Se fue Joe Cocker

Para Lía: You are so beautiful…

En agosto de 1977 Joe Cocker vino a México. Su carrera era un desastre. Se había vuelto adicto a la heroína y solía beber tanto que con relativa frecuencia olvidaba en pleno escenario la letra de la canción. Naturalmente, las ofertas para dar conciertos no abundaban, pero sí los problemas económicos. Para sacarlo del atolladero, su representante programó una gira por América del Sur: Brasil, Argentina, Venezuela y México, donde se presentó en tres o cuatro ciudades.

En esos años Cocker era impredecible. Tan pronto brindaba una actuación estupenda  –el narrador y poeta Gabriel Trujillo Muñoz recuerda que en Mexicali dio un concierto lleno de energía– como el espectáculo más patético. Esto último fue lo que ocurrió en la plaza de toros de Cuatro Caminos en la Ciudad de México.

El concierto estaba anunciado a las doce del día. Era previsible que empezara a la una de la tarde. Pero a las doce la plaza ya estaba totalmente llena. El sol brillaba. Aquí y allá había gente bebiendo vino de una bota, conforme a la costumbre taurina. A la una Cocker no había llegado. Los organizadores dijeron que lo retrasaba el tráfico (excusa habitual desde aquellos años). A las tres Cocker aún no llegaba. A las tres y media, cuando parecía que el público se amotinaría, llegó, subió al escenario, cantó dos, si acaso tres canciones (“La luna es una amante cruel” y “Eres tan hermosa”), con voz tartajosa y de manera tan desangelada que alguien, tal vez su representante, subió al escenario y se lo llevó. Se acabó el concierto. Con misteriosa resignación, la gente salió a consolarse con el espectáculo del Periférico. Alguien comentó: “Este cuate se va a morir cualquier día”.

Pero Joe Cocker era mucho más que la caricatura en la que él mismo había consentido convertirse.  En 1977 contaba con cinco álbumes, todos de muy alta calidad, y se sumaba a sus méritos el haber participado en el Festival de Woodstock, en agosto de 1969,  con una repercusión inmensa merced a la película homónima que al año siguiente comenzó a exhibirse en todo el mundo (salvo en la España de Franco y el México diazordacista).

Cocker era un cantante excelente con una voz ríspida, poderosa, y una profunda admiración por Ray Charles, influencia decisiva en la construcción de su estilo, amalgama de rock, soul y blues, que luce a plenitud en el sensacional disco doble Mad Dogs & Englishmen,  registro antológico de los cuatro memorables conciertos que realizó en Nueva York en marzo de 1970.  (Tan memorables, que en el 2005 se hizo una edición de lujo, y en 2007, casi 40 años después, una nueva para coleccionistas en seis discos compactos con un tiraje de 2 500 ejemplares. Hoy cuesta entre 600 y mil dólares.)

El drama de Cocker fue, como el de tantos otros, no estar preparado para la fama. De ser instalador de gas por las mañanas y cantante por las noches en bares de su natal Sheffield (una ciudad industrial en el centro de Inglaterra), de pronto se vio convertido en una estrella de rock con ingresos que no sabía cómo manejar. “Detestaba todo lo que oliera a hacer negocio  –dijo en una entrevista el año pasado– y repartía dinero a diestra y siniestra si me parecía que el asunto lo ameritaba: diez mil aquí y diez mil allá.” Ese descuido, aunado a las drogas y las interminables giras, lo dejaron con una magra cuenta bancaria y una precaria salud. A pesar del reconocimiento que tenía por parte de muchos de los más importantes músicos ingleses y estadunidenses (los Beatles admiraban su versión de “Con una pequeña ayuda de mis amigos” y le dieron la oportunidad de que él grabara antes que ellos un par de canciones que formarían parte del disco Abbey Road) no consiguió consolidar una posición en la década de los setenta, cuando tantas cosas parecían estar a su favor, sobre todo en un ámbito como el del rock en el que es mucho más difícil tener éxito cuando sólo se es intérprete que cuando se es músico y compositor.

Cocker volvió a la atención del público internacional en 1982 de una manera que jamás habría imaginado y por obra de una canción que detestó desde que la escuchó por primera vez, si bien en el instante mismo de grabarla supo que sería un éxito: “Up, where we belong” (“En lo alto, a donde pertenecemos”), parte de la banda sonora de una película inane en la que sólo valía la pena mirar a Debra Winger (las señoras dirán que a Richard Gere). Pero gracias a esa canción ganó un Grammy y un Óscar, y volvió a grabar discos y a dar conciertos de manera regular.

En total, grabó veinte discos en estudio y otros tantos en vivo. Esa es la parte más importante de su legado. Hay asimismo una decena de videos de sus conciertos, y dos largometrajes de corte documental que ilustran con candor y franqueza lo que era la vida de los músicos de rock a finales de los años sesenta y comienzos de los setenta, y lo que el rock significaba en la vida de muchos jóvenes en esa misma época. El primero se llama también Mad Dogs & Englishman; el segundo es Woodstock.  En este último vemos a Cocker en una de sus horas más gloriosas. Es la época en que rock es todavía sinónimo de rebeldía y anticonformismo.

Con la muerte de Joe Cocker se extingue también una parte nuestra. Aunque nos queden discos y películas, priva la sensación de la pérdida. El mundo ya no está entero. Para quienes escuchábamos rock en los años sesenta y setenta, Cocker era en cierto sentido el equivalente de los crooners de los años cincuenta –de Frank Sinatra, por dar un ejemplo, ese cronista sentimental de más de dos generaciones. Sólo que Cocker no representaba a la clase media; él, no John Lennon, era el verdadero héroe de la clase obrera.   

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