Cuando el Muro de Berlín empezó a caer

Un cuarto de siglo después de la caída del Muro de Berlín, los periodistas alemanes Frank Sieren y Ludwig Koehne publican en un libro los pormenores de las luchas que se libraron dentro del partido dominante de lo que fue la República Democrática Alemana. Una estructura burocrática anquilosada, ciega y sorda a los reclamos ciudadanos, preocupada sólo por mantener el estado de cosas, fue incapaz de medir a tiempo el tamaño del descontento popular. Y ese descontento los rebasó, los aplastó, redibujó el mapa europeo y cambió la historia.

BERLÍN.- Pasadas las seis de la tarde del 9 de noviembre de 1989, Günter Schabowski, miembro del Buró Político del Partido Socialista Unificado de Alemania (PSUA o SED, por sus siglas en alemán) leyó en conferencia de prensa las recientes modificaciones a la ley de viajes que eliminaba las restricciones para que los ciudadanos de la República Democrática Alemana (RDA) viajaran al extranjero.

Tras dar lectura al documento, la pregunta clave brincó desde las butacas donde lo escuchaba medio centenar de reporteros:

–¿Cuándo entran en vigor las nuevas reglas?

–Según mi conocimiento… de inmediato, respondió.

La noticia se esparció y en cuestión de horas miles de alemanes –tanto de la República Federal Alemana (RFA) como de la RDA– salieron a la calle para cruzar el muro que durante 28 años los había dividido.

Por la noche Schabowski fue informado de la situación. Su imaginación no le alcanzaba para adivinar lo que pasaba. Salió a la calle y vio cómo una caravana de autos cruzaba por la avenida Schönhauser Allee del este hacia el oeste, hacia Berlín Occidental.

Después fue a la calle Heinrich-Heine y vio que también ahí había miles de personas cruzando. Se acercó a un guardia fronterizo para preguntar cómo se iban desarrollando los acontecimientos: “Todo perfecto. La gente tiene un ánimo increíble y lo tranquilizante es que presentan su carnet de identidad”, fue la respuesta.

“Cuando escuché lo del carnet de identidad pensé que la RDA estaba salvada: aunque los ciudadanos se movían libremente, no ignoraban la frontera, sino que incluso la respetaban. Al día siguiente había en el comité central del PSUA una cruda moral. En algún momento durante el desayuno vino el tema sobre la apertura del muro y se dejaron escuchar cuestionamientos, desde un ‘¿cómo pudo haber sucedido?’ hasta ‘¿quién nos metió en este lío?’ Reinaban la estupefacción y especulación. Fue grotesco”, recordó un par de años después Schabowski.

Apenas 11 meses antes el jefe de Estado de la RDA, Erich Honecker, declaraba que el Muro de Berlín “todavía en 50 y también en 100 años estará ahí”.

No fue así. Los cambios económicos que experimentaba la Unión Soviética y la masiva movilización ciudadana que pacíficamente exigía “el cambio”, forzaron en meses lo inevitable.

Y aunque públicamente el gobierno de la RDA pretendía que no pasaba nada –el 7 de octubre de 1989, por ejemplo, celebró los 40 años de su fundación mientras unos 3 mil ciudadanos se manifestaban y eran reprimidos por la policía– lo cierto es que el desmembramiento de Alemania Oriental fue un proceso doloroso y hasta humillante para la nomenclatura del PSUA.

“La RDA fue sacrificada en el altar de la ‘Casa Común Europea’ por la cual Gorbachov luchaba con tanto ahínco. Fue el hecho más doloroso de mi existencia, así como de la de numerosos camaradas. Estamos obligados hoy a reconocer que esto fue facilitado por nuestra actitud habitual ante Moscú, hecha ante todo de disciplina y respeto de la tradición”, escribió Hone­cker en 1992, desde la cárcel.

La efervescencia que pedía un cambio tras 40 años de dictadura del proletariado brotó en el verano de 1989. El 2 de mayo de ese año el gobierno de Hungría había abierto sus fronteras con Austria y en la RDA ya se registraban las primeras protestas por el derecho a salir y entrar libremente del país: cerca de cien mil ciudadanos esperaban la autorización formal para ello sin que el gobierno flexibilizara su postura.

Durante las vacaciones de ese verano cientos de alemanes del este que deseaban viajar ocuparon la representación permanente de la RFA en Berlín Oriental y las embajadas de su país en Polonia, Checoslovaquia y Hungría.

Otros miles se dirigieron a Hungría para cruzar ahí la frontera y llegar hasta Alemania Occidental vía Austria. Sucedió entonces algo trascendental: el 10 de septiembre el gobierno húngaro abrió su frontera austriaca también para los ciudadanos de la RDA.

Con ello se desató una imparable cascada de sucesos. Y aunque fue un proceso que se gestó durante meses, parecía que el Politburó del PSUA no quería reconocerlo en toda su dimensión: “Convencionalismo burgués, indiferencia, apatía, estrechez de mente o su poder que era en realidad el poder de la costumbre”, son algunas de las respuestas a esta actitud que manejan los periodistas Frank Sieren y Ludwig Koehne en su libro El Politburó, fin de un mito.

“Que no hubiéramos aceptado que estos grupos eran una protesta naciente en la RDA y que más bien lo hayamos tomado como buscapleitos manejados desde occidente que buscaban difamar a nuestro sistema, fue un error”, se cita a Schabowski en el libro.

Cúpula burocrática

Las sesiones del Politburó eran de lo más formales y tranquilas. En los últimos cinco años sólo se había dado una discusión en serio y ésta fue en 1985 cuando se destituyó a Konrad Naumann como secretario del organismo.

Luego de las fugas masivas que comenzaron en el verano, el desánimo se respiraba en estas reuniones burocráticas, pero nadie hablaba al respecto. Solos, aislados unos de otros, los miembros del Politburó se rehusaban a una discusión abierta. “Uno apenas se saludaba. No había bromas. Mientras que apenas alguien sacudía la cabeza, otro preguntaba: ‘¿Qué dices al respecto?’, para que de inmediato un segundo dijera: ¿Por qué nos metió en este lío Hungría?’ y con ello quedaba zanjada la discusión”, relata en el libro el antiguo funcionario comunista.

El 12 de septiembre de 1989, sin embargo, el tono de la discusión se elevó y por primera vez se abordó abiertamente el tema de las incesantes fugas del este hacia el oeste.

El primero que manifestó su preocupación por la situación que se vivía en Hungría fue Werner Krolikowski, secretario de Agricultura del comité central del PSUA, quien era de la idea de que se debía dar al pueblo una explicación de lo que sucedía.

–Eso está muy bien y es absolutamente correcto. Pero si antes nosotros dentro de este círculo no podemos ponernos de acuerdo sobre qué vamos a decir en esa declaración, podemos empeorar la situación y enviar a la gente una señal de que el problema no está superado y lanzarlos todavía más a que dejen la RDA –respondió Schabowski.

Y comenzó a numerar las serie de problemas estructurales que desde su punto de vista había que resolver. “Sobre lo que abiertamente nos tenemos que pronunciar es sobre cómo vamos a superar la situación económica”, dijo enfático. La discusión comenzó.

En aquel momento el secretario general del PSUA y líder absoluto de la RDA, Erich Honecker, estaba temporalmente fuera de funciones debido a una cirugía a la que se había sometido. En su lugar había quedado el segundo hombre más importante, el secretario del Comité Central, Egon Krenz. Pero ese día, el de la discusión, él también estaba ausente. Vacacionaba.

La ausencia de las cabezas más importantes fue el pretexto para que el debate fuera abruptamente cortado por Kurt Hager, encargado de cultura de la RDA, quien impuso su opinión de que tales temas no se debían abordar sino hasta cuando Honecker estuviera de regreso.

Una semana después Honecker volvió al poder y encontró que había serios problemas.­

Con la decisión del gobierno húngaro de abrir sus fronteras para los alemanes del este el 10 de septiembre de 1989 se incrementó la presión sobre la RDA: En sólo tres días 15 mil de sus ciudadanos dejaron el país y en Praga otros 3 mil abarrotaban los jardines de la embajada de la RFA en espera de asilo. El jefe del Estado estealemán había recibido un mensaje de la dirigencia comunista checoslovaca de que no había forma de controlar la situación, simplemente no podían evitar que la gente brincara la reja para refugiarse en la embajada de Alemania Occidental. Había que encontrar una solución pues además temían que los sucesos desestabilizaran a Checoslovaquia.

El 1 de octubre, en una reunión a la que fue convocado el Politburó, Honecker informó sobre la situación y sobre el pronóstico de que todo empeoraría de cara al 40 aniversario de la fundación de la RDA, a celebrarse el 7 de octubre.

Por ello, como “acto único y extraordinario”, dijo, había acordado “conceder la libertad”, esto es, la autorización de salida, de los 3 mil ciudadanos varados en Praga.

En un acto que al final no tuvo el resultado que él deseaba, Honecker puso como única condición que los alemanes del este tendrían que dejar el país cruzando en tren la RDA. El mensaje que quería transmitir era que esos ciudadanos eran echados del país y que por ningún motivo Checoslovaquia era el camino adecuado para escapar.

“Durante esos días cada paso de Honecker era dominado por la situación. Pretendía mantener oculto lo que estaba sucediendo para no dañar más el festejo del aniversario. Pero en realidad la reputación de la RDA en ese momento ya era sólo una ficción. La imagen que en ese momento tenía la dirigencia era de incapacidad asumida.

“Para mí era algo tormentoso. Cada día escuchaba a las 6 de la mañana las noticias de Deutschlandfunks (la radiodifusora estealemana) que de nuevo 459 o 526 personas daban la espalda a la RDA. De una forma extremadamente vergonzosa y humillante para nosotros nos dimos cuenta de que a pesar de todos los esfuerzos y la falsa estabilidad de la RDA, no habíamos podido desarrollar la fuerza de atracción suficiente para que la gente permaneciera en el país donde vivían, donde tenían el trabajo asegurado”, admitió Schabowski.

Llegó el 7 de octubre y con ello la famosa frase que pronunció el líder soviético Mijail Gorbachov en el 40 aniversario de la RDA: “Quien llega tarde es castigado por la vida”. Parecía un mensaje cifrado y su ambigüedad sirvió para que cada quien interpretara la frase en beneficio de sus intereses. La oposición se aferró a ella y el nombre de Gorbachov comenzó entonces a sobresalir en las manifestaciones como un posible salvador.

Ese día el Politburó tuvo un encuentro privado con el dirigente soviético. Llena de superficialidades, la reunión fue decepcionante para ambas partes. Por un lado a los soviéticos les sorprendió que Honecker no dedicara una sola palabra a la situación que se vivía en el país. En su turno, Gorbachov fue criticó con su propio país aunque la sentencia fue directa: “Camaradas, tenemos muchas dificultades en el área económica pero nos aferramos a la democracia porque hemos aprendido de los procesos. No se pueden pasar por alto las señales de la realidad. Quien llega tarde es castigado por la vida”.

Tenso, ligeramente sonrojado y con un dejo forzado de sonrisa Honecker escuchó.

“Al dejar la sala, Krenz y yo nos miramos. Estábamos de acuerdo, la cosa no podía seguir así. Todavía no teníamos un plan concreto. Sólo sabíamos que Hone­cker se tenía que ir”, recuerda Schabowski, según Sieren y Koehne.

En los días siguientes maduró y tomó forma la conspiración. La sesión del 17 de octubre fue el día elegido para destituir a Honecker.

Un día antes el también miembro del Politburó Harry Tisch informó a Gorbachov de la decisión. Éste, según el propio Tisch, sólo tuvo palabras de ánimo: “No tengan miedo del propio pueblo. La destitución de Honecker va a contribuir a traer la calma. ¡Mucha suerte!”

Llegó el día de la sesión del Politburó y Honecker preguntó:

–¿Hay propuestas para el orden del día?

–Sí. Se propone la destitución del camarada Honecker de su función como secretario general del PSUA.

Con rostro de piedra, el aún jefe de la RDA autorizó el debate en el cual horas después y por unanimidad sería destituido. Públicamente, y en una especie de concesión a él, la decisión se manejó como una renuncia voluntaria.

Tras la dimisión de Honecker comenzó el denominado “tiempo del cambio” bajo las riendas de Krenz, entonces ya presidente del Consejo de Estado de la RDA y secretario general del PSUA. Gran error, admitieron tiempo después los miembros del Politburó, porque al reproducir el mismo esquema vertical de gobierno, donde los dos cargos máximos del Estado recaían en una sola persona, la confianza que pretendían conseguir de la población nunca llegó.

Y mientras todo esto sucedía en las altas esferas del poder, afuera, en la calle, se extendían las protestas de ciudadanos que querían cambios reales y tangibles.

Con ánimo de apertura, real u obligada por las circunstancias, el gobierno intentó bajar los ánimos con una serie de disposiciones: Comenzaron en la ciudad de Leipzig, por ejemplo, las “conversaciones de los domingos”, en las cuales representantes del PSUA respondían directamente a preguntas de los ciudadanos; hubo también el primer encuentro entre representantes de la oposición con el gobierno y a finales de octubre se declaró, incluso, una amnistía para quienes hasta ese momento habían huido del país.

El 6 de noviembre fue publicada anticipadamente una nueva ley que flexibilizaba los viajes al exterior. Pero su efecto fue el contrario al deseado: Miles de ciudadanos se manifestaron en Leipzig contra el burocrático proceso para autorizar los viajes y contra del límite de tiempo que se imponía a las estancias en el extranjero. La disposición preveía una discusión pública de 30 días que nunca se dio pues el 9 de noviembre, por la tarde, Schabowski anunciaría en conferencia de prensa la enmienda a dicha ley: Quedaban levantadas de manera inmediata las restricciones para viajar al exterior.

“Que la caída del muro fuera el inicio del fin de la República Democrática Alemana fue algo que no previmos. Por el contrario, habríamos esperado un proceso estabilizador”, reconoció Schabowski. Tal proceso nunca llegó.    

Comentarios

Load More