La mejor herencia, sus libros

Cuando ni siquiera acariciaba la idea de dedicarme al periodismo, pues estaba terminando un bachillerato técnico en electricidad en la vocacional 3 del Instituto Politécnico Nacional y mi plan era seguir en arquitectura, escuché por primera vez hablar del libro Los presidentes, de Julio Scherer.

Trabajaba como secretaria en la Dirección de Asuntos Culturales de la Secretaría de Relaciones Exteriores, y varios compañeros recomendaban su lectura pues develaba los vicios del presidencialismo en México.

Pocos meses más tarde cambié finalmente mi vocación. Mi opción más viable en ese momento fue la carrera de Ciencias de la Comunicación en la Universidad Autónoma Metropolitana- Xochimilco. Ahí fue cuando, por fin, leí Los presidentes, que junto con Los periodistas y Talacha periodística, estos últimos de Vicente Leñero, era libro de texto obligado en la clase de periodismo que nos impartió Felipe Gálvez, colaborador de Proceso.

Ni siquiera fue mi propio libro, tuvo que prestármelo un compañero, lo cual no menoscabó mi interés.

Cuando en 1990 apareció El poder: historias de familia, en Grijalbo, me estrenaba como reportera en las oficinas de Comunicación Social del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, que presidía Víctor Flores Olea. Un amigo llamado Fausto me llevó el libro con la recomendación de que no debía perdérmelo pues también revelaba los vicios y corrupciones del sistema político mexicano y su relación con la prensa.

Durante días comentábamos mis avances en la lectura. Aunque era un libro breve, yo escribía entonces mi tesis para titularme en la UAM y no podía dedicarle todo el tiempo que hubiera deseado. Fausto y yo repasábamos fragmentos del libro y repetíamos algunas frases que nos habían gustado, entre bromas, pero una en particular nos caló hondo: Aquella con la cual Everardo Espino aportó a Julio Scherer las pruebas de los sobornos a periodistas en el sexenio de José López Portillo:

“Ahí le dejo esas cajas (…) Haga con ellas lo que le parezca.”

Por meses, cada vez que archivábamos algún documento que nos había servido para hacer los boletines de prensa del Conaculta, reíamos y repetíamos:

“Hay que hacerlo con cuidado, qué tal que un día lleguemos con Scherer y le digamos: ‘Ahí le dejo esas cajas…’.”

Lo cierto es que nada en nuestra labor cotidiana tenía el peso de lo publicado en Historias de familia. Nuestra materia de trabajo del día eran los programas de conciertos de la Orquesta Sinfónica Nacional, las funciones de teatro, las listas de obra de las exposiciones plásticas o alguno que otro hallazgo arqueológico.

Tras un breve periodo en un par de empleos, volví a ser reportera del Conaculta y quiso la suerte que años más tarde Roberto Ponce se interesara por mi trabajo, casi anónimo entonces, y me buscara para sugerirme un encuentro con Armando Ponce, editor de Cultura. Así llegué a Proceso en 1999.

Debe haber sido algo tan natural que ni siquiera recuerdo mi primer encuentro con Julio Scherer. Mi timidez (aunque parezca absurda en una reportera), me hacía saludarlo apenas con un “buenos días” y una sonrisa discreta, cuando visitaba la redacción. Él, siempre obsequioso con las mujeres, me jalaba para darme un beso en la mejilla o tras una caravana besaba mi mano al tiempo que cruzaba sus ojos azules con los míos.

No volví a leer libros de él prestados. Siempre se ocupó de hacernos llegar sus nuevas publicaciones hasta nuestros escritorios a través de Ángeles Morales, asistente de la dirección de Proceso. Así recibí, entre otros, Pinochet. Vivir matando, en el que da detalle de las atrocidades del dictador chileno; Vivir, que es parte de su autobiografía; y La pareja, acerca de Martha Sahagún y Vicente Fox.

Recuerdo especialmente la emoción con la que recibí la bella edición que el Fondo de Cultura Económica hizo de El indio que mató al padre Pro con la dedicatoria:

“Judith: Me encanta que seamos compañeros. Julio. Mayo/2005.”

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