Un regalo que obliga: dos veces Fernando

He leído un librito delicioso en el que una virtud de carácter moral adquiere naturaleza literaria y bibliófila: la generosidad. Regreso sobre cada una de mis afirmaciones: es un libro delicioso en el sentido que estimula apetitos culturales; esto siempre será notable, más aun en una época como ésta en que la mayoría de los escritores en español escriben mal, o al menos con descuido o tosquedad verbal. Librito: un porcentaje nada desdeñable de obras relevantes se encuadernan en pocas páginas. Piense usted en los casos de Julio Torri, Felisberto Hernández, Augusto Monterroso. No quiero abundar en ejemplos, pues este tipo de obras acierta porque hermana brevedad con modestia: mesura como cualidad y no como cantidad. Por último, generosidad: para con las obras y autores concernidos (es un volumen de ensayos); hacia las palabras (las que lee y con las que escribe).

Estoy hablando de Contra la fotografía de paisaje (Magenta-Cnca, 2014) de un autor cuyo nombre es el más afortunado pleonasmo de nuestro tiempo mexicano: Fernando Fernández.

Generosidad en la literatura: los temas del dos veces Fernando son diversos y hasta ajenos entre sí (Proust epistolar, Salvador Elizondo, Felipe Teixidor, Eduardo Casar y un plural etcétera); en cada uno de ellos nuestro autor calza la posición de lector, que no de autor que engulle su tradición, ni de profesor que prepara sus cursos nutricios, tampoco de dómine que imparte juicios y galardones; merced a la discreta magnitud que el autor se confiere, los escritores referidos ocupan amplia dimensión y con esa lente lo que vemos no son los Grandes Temas sino detalles y minucias inherentes a la factura de las palabras.

Hay quienes dicen que en los detalles está el Buen Dios, otros opinan que es el diablo quien se esconde en los resquicios; lo seguro es que la literatura está en los matices y precisiones y no en los brochazos vehementes (hasta la vehemencia en arte se hace como relojería de oro). Agradezcamos al dos veces Fernando –nombre castizo si los hay– compartirnos su degustación de algunos prodigiosos miligramos (que dirían Pellicer y su discípulo Arreola) literarios, librescos, incluso culteranos.

Sólo esta actitud podía ofrecernos una nota que subraye el valor del libro que Claudia Canales armó: Lo que me contó Felipe Teixidor, hombre de libros (1895-1980), mucho debemos en cuanto al cuidado y cultivo de los libros a este bibliómano catalán-mexicano, otro más del club de los discretos. Supongo que el poeta, profesor y prosista

Eduardo Casar habrá estado de plácemes en cuanto vio que tan generoso y sensible lector lo tomaba como tema de uno de sus artículos. Fernández muestra la manera en que debemos leer a Casar. El artículo sobre Elizondo es ejemplar: desde siempre supimos que Fernández fue y se hizo su alumno, discípulo y joven amigo; la semblanza aquí contenida equilibra al miligramo las dosis de evocación personal, homenaje y recensión sobre uno de sus trabajos, la antología sobre poesía mexicana que sólo el genio de Elizondo atinó a bautizar con la difícil sencillez de Museo poético. La nota de Fernández se rubrica “A la puerta de Salvador Elizondo” –lo que evidencia una vez más su natural discreto.

La entrevista a ese tesoro humano que el exilio republicano nos deparó, llamado Federico Álvarez, es otra forma de poner a los lectores en el umbral y en el tono adecuado para calibrar los dones del escritor, humanista, profesor, hombre de pasiones que es Álvarez.

Recordemos que el Gran Gracián privilegió para siempre la virtud de la discreción: “Prudéncia, juicio y conocimiento con que se distinguen y reconocen las cosas como son, y sirve para el gobierno de las acciones y modo de proceder, eligiendo las más a propósito”. Así, el discreto es hombre “cuerdo y de buen juício, que sabe ponderar y discernir las cosas, y darle a cada una su lugar. Viene del verbo discernir”. Así entonces la sentencia de que “lo que al discreto le obliga, al ignorante le ofende” (Todo esto en el Diccionario de Autoridades). Aplíquense estas difíciles y frágiles virtudes al acto de leer literatura y se entenderá la sustancia que recorre este breve y buen libro que ama la literatura; su generosidad nos deja obligados a ser mejores lectores y escritores. Enhorabuena.

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