“Matar al mensajero”

En agosto de 1996 Gary Webb, entonces reportero del San José Mercury News, reveló la complicidad de la CIA en la inundación de crack que una década antes padeció la costa oeste de Estados Unidos y cuyas ganancias sirvieron para financiar a la contra nicaragüense. Tales revelaciones sacudieron al establishment político, el cual –con apoyo de los grandes diarios del país– orquestó una campaña de desprestigio contra Webb. El embate destruyó su carrera y lo orilló al suicidio. Esta historia es contada en la película Matar al mensajero, de reciente estreno en Estados Unidos y que próximamente llegará a México.

NUEVA YORK.- En el patio de terracería de la prisión de Managua, Norwin Meneses, conocido en Nicaragua como El Rey de la Cocaína, juega golf con calma, vestido de blanco con ropa holgada de lino y un sombrero que cubre su rostro del fuerte sol centroamericano. Interrumpe momentáneamente el juego para hablar con su visitante:

“Te voy a decir toda la verdad. Te voy a presentar a gente con la que debes hablar y entonces tendrás que confrontar la más importante decisión de tu vida.”

El visitante, el periodista estadunidense Gary Webb, se muestra sorprendido y pregunta: “¿Ah, sí? ¿Y qué decisión es esa?”.

Meneses contesta: “Decidir si debes compartir la verdad o no”.

Esta escena clave de la película Kill the Messenger (Matar al mensajero) –recién estrenada en Estados Unidos– resume la trágica vida y obra de Webb, el reportero que a finales de los noventa causó un escándalo nacional al revelar la complicidad de la CIA en la explosión de crack en la costa oeste de ese país.

Con la película protagonizada por Jeremy Renner (protagonista de las cintas The Hurt Locker y The Bourne Legacy) y dirigida por Michael Cuesta (director de series de televisión como Homeland y Dexter), el trabajo periodístico de Webb ha vuelto a ser el centro de un debate sobre los límites de la libertad de expresión cuando el poder oficial se intersecta con el crimen organizado.

Kill the Messenger es adaptación del libro del mismo nombre publicado en 2006 por el periodista Nick Schou, reportero y editor del periódico OC Weekly, cuyo trabajo recupera la relevancia de Webb como un hito en la compleja historia del narcotráfico en el hemisferio.

Entonces reportero del periódico San José Mercury News, Webb publicó en agosto de 1996 un reportaje en tres partes, titulado “Dark Alliance” (“Alianza oscura”), que descubrió el involucramiento de la CIA en una red de tráfico de crack cuyas ganancias sirvieron para financiar al ejército contrarrevolucionario que se opuso al gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua en los ochenta.

El reportaje sacudió los centros del poder político en Washington, desde donde se orquestó una campaña de desprestigio contra Webb, secundada por los influyentes diarios The New York Times, The Washington Post y Los Angeles Times, y la cual destruyó su carrera hasta orillarlo al suicidio.

La película, que aún no se estrena en México, dramatiza la vida de Webb, su meticuloso y valiente trabajo periodístico y su debacle cuando incluso su propio periódico le dio la espalda por la presión del gobierno y de los más grandes diarios estadunidenses.­

Geopolítica

Aunque el entonces presidente Ronald Rea­gan consideraba a los contras “luchadores por la libertad”, el Congreso de Estados Unidos bloqueó toda ayuda oficial a la contrainsurgencia en Nicaragua a principios de los ochenta.

Sin embargo, y con el conocimiento y respaldo de la CIA, una red de traficantes utilizó las enormes ganancias de la venta de cocaína en Los Ángeles para financiar a la Fuerza Democrática Nicaragüense (FDN), el más grande de los grupos contras.

El reportaje de Webb, primer trabajo de investigación que se publicó simultáneamente en papel e internet, fue leído por muchos como la deliberada acción de la CIA en la proliferación de crack que destruyó el tejido social de las comunidades negras de Los Ángeles.

A partir de documentos judiciales filtrados por la esposa de un traficante, Webb reconstruyó la ruta del crack desde Nicaragua hasta California. Norwin Meneses era el proveedor local de la droga. Óscar Danilo Blandón, otro traficante nicaragüense al servicio de los contras y protegido por la CIA, fungió como el distribuidor para el legendario Freeway Ricky Ross, el mayor vendedor del estupefaciente en la zona angelina llamada South Central.

Parte de esta información fue primero dada a conocer durante una investigación en el Senado de Estados Unidos encabezada por el entonces senador John Kerry, quien sería candidato presidencial por el Partido Demócrata en 2004. Entre 1987 y 1988 Kerry investigó varias acusaciones de supuestos vínculos de la CIA con narcotraficantes en Nicaragua.

Escribe Schou: “Entre otras cosas, Kerry descubrió evidencia del apoyo que el dictador panameño Manuel Noriega dio a los contras y sus vínculos con traficantes de cocaína colombianos, mucho de lo cual fue utilizado dos años más tarde para justificar la invasión de Estados Unidos a Panamá. Los documentos estaban repletos de testimonios de líderes de los contras, narcotraficantes y pilotos, todos hechos bajo juramento, en relación con el tráfico encubierto de armas en aviones de carga de la CIA a Centroamérica, con cocaína con frecuencia enviada en los vuelos de regreso a bases militares y aeropuertos remotos”.

La opinión pública en Estados Unidos se centró en esos años en el llamado escándalo Irán-contras, otra operación secreta por medio de la cual el gobierno de Reagan utilizó la venta de armas a Irán para financiar a la contra en Nicaragua.

Entre otros datos, Webb reveló que el Departamento de Justicia de Reagan bloqueó la investigación de Kerry sobre Norwin Meneses y sus conexiones con la CIA.

Otros dos reporteros que habían escrito sobre el tema antes que Webb fueron atacados por el gobierno de Reagan: Robert Parry, de Associated Press, tuvo que renunciar a su puesto al escribir una nota sobre los presuntos vínculos de la CIA con los traficantes nicaragüenses, mientras la reportera independiente Martha Honey, quien publicó parte de su trabajo en The New York Times, fue acusada falsamente de tráfico de drogas para desacreditar una nota similar a la de Parry.

Los ataques contra el trabajo de Webb forzaron al San José Mercury News a desdecir algunos aspectos del reportaje, además de mandar al reportero a una oficina fuera de la redacción del periódico. Webb renunció y en 1998 publicó un libro de casi 600 páginas, también titulado Alianza oscura, expandiendo y confirmando su investigación.

Deprimido, endeudado, divorciado, sin poder ver a sus hijos y sin empleo, Webb se suicidó el 10 diciembre de 2004.

Ese día, registra Schou en su libo, Webb volvió a la casa que ya había perdido por falta de pago. Entre las cajas de la mudanza se puso a escuchar a uno de sus cantantes favoritos, Ian Hunter. Luego vio su película predilecta, El bueno, el malo y el feo. Finalmente tomó la pistola .38 que había pertenecido a su padre y se mató.

Un primer tiro perforó una de sus mejillas sin hacer mayor daño. Un segundo disparo dio en una arteria de la cabeza y Webb se desangró. El forense del condado de Sacramento certificó el suicidio cuando pudo comprobar las marcas de la pistola en las yemas de los dedos de Webb. La inusual muerte ha generado teorías sobre su posible asesinato debido a sus investigaciones, pero Schou y sus familiares están convencidos de que Webb en efecto se suicidó.

Reivindicación

Pese al aparente fracaso de Webb, el reporte La controversia CIA-contra-crack: Una revisión de las investigaciones y acusaciones del Departamento de Justicia –dado a conocer por la propia CIA y el Departamento de Justicia en diciembre de 1997– admitió que la agencia había utilizado dinero proveniente del narcotráfico para financiar a los contras, aunque rechazó tajantemente haber tenido conocimiento del tráfico de drogas que operaban agentes de los contrarrevolucionarios nicaragüenses.­

Un segundo reporte ordenado por el entonces inspector general de la CIA, Frederick Hitz –y puesto al alcance del público en internet en abril de 1998– dio a conocer que la agencia había firmado un acuerdo con el Departamento de Justicia para no tener que informar sobre casos de narcotráfico en sus operaciones encubiertas.

El reporte confirmó así que la CIA tuvo información específica desde 1981 sobre el flujo de drogas hacia Estados Unidos que los contras estaban utilizando para allegarse fondos.

El reporte corroboró por ejemplo que Enrique Bermúdez, el jefe de la FDN –y agente al servicio de la CIA– financiaba operaciones de los contras con dinero del narcotráfico. Éste era el contacto directo de los traficantes Meneses y Blandón, quienes a su vez administraban la ruta de la cocaína de Nicaragua a California.­

Schou señala que, pese a su importancia crucial en reivindicar el trabajo de Webb, ambos reportes de la CIA recibieron escasa atención mediática porque la opinión pública estaba ocupada en el escándalo de la relación amorosa entre el entonces presidente Bill Clinton y la becaria Monica Lewinsky.

Pero, independientemente de su efecto político en las distintas agencias de gobierno aludidas, el reportaje de Webb, potenciado por internet, propició protestas a escala nacional y un extenso debate sobre el contradictorio papel del Estado que facilitaba el tráfico de drogas al mismo tiempo que proclamaba una guerra permanente contra los narcóticos.

Entre las más visibles protestas, la congresista demócrata de Los Ángeles, Maxine Waters, hizo su propia investigación del caso por medio de audiencias públicas que la llevaron “a la innegable conclusión de que la CIA, la DEA (administración antidrogas), la DIA (Agencia de Inteligencia de Defensa) y el FBI supieron del tráfico de drogas en South Central. Fueron parte del tráfico o prefirieron cerrar los ojos en el esfuerzo de financiar la guerra de los contras”.

Pero Schou aclara en su libro: “Webb nunca creyó que la CIA hubiera intencionalmente conspirado para volver adicto a nadie. Más bien, él creía que la agencia sabía que los contras estaban vendiendo cocaína y no levantó un dedo para detenerlos. Tenía razón, y la controversia en torno a Alianza oscura –considerado por muchos como el mayor escándalo mediático de los noventa– forzaría finalmente a la CIA a admitir que había mentido durante años sobre qué sabía y cuándo lo supo”.

En el prólogo al libro de Schou, el recién fallecido periodista estadunidense Charles Bowden –quien cubrió el tema del narco y los feminicidios en la frontera entre México y Estados Unidos– recuerda la primera conversación que tuvo con Webb cuando lo conoció en un bar de Sacramento en 1998, cuando la CIA dio a conocer el segundo reporte sobre los contras y el narcotráfico en California.

Bowden dice haber mencionado la posibilidad de una teoría de la conspiración, pero Webb lo interrumpió tajante: “No creo en pinches teorías de conspiración, estoy hablando de una pinche conspiración”.­

Y concluye Bowden: “Gary Webb lo entendió correctamente y esa fue la peor cosa que pudo haber hecho”.

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