Foto de Marilyn Monroe en busca de autor

Un sudoroso Vicente Leñero irrumpió, agitado, en la junta al mediodía de aquel lunes sofocante por finales de julio de 1996, en el patiecito trasero de la sección cultural. Mostraba una reproducción amplificada en blanco y negro de la actriz Marilyn Monroe, sentadita; era una foto que le habían tomado en la Ciudad de México pocos meses antes de morir.

–¿Qué tiene de particular? –interrogó Leñero.

Reporteras y reporteros allí presentes coincidimos en haber visto alguna vez aquella imagen, sí, atractiva; pero no hallamos nada extraordinario. Acechada por cables y micrófonos, el rostro de la Diosa Rubia de Hollywood sonreía casi a fuerzas embarrado de un maquillaje excesivo. Fue Armando Ponce quien notó algo fuera de serie:

–Marilyn no trae pantaletas…

Leñero resopló satisfecho y propuso:

–Me acaba de dar esta foto Julio (Scherer) para ustedes, quiere saber el nombre del fotógrafo que la tomó pues nadie lo conoce, en ningún lado aparece el crédito y la semana que entra Marilyn cumple 34 años de muerta. Es un buen asunto, ¿no? A ver quién se apunta y lo reportea.

Hurgando el oscuro triángulo entre los muslos de Marilyn, sentí las miradas de los colegas. Miguel de la Vega musitaba a José Alberto Castro: “Otro caso para Sherlock Holmes…”, y presto, Leñero me señaló:

–Roberto Ponce, hazlo tú, quédate con la foto a ver qué investigas.

Al estilo de los grandes periodistas del viejo Excélsior liderado por Scherer, salí en pos de la nota con el tiempo quemado para entregar, triunfal, mi texto el mero día de cierre: se trataba del fotógrafo Antonio Caballero. Mi reportaje con la cabeza Antonio Caballero de “Cine Mundial” relata cómo sacó la foto de Marilyn Monroe en México,“vestida sólo con mi Chanel Número 5”, y se publicaría el 5 de agosto de 1996 en el número 1031.

Supe por un pajarito que mi trabajo había complacido a Scherer; pero él jamás halagaría los trabajos notables de ningún reportero en Proceso, así que decidí visitarlo un día en su oficina, como si nada, con un regalito oculto bajo la manga.

–Pase, don Roberto, estoy para servirle, diga para qué soy bueno…

Para que no me traicionaran los nervios, aparenté familiaridad y, palabras más, palabras menos, le dije:

–Vengo a decirle algo que siempre he tenido ganas de expresar, don Julio.

–Usted dirá, don Roberto…

–Yo lo admiro desde que era un niño, don Julio. Específicamente desde cuando lo conocí, en 1968 yo tenía 13 años de edad y recuerdo cómo me impresionó verlo en una comida del Hotel del Prado a la que me llevó mi papá (Fausto El Brujo Ponce Sotelo, cronista de la sección deportiva de Excélsior). Recuerdo su melena, usted era muy popular…

Indiferente, sin dejar de pasearse por ese cuarto lleno de libros, Scherer simplemente inquirió:

–Ah, ¿sí? Y aparte de su señor padre, ¿quiénes estaban?

–Eh, creo que Enrique Loubet Jr., Agustín Salmón, Bambi… Me parece que Renato Leduc andaba también por allí. Y otros reporteros del viejo Excélsior, Manuel Mejido…

A bocajarro, lanzó un comentario de significación ambigua que me sacó de balance:

–Nunca segundas partes fueron mejores.

Entonces pensé que se refería a mí; pero ahora creo que se trataba de una alusión al Periódico de la Vida Nacional que él había dirigido hasta el funesto golpe en su contra de 1976.

Saqué el llavero diminuto que acababa de comprarle en el mercado de Mixcoac, con la esferita colorida del globo terráqueo, y se lo extendí. Fue mi forma de manifestarle que él era un periodista poderoso y que como director de Proceso su poder abarcaba al mundo entero entre sus dedos. Scherer tomó el llaverito en ambas manos y durante largo rato se le quedó viendo. Pareció captar el mensaje, atrapó entre su mano derecha el mundito y lo guardó en su bolsillo. Con mirada fija, me despidió:

–Muchas gracias, don Roberto. Estoy para servirle.

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