Presagios y suspiros

En solidaridad con los normalistas de Ayotzinapa y sus familias

Con la desaparición de los 43 estudiantes de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos hemos envejecido más allá de lo imaginable. Se nos ha vuelto a hendir la conciencia, formándosele­ otro boquete donde se despeña el ánimo y se arremolina el espanto. Engrosado de vejaciones, el lienzo patrio que garrapatea el gobierno supura de nuevo y las preguntas sin respuesta atoran a nuestros pies sin suelo:

¿Dónde están los cadáveres? ¿Sigue alguien aún con vida? ¿Se va a penalizar a los responsables de esta atrocidad cometida directamente por orden gubernamental? ¿Por qué la infamia no acaba de calcinar nuestra indomable mansedumbre e inaudita tolerancia? ¿No estamos hartos de vivir en un país donde las tumbas florecen al son de la barbarie, donde imperan los bailables para mutilados y donde se vocifera con la lengua amordazada?

Los versos del poeta Juan Bañuelos vienen a cuento para describir nuestro acontecer inmediato y, sobre todo, para cifrar un vaticinio justamente anhelado (“Informe presidencial”):

Luces que enceguecen. Estupor.

( Cámaras.

Los funcionarios vuelven los ojos a la

( cúpula del circo

atentos al trapecio mayor, donde el

( Primer Mandatario

dará su triple salto sobre un alambre

( gremial

de desaparecidos.

Piramidal/funesto yugo.

Vendrá el día en que no habrá

( debajo ninguna red.

¿Y ante los portazos de indignación que reclaman nuestros temores? ¿Y ante los disparos de las falsas autoridades para silenciarnos? ¿Y ante las promesas incumplidas y los resultados nulos de las nefandas instituciones que dicen prevenir y castigar el delito? ¿Y frente a la gloriosa injusticia que nos retrata, junto al olímpico desprecio por los derechos humanos? ¿Y frente las comisiones y los hombres públicos que propugnan trasparencia siendo portadores de la turbiedad, la falacia y el saqueo?…

Muy poco o casi nada, únicamente sopesar la contundencia de los hechos y ceñirse a la responsabilidad individual de vivir de acuerdo a las normas elementales de convivencia pacífica, amén de acatar el deber moral de denunciar y reprobar lo inaceptable. En suma y en síntesis, no quedarnos con los brazos caídos cuando es el gobierno quien ordena la detención y la matanza sumaria de una juventud inerme. Cuando esto se transgrede y cuando esto se permite sólo resta balancear nuestra culpa sobre el afilado pretil de los abismos.

Están en acto las marchas de repudio y se levantan voces para exigirle al “nuevo” PRI –y a los demás partidos, que son parte de la misma cloaca institucionalizada– la rendición de cuentas. Somos ya miles los que buscamos una transformación de fondo y quienes estamos dispuestos a seguir adelante hasta lograr algún avance. No sabemos cómo y no tenemos idea de qué pasaría si realmente se cumpliera la voluntad popular que desea la renuncia del sumo jerarca; de lo que sí estamos seguros es que queremos vislumbrar algún indicio de que la impunidad no volverá a desecar su sombra sobre la montaña de expedientes que se archivan y se empolvan.

Bajo esa tónica precisa y con esa consigna implícita, esta columna asume su compromiso proponiendo, como anticipamos en el título, dos obras musicales que hacen eco de un sentir que, si bien todavía es incipiente, creemos que está en vías de generalizarse. Ojalá así sea y que el martirio de los jóvenes normalistas no se sume a los miles de casos donde sólo se ha atestiguado la pasividad ciudadana y el dolo comandado por el gobierno. En cuanto a las músicas y las circunstancias de su composición se hará evidente que no hay casualidades y que ambas, por añadidura contemporáneas, fueron producto de la visión profética de sus creadores. Ciertamente los artistas anticipan, consciente o inconscientemente, los movimientos sociales que están en gestación.

En cuanto a la primera composición nos permitimos traer a la palestra a una de las joyas que produjo un músico inglés al momento en que los propios cimientos de la soberanía británica estaban en riesgo, esto es, a principios de 1914. Se trata de Edward Elgar, quien anticipó con esta magna obra los nubarrones –además de los millones de muertos cuya sangre regaría los campos de Europa– que habrían de poblar su horizonte patrio merced a las tormentas y masacres deparadas por la Gran Guerra. Elgar había estado trabajando en una obra para violín y piano, mas cuando captó la hondura de los pensamientos musicales que fluían de su interior, en empática adhesión a los estragos presentidos, decidió crear un poema sinfónico al que intituló: Sospiri. 1

Cada quien es libre de emanar los suspiros que mejor le nazcan para sobrellevar esos lutos, aquellos preñados por un vago tiempo cíclico que nos inundan por doquier. Asimismo, estamos en nuestro pleno derecho para suspirar por lo que se avecina, es decir, por el resquebrajamiento de una forma perniciosa de sobrevivencia gracias a la podredumbre de una estructura gubernativa, la nuestra, que ya no da para más.

La segunda obra fue compuesta en 1913 por un infatigable luchador social que no escatimó empeños para volver menos cruenta la realidad patria que le tocó en suerte padecer. En ese año, poco después del asesinato de Francisco I. Madero –recordemos que el magnicidio lo cometió otro de los tantos presidentes asesinos que suelen gobernarnos tras usurpar el cargo, al amparo de los intereses que le ordenó cobijar la embajada norteamericana en nuestro país–, terminó de incubarse el descontento de las mayorías y de ahí en adelante las luchas fratricidas cobrarían un auge hasta entonces inédito. El compositor al que nos referimos se llamó José Pomar y es justo agregar que no dudó en unirse al movimiento revolucionario al mando del general Pablo González.

Más adelante Pomar se convertiría en miembro fundador de la LEAR (Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios), y como parte medular de su quehacer destacaría su denodada defensa por los derechos de los trabajadores y la labor educativa para instruir en música a obreros y campesinos. La obra en cuestión lo dice todo con su título y sólo aguarda que se le otorgue el merecido reconocimiento a su envergadura compositiva –es la primera sonata mexicana para piano, y consta de cinco movimientos– y que se escuche con el espíritu anudado a su magistral discurso melódico. De particular interés, la inestabilidad armónica que la anima. Igualmente, cada uno es libre para entresacar las conclusiones que su nombre le suscite: “El presagio”. 2

No podemos y ya no queremos seguir sembrando de fantasmas las interminables listas de desaparecidos… Ni uno más y nunca más, así nos atragante el insomnio y así debamos marchar vestidos de espantajos.

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1 Aconsejamos la escucha de la obra, poniéndola a disposición en la versión electrónica del semanario.

2 Recomendamos la audición de su primer movimiento. Está disponible en la página: proceso.com.mx

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