Cuando Rodin miró a Julio

PARÍS.- Durante muchos años don Julio fue para mí El Director. Le temía, lo admiraba y lo respetaba. Me abrumaba y me intimidaba. Por supuesto a veces me hacía enojar y eso parecía divertirlo mucho. También me retaba. En realidad me retó siempre. Y de eso le estoy infinitamente agradecida.

Sus desafíos me enseñaron a convivir con mis miedos. No aprendí a vencerlos, sólo a no dejarme vencer por ellos. Y mis miedos eran muchos: miedo a todas las formas de violencia, miedo a no estar a la altura, miedo a la página blanca. Pero quizás lo que más me asustaba era defraudar a don Julio.

Hubo un solo freno del que me exigió deshacerme: el miedo a expresarme con voz propia. Y cuando sintió que iba avanzando hacia un estilo periodístico más personal, me dijo escuetamente: “Vamos bien, señora, vamos bien”. Ese día sentí que me había ganado el Pulitzer y don Julio se convirtió en Mi Director.

Pasó el tiempo. Regresé a París. Abrí la corresponsalía de Proceso en Francia. Y fue esa lejanía la que más nos acercó.

Volvía cada año a México en noviembre para el aniversario de la revista –y lo sigo haciendo–, y en esas oportunidades don Julio me invitaba a comer. Nos encontrábamos siempre a las tres de la tarde en el mismo restaurante. Pedíamos siempre el mismo menú. Y nos quedábamos platicando horas. Era nuestro ritual. Duró 25 años.

Hablábamos poco de trabajo, mucho de nuestras vidas y de nuestros proyectos personales y más aún de los libros y de las películas que habíamos descubierto en el curso del año. Don Julio hablaba más de libros y yo más de cine. Recuerdo su entusiasmo por El cuaderno dorado de Doris Lessing, La insoportable levedad del ser de Milan Kundera o por los ocho tomos de Los Thibault de Roger Martin du Gard.

Luego dejábamos fluir la conversación. Diferíamos a menudo y nos fascinaba enfrascarnos en duelos que calificábamos como “intelectualmente estimulantes”.

Es más, cuando don Julio sentía que corríamos el riesgo de estar de acuerdo, se tornaba provocador y, por supuesto, yo le seguía el juego. Él quería tener la última palabra. Yo también. Empatábamos diplomáticamente.

Comida tras comida, lenta y púdicamente, nació nuestra amistad. Fue sutil y directa, delicada y exigente, transparente y misteriosa, cada vez más imprescindible. Reíamos mucho, pero cuando la felicidad de estar juntos prescindía de palabras nos quedábamos en silencio, un ratito.

Mientras escribo estas líneas se me ocurre que quizás debería evocar la época “heroica” de Proceso, la de hace 38 años. Quedamos muy pocos en la revista de ese equipo “prehistórico”, bronco, muy “masculino” (que mis amigas feministas me perdonen el eufemismo), entregado en cuerpo y alma a la revista, unido alrededor de don Julio y de Vicente Leñero, nutrido por su exigencia de un “periodismo sin concesiones, ético, digno, independiente”.

Pero hoy no me nace recordar nuestra “epopeya”. En lugar de eso se impone la imagen alegre y ligera de un don Julio insólito: el efímero turista que pasó una semana en París con los más jóvenes de sus hijos, María y Pedro, algunos meses después del fallecimiento de doña Susana.

El primer día de su estadía en la Ciudad Luz, Mi Director aceptó estoicamente desplazarse por París tomando autobuses y metro. En los días siguientes se adaptó y al final reconoció que había “valido la pena” la experiencia. Lo aseguró clavando su mirada en la mía. Lo sentí sincero.

Discreto y sumamente atento, observaba a los pasajeros del metro oriundos de todo el planeta. Estábamos en verano. Pululaban los turistas, pero había también, como siempre, muchos inmigrantes y franceses de origen extranjero radicados en la Ciudad Luz. Ese cosmopolitismo llamaba mucho la atención de don Julio y lo hundía en profundas reflexiones.

“Me siento físicamente en el corazón de la globalización, señora”, dictaminó después de tres días de inmersiones esporádicas en el metro.

Siempre buscaba plasmar una situación o un acontecimiento con una frase rotunda, y si fuese posible, definitiva.

María no conocía París. Con gran abnegación don Julio subió con ella al segundo piso de la Torre Eiffel y al Arco del Triunfo. Una tarde paseó, perplejo, por la imponente Plaza de la Concordia que María descubría; observó con ella la fachada neoclásica del Palacio Burbon, sede del Parlamento; la siguió en su vuelta a la lujosa y solemne Plaza Vendôme.

Calló durante todo el recorrido. Se notaba casi malhumorado. De repente, se detuvo y me dijo: “Lo siento, señora, pero no me gusta París. Es demasiado prepotente, demasiado seguro de su belleza. A París le fascina ser admirado y eso me molesta”.

Volvió a caminar en silencio. Estábamos en la calle de Rivoli y llegamos a la altura de Angelina, el salón de té más famoso de la capital, que frecuentaban asiduamente Marcel Proust y Coco Chanel.

“Entramos”, dijo don Julio al oírme mencionar el nombre de Proust. Escogió cuidadosamente un lugar donde sentarse, miró asombrado el despampanante decorado de estilo Bella Época del salón. Y con tono que no admitía cuestionamientos me ordenó: “Señora, dígame que Marcel Proust solía sentarse precisa y exclusivamente en la silla que elegí”. Gozó mi estupefacción. Esperó un segundo y rio. El autor de En busca del tiempo perdido acababa de reconciliarlo con París.

Pero fue sin duda su cita con Auguste Rodin la que dio una dimensión muy particular a la estadía de don Julio en la Ciudad Luz. Eso me lo confió años después.

“Cuénteme de Rodin, señora”, me pidió acordándose de mi admiración por el escultor. Nos quedamos una mañana entera en el hotel Biron, una armoniosa mansión del siglo XVIII en la que Rodin instaló su taller en 1908.

Don Julio quería saber la historia detallada de cada obra. Le encantó escuchar sobre el escándalo provocado por La edad de bronce, una escultura de tamaño natural de un hombre desnudo tan absolutamente perfecta y depurada que Rodin fue acusado de haberla vaciado directamente a partir de un modelo. Se regocijó con la polémica provocada por el monumento a Balzac, una obra atrevida y vanguardista. Y lo divirtieron las disputas entre el escultor y Víctor Hugo. Rodin había aceptado hacer el busto del escritor, pero éste rehusaba posar.

Me agradó ver a Mi Director hipnotizado por la sensualidad infinita de El beso y de Fugit amor. “¿Está prohibido hacer lo que estoy haciendo, no es cierto?”, fingió preguntarme mientras acariciaba furtivamente el delicado cuello de mármol de la Danaide.

En estos instantes vi a don Julio plenamente feliz.

Fue, sin embargo, en el jardín del museo, frente a los Burgueses de Calais, que la emoción pareció sumergirlo.

El monumento de bronce recuerda un episodio trágico de la Guerra de los Cien Años entre Francia e Inglaterra, ocurrido en 1347. La ciudad francesa de Calais llevaba más de un año asediada por las tropas de Eduardo III y estaba a punto de caer en manos de los asaltantes. El rey inglés aceptó respetar la vida de la población a cambio del sacrificio de seis dignatarios de la ciudad.

Los burgueses de Calais representan a Eustache de Saint Pierre, el hombre más rico de la ciudad, junto con otros cinco personajes. Los seis están descalzos, visten burdos camisones y tienen una soga amarrada al cuello o colgando a lo largo de sus cuerpos. Su humillación es total y su dolor inconmensurable. Comparten los mismos sentimientos, pero los expresan en forma totalmente distinta. Uno está agachado, con la cabeza escondida entre las manos; otro, agobiado, tiene los brazos caídos, mientras que dos de sus compañeros de infortunio, por el contrario, los levantan al cielo. Destacan Eustache de Saint Pierre y Jean d’Aire. El primero es un anciano de larga barba y porte noble, el segundo es más joven, erguido, con el rostro crispado por el coraje. En ambas figuras prevalece la dignidad ofendida sobre la desesperación.

Don Julio dio varias veces la vuelta al monumento, con pasos lentos. Observó a cada personaje de pies a cabeza. Varias veces tocó las esculturas con la palma de la mano como para sentir la tensión que las hace vibrar. Luego se detuvo ante Eustache de Saint Pierre y Jean d’Aire. Se quedó mirándolos tanto tiempo, con tanta fuerza, que me aparté.

Mientras lo observaba de lejos me vino a la mente una fotografía ya famosa tomada el 8 de julio de 1976 en la que aparece con Vicente Leñero a su lado. Ambos están rodeados por los periodistas de la redacción de Excélsior, caminan con pasos firmes por avenida Reforma, después del golpe urdido en su contra por Luis Echeverría. Don Julio y Vicente se ven sumamente tiesos, con la mirada fija, el rostro cerrado, vencidos mas no derrotados. Dignos.

Supe con certeza que don Julio estaba evocando ese momento cruel de su vida en ese diálogo mudo con Eustache de Saint Pierre y Jean d’Aire. No me comentó nada. Sólo quiso saber lo que había pasado con ellos. Le conté que el rey Eduardo III había exigido que los dignatarios se arrodillaran a sus pies para entregarle las llaves de la ciudad. La reina Felipa y nobles caballeros que rodeaban al rey acabaron, sin embargo, por convencerlo de no ahorcarlos.

Don Julio no dijo nada.

Dejé pasar años antes de preguntarle si mi intuición había sido atinada.

“Lo fue, señora, lo fue”, contestó con tono enigmático y luego me contó los días y sobre todo las noches que siguieron al “golpe”. Y mientras más hablaba, más se crispaban los rasgos de su rostro.

Pensé que sin lugar a dudas a Auguste Rodin le hubiera inspirado el rostro firme y áspero de don Julio.

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