Morir a tiempo

Apasionado del trabajo periodístico hasta sus últimos momentos, Julio Scherer García dejó escritas estas desgarradoras páginas, testimonios crudos de sus vivencias en medio de las enfermedades y el sufrimiento que lo agobiaron desde julio de 2012 hasta la madrugada del miércoles 7. Llegó a ver cercana la muerte, se asomó a su abismo y quizás deseó caer en él, al imaginar con repudio la posibilidad de una vida inútil. De todo ello da cuenta en estas cuartillas, trazadas con su prosa, punzante y dolorosa a la vez, magistral como siempre.

Una pesadilla me arrojó fuera de la cama. Cuatro sujetos salidos de no sé dónde pretendían violarme. Ya me habían despojado del cinturón y se empeñaban en bajarme los pantalones. Yo gritaba, manoteaba, pateaba y en una de ésas me vi en el piso de la recámara. Mi cabeza había rebotado contra la madera dura de un sillón y yo sentí que me abrí en pedazos. Me asustó un calor desconocido que me recorría la espalda. Quise mover las manos y las encontré sin fuerza. Los dedos también estaban inertes. Algunos de mis hijos ahí presentes me pidieron que procurara moverme a fin de acomodarme en una silla. El propósito resultó inútil. Me encontraba paralizado.

El viaje en ambulancia hasta Médica Sur fue a toda velocidad, enloquecedora la estridencia chillona de la sirena del vehículo. Me acompañaban dos de mis hijas. Yo sentía la muerte y la deseaba como una obsesión. No tuve un pensamiento para Dios o el más allá, una añoranza para Susana, algunas palabras silenciosas para mis hijos, para mis amigos hermanos, para los muchos que me han dañado. Tampoco supe del arrepentimiento por la vida torpe que había llevado. La ambulancia llegó finalmente y, en el quirófano, la obscuridad me envolvió.

Al despuntar la borrosa claridad después de la cirugía, fracturada la cadera, sentí que mi cuerpo estaba hecho para el dolor. No habría podido distinguir entre la tortura que desgarra el estómago y los estragos de una muela podrida que destroza la boca. Entreabrí los ojos y vi a Adriana, su rostro tan cerca del mío como si se dispusiera a abrazarme.

–Papito –escuché en un tono desgarrado.

–Ya suéltenme –alcancé a decirle.

–Papito –repitió bañada en lágrimas.

–Hija, no quiero vivir días inútiles cargados de sufrimiento.

Con las fuerzas que me quedaban, alcancé a decirle:

–Me quiero ir.

–Voy a hablar con mis hermanos –me dijo.

En las reuniones familiares algunas veces habíamos hablado de la muerte. Yo decía que la vida no se había hecho para que ésta durara, que había un momento en el cual uno debería irse.

Cuento todo esto sin pesar. No me tengo lástima.

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En el tiempo del hospital conocí las alucinaciones, voces destempladas que me aturdían con un lenguaje áspero. Resentí los puñetazos sobre el rostro y el cuerpo. Vi caras desconocidas en mi cuarto de terapia intensiva. Las contemplé multiplicadas en los días inacabables de hospitalización. En el piso vi piojos güeros y gordos que me devoraban.

Los delirios me acosaban. Sin noción, la semiinconsciencia persistía hasta que la claridad del día se transformaba en una sombra densa. En la tortura supe de Susana abandonada en la niebla. Supe también de mis hijas, a disposición de monstruos sin nariz. Contemplé serpientes blancas y leones negros de tamaño descomunal.

Una enfermera me despertó súbitamente con voz queda:

–¿Qué pasa? –acerté a decir.

–Gritaba usted, don Julio.

Yo miraba a la mujer de bata blanca, asustado y sin duda con fiebre alta.

–No pasa nada, tranquilo –me dijo.

–No me quiero volver a dormir.

Como si de un momento a otro hubiera dejado de existir como persona, la bata blanca dispuso:

–Le vamos a dar una pastilla.

–No quiero.

–La va a tomar.

El reloj del hospital pareciera concebido para las personas ansiosas de vivir una eternidad. Ese tiempo transforma los minutos en horas y las horas en días. En esta quietud yo permanecía atento a mi lenguaje y confirmaba que ya no era el de antes. Me mantenía sensible a su falta de continuidad, una fluidez que añoraba y se había ido. También extrañaba la flojedad en mi capacidad de concentración.

Conversaba apenas en la intimidad, la única a la que tenía acceso, y me protegía con monosílabos y frases hechas. Cerraba los ojos y fingía dormir para disfrazar los abismos depresivos en los que caía con frecuencia. A mis hijos los veía con sentimientos que no encajaban entre sí. Había en mí una actitud de reproche porque no me habían soltado en el momento preciso, listo como estaba para la muerte. Pero había también una emoción avergonzada, sus ojos en los míos entregados a la comprensión y el amor.

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En la memoria remota, algunas veces emergía mi padre:

Una tarde había tomado pastillas decidido a morir. Mi madre se enteró a tiempo, el minuto exacto para arrebatarlo del fin. Yo la acompañé al lavado brutal al que debió someterse. Boca arriba y desnudo sobre una plancha de piedra, cuatro enfermeros descargaban sobre su cuerpo cubetazos y manguerazos de agua fría. Fueron minutos crueles, un segundo a punto de expirar y al siguiente asido su organismo a la existencia. Mi madre hacía esfuerzos para contener las lágrimas y abandonaba sus manos entre las mías.

En el primer momento en que mi padre recobró la conciencia me puse de pie.

–No te vayas, hijo –me dijo mi madre–. Nos vas a dejar llorando.­

No hice caso y me fui. Sin embargo, aún escuché la voz debilitada de mi padre:

–¿Por qué me hiciste esto, nenita? –ya descansada la cabeza sobre el hombro de su mujer.

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La primera caída ocurrió en la mañana del día 24 de julio de 2012. La explicación del desplome que haría trizas los huesos de la cadera izquierda tenía su propia lógica: yo era un viejo de 86 años y huesos débiles. Por más que hubiera nadado todos los días de mi vida, mi cuerpo tenía un destino. Sufrí una segunda caída un año después. La fisura se dio a milímetros de la primera lesión. Hube de aceptar los hechos, una larga inmovilidad como pérdida de los impulsos y la libertad.

Con el tiempo, volví a Proceso, cuya lectura había abandonado. Tomaba la revista entre las manos, miraba la portada y la dejaba a un lado. Igual me ocurría con los libros. Los sentía lejos de mi interés. Leía por leer. Ensayé sin provecho el acercamiento con volúmenes que nada tuvieran que ver con el trabajo ni con el país. La vida perdía su sentido, pero el cuerpo trabajaba en silencio por su recuperación.

Hice un primer ensayo para mantenerme en pie unos segundos. Las piernas eran hilachos. Al cabo de semanas, las piernas se transformaban en alambres y poco a poco, en miembros útiles a un viejo que miraba sin angustia el término de sus afanes. En silencio discurría de qué manera la vida se me había impuesto.

El 31 de diciembre de 2013 fui a Proceso, mi entorno de trabajo y segunda casa. Muchos de mis compañeros se encontraban de vacaciones, pero pude conversar con unos treinta. Me vi en cada uno de ellos.

Pero faltaba otra operación –que derivaría en cinco más–, para arreglar un intestino víctima de un trato severo que armonizara los pedazos desperdigados de mí mismo. El doctor Omar Vergara me había advertido: “Lo operaré cuando usted se encuentre en óptimas condiciones”. Transmití al director de Proceso, Rafael Rodríguez Castañeda, la infausta noticia.

Ya en la puerta del quirófano, el doctor Omar Vergara había pedido a cualquiera de mis hijos la firma que autorizaría una intervención de altísimo riesgo. Los nueve se miraron entre sí, paralizados. El médico fue terminante: yo moría y él no podía perder un segundo. La firma llegó al papel y yo conservaría una vida que no deseaba.

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El doctor Tomás Sánchez Ugarte supo de mí en la intimidad tanto como puede conocerse a un hombre en su condición de enfermo. El doctor afirmaba que el origen de todo miedo es la muerte. A él y sólo a él confiaba que quería evitar que lo cotidiano se disolviera. Para eso se escribe, para eso se vive en mi profesión de periodista.

La enfermedad retrocedió súbitamente como si se tratara de una ráfaga. Pero ahí estaba, presente y agazapada. Mi firma en los documentos de Proceso, temblorosa la mano, era un garrapato y la máquina de escribir, Olivetti, Lettera 22, me resultaba enigmática. De intentarlo, no reconocería el teclado ni tendría la fuerza para valerme del instrumento de trabajo por el que han pasado miles de cuartillas.

En la leve mejoría, el primer asunto que ocupó mi interés fue el encarcelamiento de la maestra Elba Esther Gordillo. No dudaba de que por sus acciones al frente del sindicato de maestros que manejaba a su antojo, muchos miles podrían dar cuenta cabal de sus tropelías. Muchos miles también podrían hablar acerca de su enriquecimiento inaudito. Sus escándalos habían sido tema de innumerables crónicas. Sin embargo, no se conocían aún las acusaciones que la habían llevado al presidio. Su expediente resulta esencial en cualquier litigio, el principio causal de cualquier juicio permanecía cerrado.

En el aeropuerto de Toluca, sorpresivamente, agentes federales se habían apoderado de su persona y la habían llevado lejos de los reflectores.

Por su parte, desde el 26 de febrero de 2013, la maestra había guardado silencio. Cómplice del presidente de la República y de los hombres y mujeres con poder político y económico, parecía disfrutar de la vida. No se ocultaba y había librado muchas batallas a cielo abierto. Su encarcelamiento dio lugar a toda suerte de especulaciones. En ellas estaban incluidas dos palabras terribles: traición y venganza, de aquí para allá y de allá para acá. También salía a la superficie la asfixiante corrupción de la política.

Yo pensaba en toda suerte de trabajos periodísticos. Me interesaba conversar con la maestra. En tiempos mejores le había hecho llegar la carta que transcribo:

Doña Elba, sin preámbulos:

Más allá de nuestras diferencias públicas, usted y yo hemos mantenido una amistad persistente. Fueron cordiales nuestras conversaciones en su casa de Galileo, en algunas ocasiones sentados a la mesa con platillos que su madre nos hacía llegar.

Somos amigos por una razón: no nos hemos mentido. Nuestra relación ha estado por encima de la malicia o la mala fe encubierta. Usted ha vivido como ha querido o ha podido y yo he hecho lo propio.

Algunas veces hablamos de la posibilidad de una entrevista entre usted y yo. Nunca llegamos a un acuerdo, la verdad no sé por qué. Ni usted arriesgaba en sus respuestas ni yo en mis preguntas. Conversaríamos de manera llana y nos daríamos el tiempo que hiciera falta.

A través de estas líneas le hago llegar mi renovado interés por entrevistarla. Más aún, me parece que está obligada, como nunca, a ocuparse de capítulos cruciales de su pasado y su presente, en especial, los motivos que, a su juicio, la mantienen en la cárcel.

Reciba, como siempre, un saludo afectuoso.

En el supuesto de que la señora optara por una entrevista de preguntas y respuestas, había preparado el siguiente cuestionario:

1.- ¿De qué manera ocurrió su detención en el aeropuerto de Toluca, el 26 de febrero de 2013, y su posterior aprehensión?

2.- ¿A qué atribuye su encarcelamiento?

3.- En su tiempo de gobierno en el Estado de México y los meses como presidente de la República, ¿hubo entre usted y Enrique Peña Nieto algún acuerdo, compromisos asumidos en el claroscuro de la política?

4.- ¿Hubo acuerdos entre los presidentes panistas Vicente Fox y Felipe Calderón, de un lado, y el SNTE y usted, del otro?

5.- Cuente de su relación con Carlos Salinas, el presidente que en sus intereses la cubrió de poder.

6.- ¿Qué de sus diferencias con Ernesto Zedillo y los arreglos del sindicato a su servicio en aquel gobierno?

7.- Existe una inocultable desproporción entre la riqueza que tuvo usted en las manos y la modestia económica que viven los maestros. ¿Le pesa el contraste? ¿Qué reflexiones le suscita?

8.- ¿Lamenta haberse cubierto de seda y joyas durante veinte años de su vida?

9.- La corrupción ha marcado el destino de México desde mediados del siglo pasado. ¿Cuál será la raíz profunda?

10.- ¿Existe o no una insurrección magisterial? En un sentido o en otro, ¿cuál sería el destino de los profesores en el gobierno que preside Enrique Peña Nieto?

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Pasaron semanas, meses, desvalido en una cama de hospital instalada en mi recámara. Poco a poco recuperé la pasión por las personas que me son entrañables y a su lado disfruté de horas plenas. Pero al cabo de un tiempo regresaba a mi entorno el cielo sin colores. Las fuerzas me habían abandonado. No podía sostener un vaso de agua y requería del auxilio de dos enfermeros para cambiar de postura en el lecho. Las piernas no habrían podido sostenerme en pie un par de segundos. Las manos temblaban y los meñiques habían perdido su relación con los cuatro que les son inseparables.

Proceso llegaba puntualmente a la casa los sábados a media tarde. Veía la portada y en minutos hojeaba el contenido del semanario. Pensaba que sólo así podría mantener un cierto equilibrio interior lejos de la frenética cotidianidad. Al director de la revista, Rafael Rodríguez Castañeda, lo llamaba con prudente regularidad. Admiraba su ímpetu y su carácter. También un cierto estoicismo. Se acostumbró y nos acostumbramos todos al cerco de silencio que el gobierno y casi todos los medios habían decretado contra la revista. Por importante que fuera la exclusiva que el semanario destacara, ya sabíamos que los sucesos difundidos por Proceso aparecerían como propios poco después en los medios que viven con la mano extendida. Yo me había prohibido pensar en el trabajo a largo plazo. Considerando que habría sido como girar sobre mí mismo para terminar en el punto de partida.

Acariciaba una frase: morir a tiempo.

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