dulzones, picantes, llegan desde el restaurante de comida típica boliviana, abarrotado de gente.

Carlos Huallpa tiene 52 años y llegó a Escobar a los 16. Hoy es el vicepresidente de la Colectividad Boliviana de Escobar. “Acá todo era huerta de verduras, portugueses, italianos”, dice a Apro. “Nosotros éramos empleados. Trabajábamos por tanto. Así aprendimos”.

Todo empezó a cambiar en la década de los setenta. Los trabajadores bolivianos se fueron independizando, alquilaron una parcela de siembra, compraron un tractor usado, se hicieron patrones. Llevaban ellos mismos su mercadería al Mercado Central de Buenos Aires. “Allá se te aprovechaban los puesteros”, dice Huallpa: “Si el cajón de lechuga vale 70, te la ofertaban a 30”.

Los productores bolivianos comenzaron a vender su mercadería en una calle de las afueras de Escobar. “Te la sacaban de las manos”, recuerda Huallpa. Más tarde desmalezaron un campo, improvisaban ahí sus puestos. Hoy el mercado es parte de un complejo que incluye un centro cultural y otro deportivo.

En el centro de la sala de reuniones, ubicada en la planta alta, hay una enorme mesa. En un rincón, en sendos mástiles, la bandera boliviana, la argentina y la de la Colectividad Boliviana de Escobar. En la pared cuelga un cuadro con la foto del presidente Evo Morales, que estuvo aquí de visita en 2011. A través de los ventanales se puede otear todo el movimiento en esta nave del mercado.

Escobar concentra a la comunidad de inmigrantes bolivianos más numerosa de Argentina. En el país residen legalmente 355 mil bolivianos, según datos del Censo Poblacional de 2010. La propia Embajada de Bolivia en Buenos Aires estima, sin embargo, que su número es de al menos millón y medio.

“Estamos desparramados en todas las provincias, desde Tierra del Fuego hasta La Quiaca”, dice Huallpa. “La tierra argentina es fértil, produce todo. Entonces, ¿qué pasa? La gente boliviana es trabajadora y aparte va al progreso. Cuando uno llega de Argentina a Bolivia, viene con pilchita (ropa elegante), con platita, hay como un contagio: vamos a la Argentina”.

Huallpa sostiene que la tierra que los productores tienen en Bolivia alcanza para sobrevivir pero no para progresar. “Acá la gente boliviana siempre agachó el lomo”, dice. Abarca con la vista todo el predio del mercado, y suelta: “Esto se hizo a pulmón. No hay ningún subsidio del Estado, del municipio, nada”, sostiene.

Originarios

Evo Morales asumió en Bolivia en 2006 como el primer presidente indígena de América Latina. Pertenece a la etnia aimara. El docente, pensador, activista y chamán, Tayta Ullpu, proviene de otra de las etnias mayoritarias en la región andina: la quechua. Este hombre de 65 años bien llevados vive desde hace cinco décadas en Argentina. En la actualidad enseña quechua en tres universidades de Buenos Aires. La lengua de los incas sigue teniendo gran presencia en el área de influencia del antiguo imperio, desde el noroeste de Argentina hasta el sur de Colombia.

Tayta Ullpu no mira, contempla. Lleva su abundante pelo blanco atado atrás. Sus anteojos redondos, de aros plateados, matizan su rostro de rasgos angulosos, fuertemente delineados. Sostiene que en las sociedades boliviana y argentina, donde confluyen las culturas locales con las europeas, continúa la discriminación contra el indígena comenzada en la conquista española.

“Nos quieren hacer sentir que somos extranjeros en nuestra propia tierra y en nuestras propias naciones”, dice a Apro. “Yo me podré pintar los pelos, me podré tatuar, me podré poner arito, pero jamás podré ser como un europeo –sostiene–. De hecho, nosotros hemos crecido dentro de esa sabiduría, hemos mamado, entonces queremos plantear desde este lugar, para que la gente sepa cuál es la otra idea, cuál es la otra filosofía de vida, el otro pensamiento y la otra sabiduría de los quechuas”.

Tayta Ullpu masca coca durante toda la entrevista. La costumbre es milenaria en todo el Altiplano andino. El jugo de la hoja sirve para combatir el hambre, el sueño y el “apunamiento” (mal de montaña).

La subsede de la Universidad de La Matanza, donde hoy dicta sus clases, está emplazada en pleno centro de Buenos Aires, a tres cuadras del Congreso argentino. El edificio es moderno, de frente angosto y arquitectura práctica. En la fachada y el fondo hay paredes vidriadas. En cada uno de los cuatro pisos se distribuyen tres aulas. A través de las ventanas que dan al pasillo se ve el paso de los alumnos en dirección al pequeño bar o a la biblioteca.

Tayta Ullpu se define como indígena u originario antes que como inmigrante boliviano. Suele oficiar ceremonias en Buenos Aires y otras ciudades en las que se rinde tributo a la Madre Tierra, la Pachamama. Realiza rituales en jardines zoológicos, donde entra en contacto con animales andinos que los quechuas consideran sagrados.

“Lo espiritual es honrar, respetar, que todo tiene vida: el agua tiene vida, el aire tiene vida, el fuego tiene vida, la tierra tiene vida, el sol tiene vida, los planetas, astros, cometas, todos tienen vida”, sostiene. “Todos los que tienen vida tienen espíritu. Y el espíritu protector de la montaña existe, pero cuando el ser humano occidental dice que esto es una materia, cuando lo manipula, es que realmente… nosotros no manipulamos ese sentido, respetamos cada manante, cada vertiente, respetamos cada montaña, respetamos el río que cruza, pedimos permiso, porque nosotros nos sentimos parte de la Madre Naturaleza, no nos creemos dueños”.

Sentir boliviano

Radio Latina emite desde una casa de familia en un barrio bajo y gris del oeste de Buenos Aires. Miles de inmigrantes bolivianos sintonizan esta radio a las 14:00 horas de cada día de semana. Sentir Boliviano es el primer programa para la comunidad boliviana de la radiofonía argentina. Se emitió por primera vez en 1975. Gisela Pacheco, de 33 años, sigue hoy los pasos de su padre y fundador del programa, Hernán Pacheco, fallecido en junio 2013.

“El apoyo de sus oyentes y de los compañeros colegas de radio me impulsaron a mí para que yo siga y continúe con el programa”, dice Gisela a Apro. Al comienzo no tenía ninguna experiencia en el medio radial. Adentrarse en él le da placer. “Me siento agradecida y orgullosa de tener en alto el programa de mi papá –dice–. Y aparte de esto estoy llegando a que se pueda escuchar en Estados Unidos, en España, en Chile”.

Gisela Pacheco es locutora y operadora de audio al mismo tiempo. En su mesa hay dos micrófonos y una computadora antigua. De otro lado están la consola y los equipos. En las paredes hay pósteres de bandas de música boliviana, dos pájaros disecados, un cuadro con la foto de Evo Morales.

De estatura baja y pelo negro, la joven es femenina y moderna. Usa un piercing en la nariz, calzas oscuras, un buzo ceñido al cuerpo, un pañuelo negro con dibujos blancos al cuello. Gisela viaja cada día una hora y media desde las afueras hasta la radio. La publicidad que pagan los auspiciantes le permite vivir sin lujos con su hija pequeña. Quiere estudiar operación de radio como su padre, oriundo de La Paz, al igual que su madre. Gisela tiene el corazón repartido entre ambos países.

“Pero me tiro más para lo boliviano –dice–, porque yo me crié con toda la cultura y la música boliviana”. Sólo una vez tuve la oportunidad de viajar a Bolivia. “Me quedé enamoradísima, de la cultura, de las comidas, de la gente, que es una gente generosa, una gente linda, y más la gente de campo, que son muy solidarios y tienen una gran humildad de espíritu”, dice. “Y también, por supuesto, tengo que tirar para el lado de mi país, que soy argentina”, explica.

Explotación

Muchos inmigrantes bolivianos en Argentina son sometidos a la explotación laboral y el trabajo esclavo. Para Rosana, por ejemplo, la desventura comenzó en Bolivia hace seis años. Hoy tiene 19 años, y tenía 13 cuando llegó a Argentina. “Vine con una señora boliviana que a mi mamá le ofreció 600 pesos, que eran allá 150 dólares”, cuenta la joven a Apro. “Y mi mamá, como nunca había visto la plata argentina, nunca se imaginó tanta plata en tan sólo un mes; dijo, ‘bueno’, con tal de deshacerse de mí también, porque no nos pudo criar a ninguno de los hermanos”, explica.

Contrariamente a lo prometido, Rosana trabajó en una verdulería desde las cuatro de la mañana hasta la medianoche. “El primer mes ya no me pagaron –dice–. Me dijeron que eso iba a correr por el pasaje y por la comida”.

La joven fue privada de su libertad, se le retuvo el documento, fue golpeada, hambreada, amenazada con ser reducida a la prostitución u obligada a traer cocaína de Bolivia. Pudo escapar. Vivió en la calle. En la actualidad trabaja en una fábrica textil y vive con un joven, también boliviano, que le permite habitar la casa pagando los gastos de ambos.

Las detenciones por trata de personas y reducción a la servidumbre se han vuelto moneda corriente entre los inmigrantes bolivianos que al llegar a Argentina son enviados a trabajar en la agricultura o en talleres textiles clandestinos. Sólo en la ciudad de Buenos Aires y el Gran Buenos Aires se estima que hay 4 mil de estos últimos.

“Vienen desde Bolivia, les engañan diciendo que va a ser todo color de rosa, vas a trabajar sólo cuatro horas y te van a pagar mil pesos o dos mil pesos en esas cuatro horas”, dice Rosana. “La gente de Bolivia dice ‘bueno, voy a salir adelante, voy a estudiar y voy a trabajar’. Y cuando bajan del bus, se los secuestra, les insisten en hacer la prostitución, o un trabajo de costura pero sin sueldo, encerrados en talleres, donde trabajan sin comer”, explica. “Yo vine, lo mismo, engañada. Brutalmente trabajaba. Nunca tuve un descanso. Pasaron meses, nunca me pagaban, me daban vales, el dinero nunca llegó a mis manos”; concluye.

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