El periodismo de don Julio

“El periodismo independiente no necesita del poder para existir”. Tales fueron las palabras de Julio Scherer García meses después de que José López Portillo suprimiera toda publicidad del gobierno en Proceso. No únicamente las pronunció, les dio verdad, las probó con la subsistencia del semanario.

Esa era la convicción que lo sostenía, la misma que lo llevó a fundar la revista, a tomar distancia de los poderosos, a ejercer un oficio en libertad, de acuerdo a su conciencia. Fue su enseñanza primordial, ejemplo de congruencia de la que nos hizo partícipes. Uno de sus legados a la prensa nacional.

“Lo importante son los hechos –decía a menudo–, opiniones las tenemos todos”. Así insistía con sus reporteros y colaboradores para dejar a un lado las subjetividades, buscar más datos, más evidencias, declaraciones comprometedoras. Investigar, no detenerse pese a las dificultades, colarse “como la humedad” para obtener informaciones, comprobarlas y dar cuenta de éstas.

“El periodista observa, huele, relaciona, ve. Hay que poseer una memoria que sea capaz de reproducir una conversa sin haberla anotado, un paisaje en el que se posó la mirada unos minutos, el color de la camisa del entrevistado, sus rasgos sin haberle tomado fotografía alguna.”

Todo lo que se escribía en Proceso pasaba por sus ojos ya publicado, no había nota pequeña ni desdeñable, por eso teníamos que hacer el mejor esfuerzo y más allá. Evitaba relatarle al autor las presiones recibidas por un reportaje, columna, portada, dibujo o crónica, pero algunas veces no podía refrenarse y con una sonrisa cálida, mesándose la cabellera daba una pista, hacía un guiño. Entreabría la puerta a los efectos que una simple columna en cultura lograba. Si lo escrito desató furias, no fue tanto por la nota en sí, mucho por aparecer en la revista dirigida por Julio Scherer.

Enemigo de homenajes, premios y reconocimientos se negaba una y otra vez a dar entrevistas. Sin embargo, escribió sus dolores más profundos en libros memorables. Igualmente sus relaciones con personajes de la política y la sociedad mexicana. En ellos descubrió los entretelones de una relación ríspida, en el filo de la navaja, en busca de la fisura por donde colar la censura, el halago, la difusión favorable. Sus textos son un aviso, una advertencia: el periodista que se deja seducir juega con fuego y se quema.

En la hora de su partida, considero que no hubo en mi vida profesional mayor privilegio que crecer periodísticamente a la vera de un hombre como Julio Scherer, quien fuera a más de maestro y jefe, un ser humano entrañable, sensible al dolor ajeno, respetuoso, implacable con la deshonestidad. Tan querido don Julio, tan querido.

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