Cuando prensa y poder caminan de la mano

NUEVA YORK.- La guerra contra las drogas en Estados Unidos y en México ha fracasado porque el crimen organizado y el poder oficial “no pueden separarse”. Por ello en ambos países el narcotráfico se ha convertido en una compleja red de intereses geopolíticos que sólo podrá desarticularse por medio de la legalización de los estupefacientes.

Tal es el análisis que ofrece el periodista estadunidense Nick Schou, editor del OC Weekly y autor del libro Kill the Messenger (Matar al mensajero), investigación sobre la vida y obra del reportero Gary Webb.

En un reportaje seriado, en 1996, Webb reveló que la CIA tuvo conocimiento y permitió el tráfico de drogas hacia Estados Unidos para financiar a la contrainsurgencia nicaragüense en los ochenta

En entrevista con Proceso, Schou dice que la guerra contra el narcotráfico está de antemano perdida porque “la política exterior siempre rebasa la política antidrogas.

“Es imposible separar la política del narcotráfico porque la guerra contra las drogas tiene una dimensión política. Es un negocio con fines de lucro que se intersecta con realidades políticas en todo el hemisferio occidental”, dice. “Lo que pasa en México no es un problema doméstico, sino parte de una guerra global contra las drogas. Como dice el dicho: ‘Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos’”.

Para Schou es significativo que con cada intervención militar de Estados Unidos en distintas regiones del mundo se crean nuevos mercados de droga para los consumidores estadunidenses.

Así, como lo entendía Webb, para Schou la relación entre la CIA y la historia del narcotráfico a escala mundial es el recurrente efecto de una peculiar geopolítica: “La heroína de Vietnam y Laos, la cocaína de Latinoamérica, otra vez la heroína, pero ahora de Afganistán. Irónicamente, parece haber un patrón entre las intervenciones militares en ciertas regiones y las drogas que luego vienen de esas regiones”.

Camarena en el centro del narco

En un reportaje publicado en 1998 –dos años después del de Webb– Schou reveló documentos oficiales del gobierno federal que acusaban de vínculos con el narcotráfico al exsecretario de la Defensa Nacional durante la presidencia de Miguel de la Madrid (1982-1988), Juan Arévalo Gardoqui.

En 1993, descubrió Schou, la DEA usó agentes encubiertos para comprar 967 kilogramos de cocaína y llevarlos a Estados Unidos como parte de una operación encubierta. Entre los vendedores de droga estaba gente allegada al general Arévalo, incluyendo a su sobrino, Miguel Arévalo López. Schou anota que posiblemente para no afectar la firma del Tratado de Libre Comercio, la DEA decidió no seguir la línea de investigación que vinculaba a uno de los principales jefes militares de México con el narco. En su lugar, la DEA arrestó a traficantes de menor perfil.

Las implicaciones de la clase política y militar en el tráfico de drogas son uno de los temas de mayor interés, dice Schou. El caso de Enrique Kiki Camarena, agente de la DEA encubierto, secuestrado, torturado y asesinado en 1985 en México, mantiene la sombra de la duda sobre el nivel de corrupción oficial.

“No era sólo el asesinato, o siquiera su estilo espeluznante, lo que provocó a los funcionarios de Estados Unidos. Fue la sospecha, enfatizada por un testimonio en un subsecuente juicio federal en Los Ángeles, de que los principales miembros del gobierno de México habían participado en el crimen.”

El homicidio del agente de la DEA y el probable involucramiento oficial ha sido documentado anteriormente por Proceso. Por los distintos niveles de corrupción política que implica, junto con la sofisticación de los traficantes involucrados, para Schou “la historia de Camarena va al corazón del narcotráfico” en el hemisferio.

Webb asentó que el asesinato de Camarena fue un crimen de Estado. En el libro titulado Alianza oscura –que Webb publicó en 1998 expandiendo su reportaje– se menciona el testimonio de un piloto que trabajaba para el capo Miguel Ángel Félix Gallardo, quien “insistía en que la CIA había estado colaborando con narcotraficantes mexicanos, quienes habían acordado proveer dinero, armas y campos de entrenamiento mexicanos para los contras a cambio de protección de la CIA”.

Más adelante Webb es directo: “De acuerdo con una teoría, Camarena fue interrogado y asesinado porque había descubierto el involucramiento de la CIA con traficantes mexicanos y los contras”.

“Arrogancia de poder”

El trabajo de Webb, explica Schou, puso también de manifiesto la problemática relación entre los medios y el poder oficial. Tras la publicación de su reportaje, los tres principales diarios de Estados Unidos, The New York Times, The Washington Post y Los Angeles Times, dedicaron múltiples textos atacando la precisión y credibilidad de las fuentes utilizadas por Webb. La campaña de desprestigio sirvió para destruir la carrera y la vida de Webb.

Para Schou, periodistas como los que se dedicaron a atacar a Webb con frecuencia contribuyen a estrategias de información que apoyan los intereses específicos del gobierno estadunidense.

“Hay reporteros críticos en medios como el Post y el Times, pero a un nivel institucional los periódicos tienen una arrogancia de poder. Se han vuelto inseparables del poder. Sirven una función de publicidad para el gobierno de Estados Unidos, como en lo que pasó con la guerra contra Irak. Argumentaron a favor de una guerra fraudulenta y fueron cruciales para la aceptación pública de ese conflicto.”

Con la aparición de la cinta Matar al mensajero, algunos de los periodistas que originalmente atacaron a Webb retomaron la misma actitud crítica que desplegaron a finales de los noventa. El más visible de esos ataques fue el publicado el pasado 17 de octubre por Jeff Leen, editor asistente de investigaciones del Washington Post, quien insiste en que Webb no pudo comprobar las acusaciones que lanzó en sus reportajes.

“Esos periodistas están preocupados en proteger su propia relevancia y sus fuentes oficiales en el gobierno”, explica Schou. “Gary Webb los hizo quedar como tontos”.

Decepcionado, el mismo Webb reconoció el fracaso del periodismo estadunidense, que se precia de liderar la libertad de expresión y la crítica sin concesiones al poder oficial. Citado en el libro de Schou, Webb explica que aunque inicialmente pensaba que su carrera había tenido éxito debido a su rigor y cuidado como reportero, la publicación de Alianza oscura le reveló algo más: “La verdad era que, en todos esos años, no había escrito algo lo suficientemente importante como para ser acallado”.

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