Perú: Racismo interiorizado

Lima (apro).- El Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial (CERD) de la ONU manifestó en agosto pasado su temor ante la posibilidad de que en el próximo censo que se realizará en Perú en 2017, una buena parte de la población indígena eluda identificarse como tal.

El CERD hizo esa declaración al criticar un programa televisivo de humor, protagonizado por una mujer de una etnia andina, el único personaje estrella en la televisión peruana de uno de los pueblos originarios de este país, pese a que la inmensa mayoría de sus habitantes provienen de ahí.

El personaje de televisión se llama La paisana Jacinta. Es interpretado por el actor cómico Jorge Benavides, quien caracteriza a una mujer de la zona de los Andes que, como efectivamente pasa con muchos indígenas de esa región, emigra a Lima en busca de trabajo, y reúne de una forma grotesca toda una serie de estereotipos racistas atribuidos a esas etnias: gorda, sucia, fea, desdentada, poco inteligente y tramposa.

“Comprendo que es un programa humorístico, pero al representar a los indígenas como retrasados, si yo fuera indígena me daría vergüenza decir que lo soy”, afirmó durante la presentación de un informe al respecto el vicepresidente del CERD, Alexei Avtonomov.

Los miembros del comité de la ONU advirtieron que en otro país, un espacio así hubiera salido rápidamente del aire, en primer lugar porque la audiencia hubiera boicoteado a las empresas que lo patrocinaran con publicidad.

Pero en Perú no. Si bien cuando terminó la temporada ya no tenía anunciantes por la presión de algunas organizaciones no gubernamentales, el programa ha tenido un considerable éxito entre el público. Pocas personas en Lima y en la costa, donde se concentra la mayor parte de la población y de la actividad política y económica del país, lo consideran racista.

Sin embargo, los andinos no opinan lo mismo, particularmente los que viven en grandes ciudades, que han visto incluso cómo sus hijos son a veces ofendidos en las escuelas con expresiones como: “Tu mamá es la paisana Jacinta”.

Y es que el racismo hacia las etnias originarias está fuertemente arraigado en Perú, un fenómeno compartido en mayor o menor medida con el resto de países latinoamericanos, pero que en el antiguo territorio de los Incas es especialmente acentuado, incluso a pesar de que, según estimaciones del Ministerio de Cultura, alrededor de 95% de los peruanos tiene ascendencia de algunas de las decenas de etnias que tiene el país.

“No entendemos aún por qué, pero Perú es uno de los países más racistas de la región. Muchos dicen que es porque hemos sido sede de colonia. Sin embargo, ¿cuántos años de Estado republicano tenemos? Pero las cosas no han cambiado”, se lamenta Tarcila Rivera Cea, presidenta de Chirapaq, una asociación indígena.

Estigma

El orgullo por Machu Picchu y otros impresionantes vestigios que dejaron los pueblos prehispánicos de Perú quedan para el turista extranjero. En la rutina diaria, el tener rasgos indígenas, como la piel oscura, la nariz aguileña, el pelo lacio, el apellido o el idioma, es un estigma y un motivo de discriminación. Las palabras ‘cholo’ (que identifica a la persona de raíces andinas que ha emigrado a la ciudad o viene de una familia inmigrante y que ha perdido las costumbres de su región de origen) y ‘serrano’ (los provenientes de la sierra, es decir, de los Andes) se usan con un sentido despectivo.

El doctor Augusto Delgado es un otorrinolaringólogo con una consulta en Lima que realiza en promedio casi una rinoplastia al día. Admite que las tres cuartas partes de sus clientes buscan atenuar la nariz de ojiva prominente, tan característica de los descendientes de los incas.

“Hay gente que se preocupa mucho por eso, sobre todo gente que viene de las provincias, se preocupa por acercarse a los rasgos del capitalino”, apunta.

Recuerda un caso de un muchacho al que no habían aceptado como trabajador en una gasolinera. “No tenía tal vez la apariencia que ellos requerían. Tenía una nariz como inca. Se operó y luego me vino a contar: ‘Doctor, gracias a usted obtuve el trabajo’”.

Lo más preocupante para las organizaciones que tratan de defender los derechos de los indígenas es que este racismo es visto como normal y es incluso asumido por sus propias víctimas, que en sintonía con los temores del Comité para la Eliminación de la Discriminación Racial, interiorizan esa supuesta inferioridad que se atribuye a su raza y reniegan de su propio origen.

Wilfredo Ardito, activista del movimiento Ciudadanos contra el Racismo, pone como ejemplo aquellos “que ponen en Facebook: ‘Yo soy Felipe López’; y después te enteras de que en realidad es Felipe Quispe López, pero para poner su nombre en las redes sociales eliminó el apellido paterno porque es indígena”.

Esta actitud, agrega, es inculcada incluso por los padres a sus hijos: “Les dicen a qué fiesta infantil tienen que ir. Les enseñan a adular a otros niños por el color de su piel. Eso pasa en la universidad también, en el trabajo,… en todas las etapas de la vida. La admiración por lo blanco o los blancos está muy extendida”.

Rivera Cea considera que el problema comienza ya en el sistema educativo: “No nos enseña a tener orgullo de nuestras historia”.

Expone: “Mi hijo, por ejemplo, me decía terminada la secundaria: ‘Mamá, yo prefiero ser negro. Porque al menos los negros tuvieron a Martin Luther King o a Bob Marley, pero a mí ¿qué me enseñan? Que vinieron 13 y que nos conquistaron mientras los incas peleaban entre ellos’.

“Nos dicen ‘cholos’, nos dicen ‘serranos’, que no hablamos bien el castellano, se burlan de nosotros hasta en los programas de televisión… ¿Qué orgullo, qué dignidad van a sentir nuestros hijos?”, señala la representante indígena.

Ardito coincide en la importancia de la televisión a la hora de propagar ese sentimiento de superioridad de la raza blanca: “Todo el tiempo están machacando estereotipos de belleza en la publicidad, estereotipos de familia perfecta, que siempre es blanca, rubia… Los niños felices siempre son blancos y rubios. Los mismos conductores de los programas de televisión son siempre blancos. El país en los medios de comunicación es tan blanco que no se parece a la sociedad. Y todo el mundo quiere aspirar a eso”.

Valla invisible

En el pasado verano austral, Ciudadanos contra el Racismo hizo una campaña en algunas playas cercanas a Lima, en las que aquellos que tienen casa en esos lugares, todos blancos y adinerados, empezaron a acotar con unas gruesas sogas algunas zonas de playa para evitar el paso a aquellos con piel oscura que iban a pasar el día.

Aunque la ley prohíbe limitar el paso en cualquier punto del litoral, en localidades como Ancón era bien perceptible esa barrera, que además de física es social y racial. En un lado de la cuerda, que arrancaba desde la entrada a la playa y se perdía en el mar, personas de piel clara disfrutaban de un amplio espacio bajo una palapa, o bien tumbados en hamacas resplandecientes bajo toldos fijos o sombrillas que parecían recién compradas.

Mientras en el otro lado, a una buena distancia de esa barrera simbólica vigilada por jóvenes empleados en bañador y camiseta, los sectores ‘populares’, con la tez oscura, pasaban un apacible día de playa en baratas sillas plegables y sombrillas desgastadas alquiladas por un tercio del precio de las de sus vecinos.

Algunos integrantes de Ciudadanos contra el Racismo acudieron como particulares y se adentraron en la zona de residentes. “Aparecieron otros vigilantes que empezaron a seguirnos y sentíamos las miradas de la gente residente”, recuerda Marlene Julca. “La primera vez que fuimos sólo nos miraban. La segunda vez se acercaron y nos dijeron que no podíamos estar ahí”. “Nos están incomodando”, les manifestaron.

Tras denunciar el caso, lograron que se retiraran las sogas en Ancón. Aunque unas semanas después, en esa misma playa, incluso sin las cuerdas, se mantenía la segregación y los distintos tonos de piel no se mezclaban, como si hubiera una valla invisible.

Poco a poco, con acciones como la de Ciudadanos contra el Racismo y Chirapaq, Perú va siendo consciente de este racismo enquistado, algo que, según Rivera Cea, no sucedía hace 15 años.

“Desde la parte andina creo que no éramos conscientes de que éramos objeto de racismo ni de discriminación, porque históricamente se nos hizo creer que somos menos que otros, menos que los señores y las señoras, y entonces sólo agachábamos la cabeza”, explica.

Los andinos no son los únicos pueblos originarios que sufren el desprecio de la cultura dominante hoy en día en Perú. Las múltiples etnias amazónicas son igualmente incomprendidas y discriminadas. Aunque al estar separadas de Lima y de la costa por los Andes, tienen menos contacto con ese otro Perú que trata de dejar atrás su diversa herencia racial.

Aun así, no pueden escapar de los golpes del racismo, como quedó reflejado en unas declaraciones de 2009 del entonces presidente Alan García, en el contexto de las protestas que protagonizaron los indígenas awajún y wambi en la selva amazónica contra la aprobación de unas leyes que amenazaban sus hábitats. En una entrevista televisiva el mandatario criticó “las ideologías absurdas panteístas que creen que las paredes son dioses y el aire el dios”.

García rechazó “volver a esas formas primitivas de religiosidad donde se dice: ‘No toques ese cerro porque es un apu (un monte sagrado)’. ‘No toques esos peces porque son criaturas de dios’ (…). ‘No me toquen a mí esta zona porque es un santuario, porque ahí están las almas de los antepasados’ (…) Oiga, las almas de los antepasados están en el paraíso seguramente, no están ahí”, espetó el jefe de Estado.

El conflicto generó después un enfrentamiento entre policías e indios que causó 33 muertos (23 agentes y 10 civiles) y un desaparecido.

Para algunos, este tipo de desencuentros entre el mundo indígena y la cultura de Lima y el resto de la costa también está en el corazón del conflicto armado que sufrió Perú en las décadas de los ochenta y noventa, con el surgimiento de Sendero Luminoso en una zona serrana y que dejó, según cifras de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, más de 70 mil muertos y desaparecidos, la mayoría indígenas masacrados tanto por los guerrilleros como por el ejército.

El actual gobierno de Ollanta Humala está adoptando algunas medidas para paliar este abismo social y racial, y ha creado instancias como una Dirección General de Interculturalidad, adscrita al Ministerio de Cultura y promotora de campañas contra el racismo.

Aun así, Perú no se salva de reprimendas internacionales como la del CERD por no haber tomado medidas contra la emisión de un programa como La paisana Jacinta, que cumplió toda una temporada en 2014.

El gobierno no se atrevió a censurar un programa que gozaba de una gran cantidad de seguidores, muchos de ellos incluso de origen andino.

No es extraño en Perú ver actitudes o escuchar palabras o expresiones racistas de parte de personas que a su vez sufren la discriminación de parte de otros con la piel más clara o rasgos indígenas menos marcados.

“Como lo indígena es visto como lo negativo, lo pobre, todos lo rechazan”, hasta los propios afectados, explica Ardito. “Ser racista es una forma de ascender socialmente. Por eso La paisana Jacinta le gusta a mucha gente que no es blanca, porque así, pese al desprecio que sufren, tienen a otro a quien despreciar”.

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