Vicente, Vicente

Como director de Excélsior, Julio Scherer García invitó en 1972 a Vicente Leñero a colaborar con él y le encargó la conducción de Revista de Revistas. Desde ese momento establecieron una estrecha relación profesional y amistosa. Pieza clave en su creación, Leñero fue durante 20 años subdirector de Proceso y protagonista central de momentos memorables, algunos de los cuales son evocados en estos apuntes inéditos de su fundador.

Escuché a Vicente Leñero por teléfono, la voz lenta, húmeda:

“Llegó nuestro tiempo, Julio. Tengo un tumor en el pulmón. Cáncer. Los médicos me dan dos años de vida.”

Vicente me evitó una respuesta que habría sido superflua. Simplemente se retiró del teléfono.

Yo me acompañaba en la casa con algunos de mis hijos y en ese momento nada les dije acerca de la noticia que me laceraba. Necesitaba estar solo.

La palabra de Vicente tenía dos acentos: el irónico y el sarcástico. Ahora asomaba el lenguaje del dolor que ya no lo abandonaría.

Vicente rehuía a los médicos como augures de las malas nuevas. Los galenos se las ingeniaban para encontrar males en cuerpos perfectos. Del momento de la derrota no quería saber. Quería para él final súbito. Un plomazo o un infarto y ya. Sería todo.

Sus amigos le urgíamos para que confrontara su pasión por el tabaco. No era buen camino su adicción: cajetilla y media o dos paquetes diarios. Él replicaba con humo equívoco.

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Había visto en El País una fotografía reciente de Manuel Fraga, constructor de la democracia española. La información daba cuenta de su edad: 89 años. Se veía satisfecho y no apartaba el cigarro de la boca. Lo disfrutaba como si anduviera en los cincuenta.

Saludé a José Pagés Llergo en su casa, ya vigilante la agonía. Vivía para continuar vivo. Sus pulmones estaban deshechos por su incontrolada pasión por fumar. Para él no había colilla que sobrara. Trabajaba y fumaba, fumaba y escribía. Permanecían a su lado una enfermera y un tanque de oxígeno de metro y medio de altura, color verde, deteriorado. Pagés, vanidoso, dejaba que corriera una entrevista con Hitler en 1945. La entrevista se reducía al intercambio de unas frases de cortesía y un apretón de manos. Nada.

A corta distancia de Pagés vi el rostro de la desesperación. Sin oxígeno en los pulmones quería atrapar aire del medio ambiente de su recámara, las ventanas siempre abiertas. Francisco Martínez de la Vega, su compañero, lo lloraba. De buena fe, tersa la intención, el 7 de junio, día de la libertad de prensa, Martínez de la Vega dijo, en Los Pinos, que sin el consentimiento del jefe de la nación, no habría medio impreso que pudiera subsistir. Martínez de la Vega abogaba para que Proceso contara con los recursos necesarios para sobrevivir, entre ellos, la publicidad.

Pagés fue hombre generoso. Nos ofreció, a los expulsados de Excélsior, un piso en un edificio de su propiedad, en avenida Chapultepec, para que ahí pudiéramos planear nuestro futuro. Vicente fue el primero que rechazó la oferta. Dijo que Siempre, el semanario de Pagés, no era independiente del gobierno. Ahí se publicaron textos contra el gobierno pero siempre tuvo un límite, la voluntad del ejecutivo que gobernaba en todas partes. Si en verdad queríamos una publicación libre, con todos los riesgos, no teníamos sino un camino. En esos días renunciaron algunos compañeros al proyecto y otros esparcían su veneno. Las traiciones estuvieron a la orden del día. “Julio está loco –oía decir–. Quiere venganza”. Francisco Galindo Ochoa, el portavoz de la palabra presidencial, decía:

“Julio pierde los estribos. En su insensatez perderá hasta su casa. Ya le hice saber que pagaría las consecuencias si publica la fotografía y arma un reportaje sobre la casa del Presidente en la Colina de Cuajimalpa.”

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Una tarde de ésas en las que finalmente la luz triunfa sobre la bruma que se extendía por el Valle de México, recibí la visita de José Antonio Zorrilla, director de la Federal de Seguridad. Era portador de un mensaje del secretario de Gobernación, Manuel Bartlett, su jefe.

En tono duro me dijo que en Gobernación tenían informes acerca de un próximo reportaje que publicaría Proceso. Me advertía que en caso de contrariar la voluntad del Presidente, sufriría las consecuencias. Respondí que consultaría con el subdirector de la revista, Vicente Leñero. A solas me dijo que publicaríamos el texto sin una coma de más ni un punto de menos. Zorrilla se fue satisfecho y nosotros quedamos con el preciado as en la mano: nuestro trabajo en nuestras manos y la decisión de publicarlo cuando lo creyéramos conveniente.

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No escapaban a nuestro quehacer los mensajes amenazantes. Discutíamos cuál debía ser nuestra actitud. Ya se nos había presentado un asunto grave por un reportaje firmado por Alejandro Gutiérrez.

El artículo de Alejandro está fechado el 13 de mayo de 2007 en Apatzingán, Michoacán. En él, hacía referencia de cómo cada día eran más los ciudadanos que padecían violencia e imposiciones de los narcotraficantes y de cómo los operativos policiacos y militares, que se justificaban sólo para restaurar la seguridad pública, incrementaban los riesgos de la población por vivir en un país convertido en campo de batalla: detenciones ilegales, allanamientos, torturas y hasta robos, fueron y son algunos de los abusos que han cometido las Fuerzas Armadas.

Alejandro Gutiérrez, según Ramón Eduardo Pequeño García, quien fuera titular de Seguridad Regional de la Secretaría de Seguridad Pública, debía contar con dos hombres de confianza que lo protegieran de un posible atentado. Vicente se opuso al punto de vista. La seguridad de nuestro personal debía depender de nosotros mismos. Agradecimos la atención y optamos por nombrar a Alejandro, corresponsal de Proceso en España.

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Echeverría (otro tiempo, el mismo país, idéntica lacra de la política), encargó a un emisario de promisorio futuro decirnos que el Presidente era un bien nacional y estábamos obligados a cuidar de su buena fama. A su arenga llegó la advertencia: más nos valía que protegiéramos el nombre y la figura presidencial o podríamos pasar momentos desagradables. Sin embargo, a Vicente ya nadie podría detenerlo.

Siempre de buen humor, extrañaba la literatura. Fue así como fundó El Mollete Literario. Ya concluida la jornada de trabajo se iba con perdones, al parecer a recrearse con libros y escritores. Juró que nunca dejaría ir a José Emilio Pacheco y su Inventario, ambos de nuestra sección cultural. l

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