El mayor trofeo, un paraguas

Nunca me tomé una foto con don Julio. Siempre me intimidó el tamaño de tal personaje, un ser histórico pasando frente a mí. Sabido era por todos su animadversión por las fotografías y las derramadas pleitesías.

Llegué a Proceso a principios de 2006. Ese año –de elecciones federales– México era un hervidero. Atenco, Oaxaca, diputados agarrándose a golpes para “defender” la tribuna y el movimiento de una ciudad como el Distrito Federal –incesante– me dieron afortunadamente, en mi condición de recién llegado, mucha materia para trabajar.

Uno de los episodios que más recuerdo de ese año fue la protesta que encabezó Andrés Manuel López Obrador, tras “perder” la polémica elección presidencial ante Felipe Calderón. Como ningún otro medio, Proceso desplegó una cobertura permanente.

Justo cuando se cumplía una semana de la elección, López Obrador convocó a una megamanifestación y a mí me tocó cubrirla a ras de suelo. El fotógrafo que siguió al entonces perredista durante el último mes de la campaña se encargaría del contingente principal, otro buscaría imágenes de la multitud desde todos los sitios posibles, alguien más esperaba en el corral dispuesto para la prensa frente al templete, e incluso desde un helicóptero se fotografió la pletórica marcha que, por la tarde y sorpresivamente, mutaría en plantón indefinido. Las tiendas de campaña comenzaron a instalarse desde el Zócalo al Bosque de Chapultepec.

Una vez concluido el mitin, salí corriendo del Zócalo para llegar a transmitir mis imágenes. En ese entonces era necesario disponer de una computadora y una conexión fija de internet para mandar las fotos.

Para tal efecto –y con el objetivo de sacar placas panorámicas– Proceso rentó una habitación de hotel con una vista inmejorable, pagada a un precio estratosférico impuesto a los pejefans adinerados por los hoteleros, quienes aprovechaban la protesta del tabasqueño.

De las cosas que más se agradecen en Proceso es que el dinero pasa a segundo término cuando se trata de obtener el mejor lugar, las mejores condiciones para hacer nuestro trabajo.

Aquel domingo, reporteros y fotógrafos fuimos llegando uno a uno a la habitación, sorprendidos todos con la presencia de un visitante inesperado. Julio Scherer, junto a algunos de sus familiares, había acudido a mirar desde el balcón el encuentro del perredista con sus seguidores.

La posibilidad de una foto con Scherer me asaltó inmediatamente –como siempre–, atormentándome el hecho de no atreverme a pedirla –como siempre. La premura de mandar las fotos hizo que me olvidara del visitante y de la foto.

Al poco rato el cuarto volvió a vaciarse: los reporteros regresaban a observar el inédito plantón.

Fui de los últimos en salir: un error de dedo y todas las fotos de una tarjeta de memoria –los rollos fotográficos de ahora– se habían ido al limbo virtual. Con los limitados recursos de ese entonces batallaba tratando de recuperar mis imágenes. Fue entonces cuando Scherer, quien se aprestaba a salir tras su familia, se paró en el umbral de la pequeña sala que hacía de vestíbulo del cuarto principal, preguntando de quién era una sombrillita plegable abandonada frente al balcón.

Nadie respondió. Yo, con la enmudecedora timidez que me asaltaba al verlo, sólo levanté los hombros e intenté una mueca de negación. Él, sonriente, relajado, se acercó y me dijo, tal vez por mis ojos de sorpresa: “Tome, es su premio por ser el fotógrafo del año”. Salió de la habitación sin más aspavientos.

Feliz, eché a mi bolsa el galardón.

El plantón de López Obrador se mantuvo. Proceso fue el único medio que instaló una carpa para estar permanentemente en el Zócalo. Ese año el clima fue inclemente con los inconformes. Pero ni el frío ni las torrenciales lluvias impidieron que el plantón durara más de dos meses.

En una de esas tormentas –y mientras se oía a los seguidores de López Obrador increpar a la “prensa vendida que no contaba bien”– perdí mi trofeo, doblado por un ventarrón.

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