El país de las masacres

La tragedia de Ayotzinapa conmovió a la sociedad mexicana. Pero no es la única acción criminal contra inocentes; han sido ya tantas las matanzas en los años recientes que parecerían ocurrir en un país aletargado, acostumbrado a una insana acumulación de cadáveres. San Fernando, Tlatlaya, Villas de Salvárcar o el bar Hea­ven son sólo algunos de los nombres asociados a esa lista de la locura.

Más allá del horror del presunto asesinato y quema de 43 cuerpos en el basurero de Cocula, Guerrero, México en años recientes se ha convertido en el país de las masacres, con o sin entierro de las víctimas en fosas clandestinas.

Militares, policías, falsos o supuestos zetas y matazetas, traficantes, sicarios, pero sobre todo ciudadanos sin nexo delincuencial alguno –la identidad de miles jamás llega a conocerse–, forman un bárbaro saldo de muertes cuya autoría los gobiernos suelen atribuir, de entrada y casi sin excepción, a la delincuencia organizada, a enfrentamientos entre criminales o a una respuesta de las Fuerzas Armadas contra ataques de grupos criminales.

Hay matanzas cuyas memoria y exigencia de castigo se prolongan años, como la de 45 hombres, mujeres y niños de Acteal, Chiapas, en diciembre de 1997; o la de 17 campesinos en Aguas Blancas, Guerrero, en 1995, ambas con involucramiento de autoridades; la de 72 indocumentados centroamericanos en San Fernando, Tamaulipas, en agosto de 2010; la de 15 estudiantes en una fiesta en Villas de Salvárcar, Ciudad Juárez, en enero de 2010, una y otra atribuidas a delincuentes desalmados.

Grupos criminales derivados de escisiones del Cártel de los Beltrán Leyva –cuando disputan rutas y territorios sobre todo en Guerrero, Morelos, Michoacán y Estado de México– no le van a la zaga en el número y frecuencia de crímenes colectivos a Los Zetas y otros cárteles del norte del país.

Guerreros Unidos, Cártel del Pacífico Sur, Los Rojos, La Barredora, Comando del Diablo, Cártel Independiente de Acapulco, Los Pelones, Los Negros, Cártel de la Sierra, Los Ardillos, La Mano con Ojos, Los Granados, Los Titos, Los Negros… la lista parece interminable y todos derivan de la organización Beltrán Leyva, a su vez desprendida desde enero de 2008 del Cártel de Sinaloa. Esta añeja ruptura se dio tras el arresto de Alfredo Beltrán, El Mochomo, traicionado y entregado al ejército por Joaquín El Chapo Guzmán, según los hermanos Beltrán Leyva, en la génesis de una cruenta batalla que no ha cesado en los últimos seis años.

A estos minicárteles ultraviolentos se les atribuye oficialmente la vesania expresada en varios asesinatos colectivos desde que vivía Arturo Beltrán, abatido por marinos el 16 de diciembre de 2009. Toda una vorágine violenta se disparó bajo nombres distintos pero con idénticos métodos en una escalada de salvajismo cuando dejó de existir el autollamado Jefe de Jefes.

De esa pulverización derivaron casos como los que a continuación se enlistan, en la mayor parte de los cuales se mostró ineficiencia oficial en las investigaciones, hipótesis distractivas y hasta desviación de pesquisas sobre su autoría y casi siempre con la impunidad como el sello de la casa:

La Marquesa

Primero, el asesinato de 24 hombres en Ocoyoacac, cerca de La Marquesa, Estado de México, el 12 de septiembre de 2008. Albañiles de Veracruz, Puebla, Hidalgo y Oaxaca que dormían hacinados en cuartos de una vecindad de Huixquilucan, fueron secuestrados y sus cuerpos aparecieron con signos de tortura y tiro de gracia. La autoridad perdió días especulando sobre si provenían de Arcelia, Guerrero, donde en horas previas habrían muerto hasta 32 personas en enfrentamientos entre Los Pelones de los Beltrán Leyva y zetas adueñados de la zona sur del Edomex.

Se dejó correr la absurda versión de que esos trabajadores habrían sido llevados a construir un narcotúnel desde Mexicali hasta territorio de Estados Unidos para El Chapo Guzmán. Gente de El Indio, Gerardo Álvarez Vázquez, y de Óscar Osvaldo García Montoya, La Mano con Ojos o El Compayito, subordinados de La Barbie, habrían ordenado esa matanza.

Parientes entre sí varios de los albañiles, se dice que un par de ellos eran travestis en un antro pero dormían con aquellos en la misma vecindad. Con ellos tuvo un altercado La Barbie y por esa razón se ordenó matarlos.

Bar Heaven

Después vino el secuestro y posterior asesinato e inhumación clandestina de 13 jóvenes en mayo de 2013, a causa de lo que la procuraduría del Distrito Federal calificó de venganza por la liquidación previa del narcomenudista Horacio Vite Ángel, El Chaparro, en un bar de la colonia Condesa.

Los Caballeros Templarios y Guerreros Unidos estarían tras bambalinas confrontados por esos hechos. Baste recordar que uno de los dueños del Heaven, Dax Rodríguez Ledezma, fue secuestrado en junio, en Iguala, junto con su novia Heidy Rodríguez Velasco y la prima de ella, Diana Velasco Peña. Los cadáveres de los tres aparecerían en las inmediaciones de Huitzilac, Morelos. También rumbo a esa entidad, pero por la vieja carretera a Cuautla, aparecieron en Tlalmanalco los jóvenes secuestrados del Bar Heaven, confinados en una fosa a la que se le colocó una losa de cemento.

En julio de 2013 Proceso publicó declaraciones del procurador capitalino Rodolfo Ríos Garza reconociendo que El Javi, uno de los líderes de La Unión Insurgentes y un actor principal de la masacre, era protegido por el cártel dominante de Michoacán.

Tlatlaya

Entre las versiones en torno a la ejecución de 22 jóvenes por el Ejército en Tlatlaya el último día de junio de 2014, está la de que pertenecían a Guerreros Unidos, según BBC Mundo que cita a autoridades mexiquenses y entrevistó al experto Roberto Arnaud en cuanto ocurrió la matanza. La Secretaría de la Defensa Nacional afirmó que eran secuestradores.

Pese a que ya están consignados y en prisión ocho militares, el tema sigue con zonas oscuras respecto de las víctimas, a quienes algunas versiones ubican incluso como guerrilleros. La captura de José María Chávez Magaña El Pony, capo de La Familia Michoacana en el Estado de México, anunciada casi simultáneamente con la matanza que se quiso hacer pasar como enfrentamiento, hace pensar en una delación previa. Al Pony se le imputan más de 200 asesinatos. Cercano a Jesús El Chango Méndez, entre sus enemigos principales estaban Guerreros Unidos.

Allí mismo hubo una alerta roja. En agosto de 2008 ya había ocurrido una matanza en Tlatlaya, con al menos 23 niños y adultos muertos, y muchos más heridos, en el tianguis del lugar.

En aquella época la denunció Miguel Ángel Granados Chapa en su Plaza Pública, a la que tituló Matanza silenciada. Blanco de disparos de AR-15 y AK-47 fueron “gente común y corriente”. Una veintena de agresores iban con rostros cubiertos y ropa tipo militar. Horas después el Ejército recogió casquillos y limpió la escena. Los soldados despojaron de sus celulares a los habitantes y los convencieron bajo amenaza de no denunciar los hechos. Así fue. No se inició averiguación alguna.

En la lista se incluye el secuestro y asesinato de siete personas –incluido Juan Francisco, el hijo de 24 años del poeta Javier Sicilia– en Morelos en marzo de 2011. Habría sido cometido por otra derivación de los Beltrán Leyva, el Cártel del Pacífico Sur, presuntamente liderado por Julio de Jesús El Negro Radilla y Kineret Orozco El Chikinarco, a las órdenes del H, Héctor Beltrán Leyva. Hay 22 detenidos por el crimen que hizo víctimas además a María del Socorro Estrada, Jaime Gabriel Alejo Cadena, Álvaro Jaimes, Julio César y Luis Antonio Romero Jaimes y Jesús Chávez.

Nació después de esta tragedia el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, que marchó de Morelos al DF, recorrió la capital del país, después el norte y el sur de la República y finalmente Estados Unidos en 2011 y 2012.

En junio y septiembre de 2011 las víctimas se reunieron con el presidente Felipe Calderón en el Castillo de Chapultepec. Ninguno de los múltiples casos de desaparición u homicidios fue resuelto, pero familiares quejosos terminaron asesinados, como Nepomuceno Moreno, de Sonora, y don Trino, de Michoacán. El gobierno de Calderón creó la Procuraduría de Atención a Víctimas del Delito al vapor, con un exiguo presupuesto y personal prestado de otras dependencias.

Los Rojos

Los Rojos, enemigos acérrimos de Guerreros Unidos, fue un minicártel que operó en Iguala hasta que fue desplazado violentamente de ese municipio y sus líderes, perseguidos inclusive fuera de Guerrero. Corre la leyenda de que Héctor Beltrán Leyva lo fundó en honor y memoria de Jesús Nava Romero, apodado precisamente El Rojo, muerto junto con Arturo Beltrán el 16 de diciembre de 2009 en Cuernavaca.

Se formó principalmente por integrantes de una familia Arellano originaria de Guerrero, pero cuyo líder era Crisóforo Rogelio Maldonado Jiménez, apodado El Bocinas, y por Elí Miranda Román, La Moña. Del poder corruptor de Guerreros Unidos y de su capacidad de seguimiento dan cuenta estos tres episodios:

El Bocinas fue atacado a balazos en Morelos, a finales de 2012, pero escapó del hospital del IMSS donde estaba internado en Cuernavaca (se supone que bajo custodia del Ministerio Público) y se hizo internar en Médica Sur, del Distrito Federal. Hasta ahí llegaron e ingresaron disfrazados con batas de médico sicarios de Guerreros Unidos que lo liquidaron a balazos.

De la agencia del MP en Morelos escapó simultáneamente La Moña, quien no vivió más de tres meses para contarlo, pues fue abatido a principios de 2013 en Tequesquitengo, Morelos.

Cuando apareció asesinado en Iguala el líder de Unidad Popular, el ingeniero Arturo Hernández Cardona, su cadáver y el de otros dos activistas de su organización ostentaban mensajes supuestamente firmados por Los Rojos reivindicando los crímenes. Se trató de una pantomima pues en realidad los había liquidado personalmente el exalcalde de Iguala ahora preso, José Luis Abarca Calderón, junto con sus policías-sicarios en junio de 2013, razón por la cual está ahora en prisión, independientemente de que puede ser acusado como autor intelectual de los homicidios y desapariciones de los normalistas de Ayotzinapa en su alcaldía.

Desplazados de Iguala, Los Rojos ya se habían atrincherado y apoderado de Yautepec, Morelos, donde, al igual que lo hacían sus enemigos de Iguala, controlaron policías y presidencia municipal.

La esposa del Bocinas, María del Carmen Nava Romero, fue capturada el 6 de marzo de 2014, señalada como lideresa del cártel y operadora del tráfico de drogas, cobro de piso, secuestros y extorsión. También fue arrestado Antonio Reina Castillo La Borrega, líder de Los Rojos en Tixtla, Guerrero.

Antes había sido liquidado en un salón de fiestas en San Juan Cacalotepec, Puebla, José Nava Romero, dirigente principal de Los Rojos, hermano de Carmen y Jesús, principal guardaespaldas de Arturo Beltrán Leyva y junto con él, abatido en Cuernavaca. Dos sicarios guerrerenses fueron aprehendidos entonces. Con Carmen Nava Romero fue aprehendida Luz María Maldonado Nava, su pariente, supuesta responsable de negociar y cobrar los rescates de secuestros que cometía su grupo.

Un reporte de la revista Contralínea, firmado por Nancy Flores, da cuenta de un documento oficial de la PGR, de marzo de 2013, en el que se reconoce la existencia de 89 cárteles y grupos de la delincuencia organizada. Inclusive se menciona al Cártel de La Barbie, nunca reportado antes, con al menos 23 ramificaciones, 19 de las cuales ya se escindieron del grupo mayor.

El mapa criminal de las derivaciones de las organizaciones mayores más conocidas reconvertidas en minicárteles fue publicado por Patricia Dávila en la revista Proceso (número 1983). Ese reporte estaba en poder de Ángel Aguirre, entonces gobernador de Guerrero, desde octubre de 2011.

Fue elaborado por el Cisen y era conocido también por las secretarías de la Defensa, de Marina y la PGR como integrantes del Grupo de Coordinación Guerrero. Toda esa labor de inteligencia y clasificación, con el detalle de nombres de criminales en los que por cierto no aparecían José Luis Abarca o su esposa María de los Ángeles Pineda Villa, previa a la puesta en marcha del Operativo Guerrero Seguro, no sirvió para impedir la mayor tragedia de varias décadas en el país: La desaparición y asesinatos contra normalistas de Ayotzinapa en Iguala y Cocula, cometidos por el corrupto cogobierno entre autoridad y delincuencia organizada.

Inocentes

El colmo de la simulación y el desvío de las investigaciones se da cuando a las víctimas se les da una apariencia de lo que no son. Los normalistas de Ayotzinapa no eran criminales ni iban mezclados con ellos integrantes de Los Rojos en los autobuses atacados por la dupla sicarios-policías el 26 y 27 de septiembre pasados, como se sugirió en filtraciones a los medios.

No eran zetas las 35 víctimas cuyos cadáveres fueron tirados bajo un puente en Boca del Río, Veracruz, el 20 de septiembre de 2011, sino ciudadanos tomados al azar. Tampoco eran cadáveres de matazetas los 26 que aparecieron, en una supuesta venganza, bajo el Arco del Milenio, en Guadalajara, en noviembre siguiente, sino jóvenes trabajadores.

Parecía que ya ninguna matazón conmovía a los mexicanos, hasta que el horror de tantos muchachos masacrados y desaparecidos de Ayotzinapa, más las burdas y poco creíbles explicaciones oficiales, lograron despertar una indignación que está lejos de apagarse.

Comentarios